Escucho en las noticias
de un accidente aéreo.
Murieron más de cien,
de camino a España.
Pienso en los deudos:
madres, hijos, sobrinos.
Pienso en los que nunca lloran:
bomberos, policías, forenses.
También en las mascotas
que perdieron a un cariño.
No pienso en los fallecidos.
Tampoco en su destino negro.
Ellos nos miran con lejanía,
insensibles, remotos,
desde su bienestar perenne.
Quisiera ser todos ellos
y no tener que escribir nada
(ni una sola letra) para lamentarlo.
CUERNAVACA, 1980
Para Dana Cuevas
Por el trabajo de mi padre
fuimos a vivir a Cuernavaca.
No recuerdo una época
más sensorial y luminosa.
Recuerdo las buganvilias,
los alacranes y el canto de un ave
cuyo nombre jamás supe.
También el herrumbre
de los edificios y la huella
que deja el sol a su paso.
En casi cuarenta años de vida,
no he dejado de volver.
Es una memoria de vaivenes,
idéntico a estas manos,
que me cubren del sol
cuando golpea directo.
El trabajo de los padres
es la historia personal.
Una huella de aquel sol
en el centro de tu vida.
CELEBRACIÓN
Creo que escribí un poema
y lo celebro, discreto,
con una porción de café.
Un espresso corto,
a la italiana y con cuerpo
para un regusto de horas.
No se me ocurrió más.
No se me alteró el pulso,
ni salieron las náyades
a darme un saludo acuático.
Tampoco las aves cambiaron de ruta.
Si acaso —y es una posibilidad—
me visitó la evidencia íntima
de un posible consuelo.




