Entre goterones del chaparrón de ayer,
miradas y paraguas, caminé sobre la banqueta
de una ciudad que poco a poco va –a manera de higuera–
regalándome su miel, sus aromas y dulzor
sólo para recordarme que hace tres semanas
aquí fui feliz como hace mucho no.
El cielo recortado entre sus estrechas hileras de
caserones coloniales, portentosas puertas, enrejados
y herrería que visten y revisten ventanas y balcones,
es un recuerdo sutil del amplio valle alrededor
por donde el tren-bestia pasa cargado de migrantes.
Anoche lo escuché: pude percibir el frío sobre los cuerpos
de esos hombres, mujeres, niñas y niños que sin saber
a dónde irán, llevan días de travesía sobre el lomo del horror.
Pero el lomo no es sólo el tren, el lomo somos también tú y yo,
que hace tres semanas caminamos felices por aquí,
celebrando la vida al por mayor, celebrando el paso del tiempo
o el guiño que eso es, porque la capacidad de asombro
se mantiene intacta y la realidad pasmosa a pesar de tanta dificultad
nos mantiene atentos a los ruidos, los murmullos y a la posibilidad
de ser o estar entre el temor de aquellos o el ruido propio.





