·

Un granero, un trigal

Christina? Christina, can you hear me?
 I don’t know if you can, but I’m talking to ya, baby.
No goodbye. There’s only love, Christina. Only love.
William D. Wittliff

Si algún cuadro enmarcó el espacio en el que crecí, fue sin duda El mundo de Cristina, de Andrew Wyeth. Desde alguna pared del estudio de mi casa, aunque ésta cambiara, Cristina me dio durante años la espalda. Yo supe muy poco de ella: que usaba siempre el mismo vestido rosáceo, el viento la despeinaba invariablemente hacia el mismo lado, a sus zapatos verdes-gris no se les antojaba sostenerla; que algo miraba en aquella casa del rincón; algo ansiaba.
Curiosamente, pasaron muchos años antes de que yo abandonara la idea de que se trataba de una imagen idílica, de que Cristina estaba pasándolo bomba en su día de campo privado.

Cuando tenía once años pude ver a Cristina en vivo. Recorrí varias salas buscándola. Sabía que ese museo era su casa y que, por ende, algo de mi casa había allí. Doblé una esquina y ahí estaba: repentina, sutil, siempre de espaldas. Me quedé mirándola y entonces sucedió. Un descubrimiento: algo andaba mal con Cristina. No era la misma que había felizmente habitado mi casa, reposando plácida sobre el césped. No; esta Cristina tenía un problema, se le notaba a leguas. Los brazos deformes, la angustia en el gesto, quizás una mueca de dolor si alguien la viese de frente. Pasé muchos minutos frente al cuadro, aterrada, para luego sucumbir ante un dilema moral: decidir si gritarle a mi padre -extraviado salas atrás-, para exigir una explicación, o si era mejor no contárselo, porque sería una decepción demasiado grande para él, entender que la chica que durante años se sentó en un pastizal sobre su escritorio, estaba en realidad enferma y lo más seguro era que no estuviera ahí echada por el gusto, sino que la pobre no podía levantarse. Entendí no poseer las agallas para mentirle o para, peor aún, permitir que él solo se topara de frente con tan súbita verdad. Así que me di a la tarea de localizarlo.
Lo encontré donde era más lógico: babeando frente a un Bacon. Me le paré enfrente. Me tomó de los hombros y me hizo girar como diciendo “Bacon, admira un poco a Bacon antes de hablar”. Pero las deformidades de este cuadro sólo podían refrescarme las del otro, así que le dije “Pá, ¿ya la viste, a Cristina?”. Todavía no. Ven, tienes que ver algo.
Lo tomé de la mano y lo forcé a atravesar varias salas a paso rápido, no dejándolo ni suspirar ante el desfile. Se notaba que le costaba trabajo no detenerse, pero me siguió. Algo que siempre amé de mi padre: celoso como era de su espacio y su silencio, nunca le puso un candado para mí, siempre me abrió el oído, siempre abandonó gustoso una cavilación solitaria para convertirla en una duda compartida, una nueva preocupación, una buena charla, sólo nuestra.

Finalmente llegamos frente a Cristina y nos paramos ahí a verla. Yo había optado por una sorpresa asistida, por así decir. Iba a dejar que él solito lo descubriera, mas estaría a su lado para consolarlo. Pero entonces, en lugar del terror o repudio que yo esperaba, apareció una mueca tonta, de felicidad. “Qué maravilla, Laia, qué chingonería…”
(¡!)
¿No lo veía?
Me pareció monstruosa su indiferencia. Recuerdo que pasó a hablarme de estos trazos, mira, nunca se ven en las reproducciones, la témpera, el huevo, la luz… Entonces entendí: Cristina era así, siempre había sido así. Enferma, deforme.
Solté al experto y lo dejé ahí babeando ahora por Wyeth. Seguí mi recorrido indignada. ¿Cómo era siquiera posible que yo nunca antes hubiera notado el codo demasiado ancho, la mano aferrada a la hierba, la otra dolorosamente encrespada? Me sentía traicionada, pero sobre todo ingenua, me sentía nada más que una niña de once años.

Hoy ya no vivo con mi padre. Lo veo demasiado poco y cada vez vuelvo a él con la misma incertidumbre que me produjo Cristina: ¿estará enfermo? ¿Estará bien? ¿Qué espera para levantarse, qué ansía en aquel rincón? Pero el temor desaparece en cuanto lo oigo, como se disolvió aquella otra sensación de ingenuidad cuando esa noche lo interrogué y me contó lo que ya todos saben: que Cristina era vecina de Wyeth, que era paralítica, que le daba por pasarse las tardes arrastrándose, recogiendo flores en el enorme prado que rodeaba su casa. Un pasatiempo que interesó, quizá perturbó, a Andrew, y entonces decidió pintarla:
un poco de témpera, estos trazos, el huevo, la luz, un granero, un trigal.

Los críticos insisten en ver cuervos en el cielo y la definen como una “figura inquietante”. Lo hacen así porque sólo miran el enorme espacio entre Cristina y su casa, y les invade la angustia de lo inalcanzable. Pero yo sostengo que los ingenuos son ellos y que Cristina era puro sosiego y contentura en su día de campo privado. Y así lo mismo cada telefonazo con mi padre: nos pesa la distancia pero nos reconforta la certeza de que elegimos cada uno, cada día, las flores que levantamos, el prado en el que vamos a postrarnos.

Más de Espiral 4

  • Eduardo Langagne:

    las artes convocadas por Jaime Muñoz Vargas “El poema es una cosa que será”, escribió Huidobro en su Altazor para significar que la poesía siempre es imperfecta y,…

  • Vagabundo , de Eduardo Langagne

    Eduardo Langagne (México, 1952) tiene en Decíamos ayer…Poesía 1980-2000 la primera recopilación antológica de su trabajo poético. El libro abarca los títulos que van del ya imprescindible Donde…

  • ·

    Perros

    “Escribir, en la mejor de las hipótesis, es una vida solitaria” Ernest Hemingway “Si no queda más remedio que cometer la impudicia artística de escribir sobre un escritor,…