El <<caso>> de Paul Ricoeur es interesante por muchas razones, y no en último lugar por su persistente talante polémico. En su momento respectivo, se enfrentó a la <<marea>> estructuralista, luego a las interpretaciones dominantes de Freud y, al final de su recorrido, a algunos aspectos y sectores de la tradición de la que él mismo se reconoce heredero. En realidad, se ha mantenido bastante fiel a un programa de estudios que arranca de una sola pregunta: ¿para qué sirve el lenguaje? El campo connotado es naturalmente inmenso. A fin de acotarlo, Ricoeur aglutina tres elementos: la ficción, la historia y el tiempo[1]. Tengo que decir que muchas de sus contribuciones son increíblemente redundantes, por no calificarlas de triviales. Ejemplo preclaro es su definición de <<poética>>:
Es la disciplina que trata de las leyes de composición que se sobreañaden a la instancia del discurso para hacer un texto que sirve como relato o como poema o como ensayo.
La poética es el modo en que se hace un poema. ¡Brillante! Un poco menos banal es su análisis del mito. Sostiene que lo distintivo de las fábulas es su <<intriga>>. En los mitos no hay argumentos, sino acciones. Tienen un comienzo, un desarrollo y un final. Esta sucesión garantiza su inteligibilidad. Un mito —o un relato— es un <<compuesto>> que torna comprensible algo que antes de él no lo era. Nada particularmente novedoso, la verdad. Lo que no obstante llama la atención es que Ricoeur reconozca que la Historia (en el sentido historiográfico) nomás no puede despojarse de su pertenencia al mito. Sin relato no hay historia inteligible.
Así que de historia <<científica>>, ¡ni hablar!
El elemento central de la hermenéutica desarrollada por Paul Ricoeur es, notoriamente, la inteligibilidad. Todo depende de ella, todo nace de ella, todo vuelve a ella. Inclusive la ciencia, en su desnudez narrativa, hace comprensibles las cosas en virtud de su inserción en un campo mayor, en un relato maestro capaz de otorgarle sentido y valor. En otros términos: la ciencia funciona no porque sea objetiva, libre de ficciones y mitos, sino justamente porque y en la medida en que ella es parte de una intriga, de una ficción comprehensiva, de un relato universal, de un mito básico.
Sería interesante descubrir en qué consiste éste.
¿Nos lo indica el profesor Ricoeur? Vamos a verlo. Su premisa principal queda una y otra vez incuestionada. ¡No sería premisa si lo fuese! Consiste en lo siguiente: el lenguaje sirve para entender las cosas. Asentado lo cual, se propondrá que el modo en que las hace inteligibles es contando historias. Y esto es así debido a que los humanos somos animales arrojados al tiempo.
El ambiente es indisimulablemente aristotélico. El estagirita establecía que el tiempo es la medida del movimiento; su diligente discípulo francés establecerá que el tiempo es la medida del cambio (histórico). Hablamos para actuar, y contamos historias para entender lo que hacemos. Virtudes del círculo hermenéutico.
Que lo decisivo del relato, de la fábula, del cuento, del mito o de la narración sea la intriga significa que antes de que algo sea inteligible debe ser interesante. ¡Sólo entiendo lo que me importa! La intriga debe captar la atención del oyente. Atraparlo. <<La intriga>>, afirma Ricoeur, <<es la unidad narrativa básica que configura estos ingredientes heterogéneos en una totalidad inteligible>>. Agentes, objetivos, circunstancias, interacciones, resultados deseados e indeseados… Nadie entendería ni jota en ausencia de un cuento. Científico o de los otros.
Una vez más: nada del otro mundo. Los cuentos del otro mundo son, por cierto, extensiones o distorsiones de éste. Formas variadas de subyugar, colonizar, acondicionar, urbanizar, arrendar y domesticar lo que en absoluto podría referirse a un mundo. La hermenéutica de escuela que en este caso se propugna tiene por tarea explicar cómo es posible que alguien entienda algo. La imaginación sigue reglas no por inconscientes menos perentorias. Pero estas reglas, dice Ricoeur, no forman ni se sustentan en una <<estructura>>.
Detengámonos sólo en un punto. Hay un elemento que presuntamente permite distinguir una historia de un relato: a saber, su remisión a lo real. El relato, si quiere cumplir con su cometido, <<finge>> alguna realidad. El problema es que lo <<real>> de la historia ya ha dejado de ser real. En este peculiar sentido, es tan real como lo real de la ficción. Para cualquier estrategia hermenéutica, es fundamental partir de esta convicción: lo real es (como) un texto. No hay distinción entre el texto de lo real y lo real no configurado lingüística o simbólicamente.
¡Fuera de mí, fuera de nosotros, fuera de lo humano, fuera del mundo no hay absolutamente nada!
Ricoeur insiste en que la forma esencial, irreductible, de tornar inteligible cualquier realidad consiste en narrarla. Antes del cuento, lo real es mudo. Darle voz, darle palabra es lo propio de los seres humanos; y este don depende íntegramente de la imaginación. La imaginación, se entiende, es productiva, no solamente imitativa. Es el sentido originario de <<ficción>>: fingere es facere. <<El mundo de la ficción>>, explica, <<en esta fase de suspensión, no es más que el mundo del texto, una proyección del texto como mundo>>. La <<suspensión>> consiste en interrumpir, momentáneamente, toda referencia a realidades presentes. En su puesta entre paréntesis de lo inmediato —de la <<precomprensión del mundo de la acción>>, dice Ricoeur— la potencia ficcional edifica un mundo de sentido.
Dicho aun más brevemente: para la hermenéutica —al menos, para la que practica Ricoeur— el mito trabaja sobre materiales preconstituidos… por el trabajo.
Lo cual significa que no hay forma de acceder a lo real. Nunca, al menos, <<de golpe>>. Absolutamente todo lo a nosotros accesible está permeado por la lengua. Lo único real, para un ser humano, es el mundo. Así exista una suerte de estratificación dentro de él. Está el mundo configurado por la acción humana, y sobre él, frecuentemente en conflicto con él, o desviado a su respecto, está el <<mundo del texto>>. Su nexo es <<irónico>>.
Con esta bastante lúcida determinación, Ricoeur sienta las bases para delinear su <<estética>>. El mundo del texto —que es el mundo del arte: ficción e imaginación— mantiene con el mundo de la acción (qué el hermeneuta identifica con la realidad tal cual) un vínculo signado por la ironía. Ya es ganancia que no diga que el arte es una superestructura de lo económico, pero sigue siendo, a mi juicio, una teoría demasiado ad hoc para preservar los postulados e ideales del humanismo.
La hermenéutica se encuentra en una posición de compromiso. Tal vez ha perdido o vuelto muy romo su punzón crítico; tal vez, más probablemente, ha enfriado hasta su punto de congelación a la genealogía (trágica) de Nietzsche. Nadie podrá negar que de allí deriva su verdadero interés. Advertido lo cual es de ley reconocer que sus efectos —cuando los hay— sobre las pretensiones objetivistas de la historiografía (y de las otras ciencias sociales) han sido sumamente saludables.
Lo real de la historia, por ejemplo, es, desde cualquier punto de vista, inverificable. Es un real íntegramente cernido por el texto (histórico). Nada habría detrás, nada a salvo de interpretación. En consecuencia, es un real íntegramente imaginario. Ricoeur parece no percatarse de que si todo en un ser humano es tiempo, nada es nunca presente a sí. Ergo, nada podría decirse de lo real que no fuese una ficción —incluida la interpretación que se está aquí defendiendo. El cuento de la hermenéutica se disuelve en su propio cuento.
Será preciso, desde luego, matizar donde quepa semejante constatación. Antes que cualquier otra cosa, es una cuestión de honestidad. Intelectual y moral. Que sea imaginario no equivale mecánicamente a que sea arbitrario. Ahora bien, la coartada de la historia es que no se pueden inventar los documentos en los que abreva. Desde luego que no (y si se hace se tiene que pagar, muy caro), pero ¿los documentos no son en sí mismos producto —distante o próximo— de la imaginación? ¿No son ellos mismos, desde el momento en que fueron escritos o esculpidos o retratados, es decir: hechos y/o fingidos, el efecto —directo o indirecto, en cualquier caso <<irónico>>— del texto del mundo?
Creo que con estas indicaciones se abre el problema del lugar —y las dimensiones— en el —y en las— que arraiga y fructifica la hermenéutica. Paul Ricoeur se niega, como es de esperarse, a reconocer que sus presupuestos teóricos no pueden hacer otra cosa que irse pique. No me interesa discutir con él, que después de todo es humano, sino justamente con las premisas de las que ningún humanismo podría desprenderse.
Redondeemos por elemental cortesía la apuesta hermenéutica de Ricoeur. Todo ocurre como si de una fruta se tratara. Remontamos, en este discurso, el plano de su carnosidad para ir hacia la sequedad de su semilla. Él mismo nos ayuda. Todo emerge, gústenos o no, de Nietzsche: para un ser humano, ¿hay una realidad que no sea efecto de una interpretación? No la hay, pero atención: Nietzsche jamás declara irreal aquello que escapa a toda interpretación. Todo lo contrario: es real a condición de no confundirse con la interpretación.
Es que la concepción del hombre implícita en toda hermenéutica es de naturaleza jerárquica. Lo debe con palmaria evidencia a su raigambre cristiana. Ascendencia que, me apresuro a afirmarlo, no necesaria ni automáticamente la desacredita. Pero sí nos proporciona pistas a fin de discernir sus límites. Lo cristiano, según ha ocurrido a no dudarlo con Heidegger, puede servir para desmontar productivamente a la metafísica griega, y en particular a la ontoteología derivada de Aristóteles.
Después se verá a qué fin, y con qué derivaciones.
[1] Paul Ricoeur, <<Narratividad, fenomenología y hermenéutica>>, en André Jakob, El universo filosófico, tr. J. I. Galparsoro y F. J. Poza, Akal, Madrid, 2007, pp. 100-110.
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