Eduardo Langagne (México, 1952) tiene en Decíamos ayer…Poesía 1980-2000 la primera recopilación antológica de su trabajo poético. El libro abarca los títulos que van del ya imprescindible Donde habita el cangrejo, ganador en 1980 del Premio Casa de las Américas,a una serie de poemas inéditos ordenados bajo el título de Retablo, pasando por libros de gran belleza, como son Navegar es preciso y Cantos para una exposición, entre otros.
Esta antología apareció en 2004, cuatro años después del periodo que cierra el libro.A partir de entonces, Eduardo Langagne ha publicado tres títulos más: El álbum blanco (2004), Décima ocasión (2004) y la plaqueta que hoy reseñamos, Vagabundo, el trabajo más reciente del autor, publicado en la Ciudad de Puebla, a mediados de este año por la editorial LunArena.
Dentro de la generación de los cincuenta, Eduardo Langagne se destaca como el poeta cuya poesía alcanza la literariedad a través de la música, de un elaborado trabajo prosódico, aprendido en las formas clásicas, la vanguardia y la poesía contemporánea. Desde mi perspectiva, la musicalidad en la obra de Eduardo Langagne la debemos entender en dos sentidos. El primero es el que todos, de algún modo, apreciamos como lo musical en un poema y que José Gorostiza en sus Notas sobre poesía ha caracterizado mejor: “la poesía es música, y de un modo más preciso, canto”. Aquello que nos afecta el oído a través de la voz y se refleja en los demás sentidos (el verdadero poema siempre es una gran sinestesia). El segundo sentido es una metáfora, según Borges.
La afinidad entre música y poesía proviene del origen común que compartieron. Sin embargo, Borges afirmaba que tal aseveración es un error o una metáfora. Error porque, de acuerdo con su experiencia, poco o ningún oído tenía para la música de Schumann o Chopin y en cambio sí podía disfrutar la música en los poemas de Yeats o Guillén. Metáfora porque tal como sucede con la música, en la verdadera poesía el significante y el significado están indisolublemente integrados. De modo que esta segunda posibilidad, además de la primera, nos la abre la poesía de Eduardo Langagne. Y Vagabundo es una muestra más de ello.
Vagabundo es una plaqueta organizada en dos partes simétricas. Cada una incluye catorce textos. Los primeros diez poemas de cada sección emplean la prosa poética, abandonando asimismo puntuación alguna, y los ocho restantes recurren a las formas clásicas o al verso. Por tal motivo el epígrafe del libro es un poema del brasileño Paulo Leminski, el cual se refiere a la relación entre el poeta y la forma poética. Según Leminski, aún cuando el escritor sea consciente y crea dominar la materia sobre la que trabaja, es finalmente el poema quien guía al poeta en la escritura y decide en qué forma desea ser escrito. Como lo afirmó hace ya muchos años Valéry, en la poesía el sonido guía al sentido, de modo que el ritmo, las correspondencias y el uso preciso de la sintaxis bajo el gobierno de la música son los elementos de que se vale Eduardo Langagne para construir su discurso poético. Como ejemplo, sirva el poema “X” de la primera parte. En él, además, confluyen algunos de los temas que son el leimotiv del libro y de la obra del autor (la memoria, el amor y la reflexión sobre la poesía):
“…no hay ninguna palabra grata o novedosa pero cómo relacionar los recuerdos sin el caos que acostumbra el pensamiento al recordar desordenadamente en tanto sufre y piensa lo que pudo hacer porque ha sido una gran pena que este amor se termine siempre es una gran pena aunque el amor pensando bien no se termina sólo se acaba esa unidad provisional de la pareja que tuvo la posibilidad de unión una historia paralela a las vías que corren hacia el tiempo así es la poesía una vida paralela” (p. 14).
Por otro lado, uno de los poemas que se destaca, sin duda, por su pulcritud y ludismo es “El punto G”. A través de tautogramas y aliteraciones, el poema le canta a aquel lugar del sexo femenino que prodiga tanto placer: “oh generoso punto genial del genital genuino manantial de la vida pozo extraviado del gozo localizado ahora te acierto digital relajado y legítimo generas apremiante y urgente / el ah tu ah mi ah” (p. 16). Pariente de “El punto G” es “El soneto del galopante”. Este poema celebra el miembro masculino de un modo caballeresco, y cuya relación intertextual nos recuerda a otros poemas escritos en los últimos años, “La bravata del jactancioso” de Eduardo Lizalde o “Misterios eleusinos” de Alí Calderón. “El soneto del galopante” dice en su segundo cuarteto: “celebro tu firmeza, conducto del amor, / mantente firme, humilde, y tiembla victorioso, / homenajea el placer, apologiza el gozo, / estremécete y vibra, amoroso señor.” (p.15).
La segunda parte de la plaqueta hace un interesante juego entre partes dispuestas en negritas que hacen contrapunto al texto en letra normal. Se podría decir que son títulos pero en algunos casos, debido a su extensión, no lo parecen. La función de este procedimiento es la de contextualizar la circunstancia desde la que escriben los distintos sujetos poéticos que se imponen en estos poemas. Un vagabundo, el ocupante de una habitación de hotel que llega decepcionado, o un poema, son algunos de ellos.
La preocupación principal de esta sección del libro es la poesía misma: la imposibilidad, las dificultades de objetivar lo subjetivo: “siempre quise escribir un poema como éste colocar cuidadoso entre sus líneas el aroma de una mujer…” (p.22); la función de la poesía: “no detiene una guerra la poesía sí sostiene a la paz solamente” (p.27); los medios expresivos, la función de la forma: “no te esclaviza el verso te libera te ayudará lo sé a trazar las vías por donde pasa el tren (…) un verso en el silencio detenido como una fiera rústica que acecha y el ritmo de tu verso te ha vencido””(p.25); y una respuesta a la pregunta fundamental es “Oh la poesía”: “ese / vaso / de agua / que ella / bebe / pausadamente / trae / la sorpresa / de un río / fresco / que aún / no llega / al mar / pues / se detiene / en el vaso / que ella / bebe / pausadamente / y trae / la sorpresa / de un río / que aún / no llega / al mar” (p.32).
Desde su primer libro, Eduardo Langagne ha cuidado y elegido cuidadosamente los medios expresivos de su poesía que se levanta a partir de la emoción y de una gran conciencia de la forma poética. El empleo del verso ha sido su principal camino. Por ello, Vagabundo ofrece una novedad en la poética del autor. Éste es un texto que explora nuevos caminos a partir de la forma y en el que el lector de poesía se solazará.
Eduardo Langagne (2005). Vagabundo. Puebla: LunArena. Colección poetas de una sola palabra