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Michel de Montaigne es el inventor del ensayo, que en su obra no tiene aun el significado de <<género>> literario, ni siquiera el de <<tentativa>>, sino el más general de experiencia. El tema único del ensayo es el escritor mismo: <<Así, lector, sabe que yo mismo soy el contenido de mi libro, lo cual no es razón para que emplees tu vagar en un asunto tan frívolo y tan baladí. Adiós, pues>>. En la primera página, el escritor se presenta y se despide. Tanta modestia parece desde luego sospechosa. Lo interesante es que Montaigne se sabe autor y objeto de sus ensayos, pero al mismo tiempo reconoce que él mismo es un producto de su escritura.

A diferencia de los filósofos racionalistas de la época, Montaigne dirige su mirada a sí mismo sirviéndose de la tradición grecorromana y tratando de iluminar incluso los aspectos menos elevados de su propia existencia. Sus escritos son un diálogo constante con la tradición, con otros amigos, con su época. Diálogo y comparación: la experiencia propia sólo se comprende y valora con las experiencias ajenas.

Ávido lector, en Montaigne se reconocen tres etapas más o menos bien delineadas: primero, como discípulo de Séneca, abraza los ideales del estoicismo; enseguida, aprendiendo de Sexto Empírico, se vuelve hacia el escepticismo; al final, como émulo de Epicuro, se desliza hacia un cierto naturalismo hedonista.

Una vez más, lo interesante es que Montaigne no se acerca a estas denominaciones como si estuviese necesitado de alguna doctrina omniexplicativa, sino como experiencias de las que podría aprender algo valioso. Son posiciones que ensaya para ensayar sobre sí mismo . El estoicismo le enseña a reconocer nuestra servidumbre respecto de las condiciones materiales de la vida y la soberanía de la conciencia; del escepticismo aprende a medir la debilidad de la razón, la relatividad de los juicios, el alcance de la miseria humana y, junto a ello, una humildad y una circunspección sumamente necesarias; el epicureísmo, por fin, le proporciona elementos para entregarse a un arte de vivir en el cual las ilusiones han sido mantenidas a sana distancia.

Este arte de vivir involucra una posición ante la muerte que es posiblemente lo más genial del escritor del Périgord.

Mas tú no mueres porque estás enfermo, mueres porque eres vivo: la muerte te mata admirablemente sin el socorro de la enfermedad, y a algunos los males alargaron la vida alejándoles de la muerte, porque les parecía ir muriéndose .

Ángel Gabilondo ha escrito un libro admirable en el que rinde cuenta de la importancia capital de Montaigne para la reflexión filosófica moderna. No duda en calificar su obra como una reconciliación con la muerte, un <<desplazamiento>> que vuelve a poner a Sócrates en el lugar que le corresponde. <<Es locura pensar (…) en rehuir la idea de la muerte>>, escribe Montaigne . Gabilondo ha hecho notar que esta reconciliación, lejos de debilitar nuestras fuerzas, de por sí escasas, nos abre a la potencia natural que nos hace humanos. No se trata de pensaren la muerte, sino en aprender a morir, en saber morir. Es estar preparados para despedirse. En cuanto tal, estamos ante una <<lección de libertad>> . La meditación de Montaigne representa una fuerza de separación, de desligamiento, la imposible experiencia de la muerte como <<medida>> de la vida:

Yo remito a la muerte toda la experiencia de mis estudios: entonces veremos si mis discursos salen de la boca o del corazón .

Para Montaigne, lo esencial de toda la sabiduría acumulada en el mundo, su sentido, es enseñarnos a no tener miedo de la muerte. Aprender a morir significa combatirla de una manera eficaz. <<Sepamos aguardarla, a pie firme, sepamos combatirla, y para empezar a despojarla de su principal ventaja contra nosotros, sigamos el camino opuesto al ordinario; quitémosle la extrañeza, habituémonos, acostumbrémonos a ella. No pensemos en nada con más frecuencia que en la muerte; en todos los instantes tengámosla fija en la mente, y veámosla en todos los rostros (…) digamos y redigamos constantemente, todos los instantes: “Nada me importa que sea éste el momento de mi muerte”>> . Lo primero, pues, es despojar a la muerte de su carácter terrible, amenazante. Como no sabemos cuándo ocurrirá, hay que esperarla en todas partes, en cualquier momento.
Lo decisivo es que <<la premeditación de la muerte es premeditación de la libertad; quien ha aprendido a morir olvida la servidumbre; no hay mal posible en la vida para aquel que ha comprendido bien que la privación de la misma no es un mal: saber morir nos libra de toda sujeción y obligación>> . Palabras duras que poseen una significación muy diferente de las habituales. Aprender a morir equivale a dejar de considerar la privación de la vida como un castigo. Pues esta asociación de la muerte con el mal, con el pecado, es lo que permite que algunos hombres esclavicen a otros. Montaigne pide que nos <<acostumbremos>> a la idea de la muerte no para <<justificarla>>, sino para desactivar su veneno. Es una cuestión de valor, de valentía, de firmeza, de entrega, de confianza. Uno debe <<habituarse>> a la muerte por amor a la vida, no por guardarle rencor dado que un día dejaremos de estarlo.

La existencia cobra entonces un fulgor que antes no tenía. <<Lo que he de ejecutar en vida>>, sigue diciendo Montaigne, <<me apresuro a rematarlo; todo plazo se me antoja largo, hasta el de una hora>> . Este aprendizaje no es entonces un aprendizaje de la muerte, pues de ella no es posible aprender <<nada nuevo>>. Es un aprendizaje de la vida y para ella. En otras palabras, es una sabiduría del cuerpo y para él, un aprendizaje de los poderes y posibilidades de un cuerpo. Como observa Gabilondo, <<el cuerpo no se reduce, se intensifica. La salud es ya otra en definitiva, la salud como libertad y la libertad como salud. No otra cosa es aprender a morir que, en el aprender a vivir, viene a ser esta meditación de la salud un ejercicio y ocupación permanentes>> . Efectivamente, lo que el autor de los ensayos propone es liberarnos del miedo a la muerte con el único propósito de intensificar y hacer más plena nuestra existencia. Saber que la muerte puede ocurrir en cualquier instante nos obliga a reconciliarnos inmediatamente con la vida. Ese saber le da todo su valor. Le devuelve su carácter precioso, único, milagroso.

Afrontar la muerte, según nos enseña Montaigne, no significa anularla, sino devolverle su realidad absoluta. Como no hay absolutamente nada que aprender <<allá>>, la vida se convierte en un inmenso campo de experimentación y de aprendizaje. <<Afrontar la muerte>>, explica Gabilondo, <<es eludir una precipitada y descuidada entrega a ella>> . El principal efecto de esta <<pre-meditación>> es, naturalmente, la afirmación de la soberanía del instante, de cada uno de los instantes que componen una vida. Plantarle cara a la muerte es aprender que la existencia de cada uno de nosotros es un milagro y que la forma de cada existencia depende del amor absolutamente desinteresado que sea capaz de sentir por una existencia que sólo es una sucesión desconocida de instantes benditos por uno mismo.
Este es, me parece, el valor y el sentido de los Ensayos de Michel de Montaigne. Comprendemos entonces la profunda y cómplice ironía de su inicio. Es como si nos dijera: yo no soy más (ni menos) que la obra de mi vida, una vida que a su vez es sólo el efecto de una obra. Es como si nos murmurara al oído: mi vida es exactamente aquello que escribo, y aquello que escribo no es más (tampoco menos) que mi existencia.

Así, la propuesta de Montaigne efectúa un decisivo desplazamiento. Se trata de <<naturalizar>> el arte y no de <<artealizar>> (en un proceder de imposible palabra) la naturaleza. El texto busca ser natural, hablar como un cuerpo, ser <<corpus>> y, entonces, la naturaleza ama ocultarse en un texto que no es sino su réplica, la que ella se da a sí misma, otro sustituto, como toda escritura, pero no de un original yo .

Los Ensayos son la existencia misma, la materia y el espíritu de un ser que se sabe mortal y no se asusta ni se acobarda por ello. Se comprende bien por qué <<quien enseñase a los hombres a morir les enseñaría a vivir>>. Una enseñanza que ninguna institución social, y muy particularmente la Iglesia, se halla completamente imposibilitada de impartir.

Michel de Montaigne, Ensayos. Libro I, tr. C. Román y Salamero, RBA, Barcelona, 2003, p. 131

Cf. Eusebi Colomer, Movimientos de renovación. Humanismo y Renacimiento, Akal, Madrid, 1997, p. 36

Montaigne, Libro III, XIII, p. 398

Montaigne, Libro I, XIX, p. 209

Ángel Gabilondo, Mortal de necesidad. La filosofía, la salud y la muerte, Abada editores, Madrid, 2003, p. 40

Montaigne, I, XVIII, p. 201

Montaigne, I, XIX, p. 210

Ibid., p. 211

Ibíd., p. 212

Mortal de necesidad…, o. c., p. 49

Ibíd., p. 52

Ibíd., p. 54

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