“Escribir, en la mejor de las hipótesis, es una vida solitaria”
Ernest Hemingway
“Si no queda más remedio que cometer la impudicia artística
de escribir sobre un escritor, más vale, creo yo, que escribas
acerca de mí que acerca de ti”
Jhon Updike; El Libro de Bech
Con el otoño llegó Calabro a Coyoacán. “Lo anunciaron sus pasos sobre las hojas secas”, escribió Mcfarland tiempo después, cuando redactaba su novela autobiográfica. Abrieron sus ventanas, el primero enrolló sus cortinillas de bambú, el otro recorrió sus persianas y entonces ocurrió el primer encuentro. El edificio donde vivían tenía un diseño que provocaba que las ventanas de sus respectivas estancias quedaran enfrentadas paralelamente.
Douglas Mcfarland llegó de Londres tres años atrás; era irlandés y creía que no había mejor forma de alabar a la patria, en términos literarios, que por medio del exilio. Despreció a los patriotas irlandeses volviéndose ciudadano del mundo. Recorrió gran parte de Europa; el lugar donde residió por más tiempo fue Trieste y ahí empezó su consagración como escritor. En Londres lo alcanzó la fama en un momento en que estaba convencido de que le hartaba, entonces cruzó el Atlántico para escapar de ella. Escogió México como destino literario sin razón alguna, quizá sólo porque sabía hablar español. Entonces sólo tenía veinticuatro años. Tenía la idea de encontrarse un rincón bohemio de la ciudad, juntar una grey de jóvenes escritores y pasar el día entre cafés discutiendo con ellos su teoría estética, actualizarlos en cuanto a literatura europea y escribir sin las distracciones de la fama. Tenía una visión muy atrasada de México: creía que no lo reconocerían.
Consiguió un lugar barato en la Roma, muy cerca de la plaza Río de Janeiro, que ya imaginaba como su Place Blanche. Le habían dicho que esa era una zona de escritores; pronto se decepcionó. Primero encontró que para los escritores de la zona la literatura era menos un oficio artístico que un estilo de vida; la mayoría de ellos le daban el mismo nivel de grandeza a Baudelaire que a Bukowsky. Luego ocurrió que la fama le dio alcance de nuevo, entonces decidió buscar otra residencia. En algún café conoció al escritor Antonio Bárcenas, que fue el único con el que logro simpatizar. Vivía en Tepito por dos razones: lugares como la Roma ya tenían mala fama y la residencia en lugares lejanos a los centros literarios dotaban a los escritores de mucho respeto entre la crítica. Vivir en Tepito era un redituable exceso que regalaba mucha fama al tiempo que alejaba de las tentaciones propias de ella; también era bueno en lo suyo.
Mcfarland no quería arriesgarse tanto; creyó que ese concepto de marginalidad no implicaba exponer la vida en un lugar así (¿Qué ideas tendría Mcfarland de este país?), sino que bastaba con hallar un lugar tranquilo. A poco halló un departamento en Coyoacán, a espaldas de la Plaza San Patricio. Muy adecuado para él, pensó, influenciado por una súbita nostalgia gaélica, falsa por lo demás. De hecho, era una suerte de seoninista moderado, pero conservaba una costumbre exclusiva de Irlanda: whisky Jameson en las rocas y cerveza Guiness, cuando podía conseguirla.
Tres años menor, August Calabro, italoamericano, llegó a México con la certeza de que ya no le podía sacar más jugo a Nueva York. Tenía poco tiempo como escritor, aunque entró con ventajas: un cuento publicado en una revista underground, de título “The Mercy Born in Texas”, con lo que obtuvo una beca de la Random House. Admiraba por igual a Baudelaire y a Bukowsky. Inspirado por los beatniks, Steinbecky Malcolm Lowry, escogió como destino literario un México que imaginaba místico, anacrónico e incluso peligroso; sin embargo, no quería riesgos baladíes como Kerouac en barrios pobres, ni aventuras tan grandes como las de Ferlinghetti en El Bombay. Sólo quería un lugar de tranquilidad casi rural, sin artistas pretenciosos alrededor como los que convirtieron Williamsburg, su rinconcito bohemio de Brooklyn, en el lugar más “cool” de la ciudad e hicieron del distrito de las carnicerías en la octava un lugar más elitista que el China Club. Se marchó convencido de que no extrañaría nada excepto sus paseos en el delta del Hudson.
Casualmente su tutor en México fue Antonio Bárcenas, quien le recomendó el mismo edificio departamental donde vivía Mcfarland, de manera que cuando tuviera que cumplir sus tareas con uno podría de paso visitar al otro. Casualmente, también, el cuarto que Calabro encontró vacante se enfrentaba con el de Mcfarland; no fue por eso que lo tomó, ni siquiera le conocía. Simplemente encontró perfecto el lugar, a pesar de que la ventana de la estancia no daba a la calle, como hubiera querido; pero igual caía de filo un poco de luz cenital, de manera que decidió poner junto a la ventana un escritorio pequeño, con su laptop encima. Al fondo, improvisó en cajas de cartón un librero modesto en materia y esencia. Sobre la pared, arriba de su biblioteca, pegó una bandera de Italia. No es italiano, pero Bárcenas le había dicho que un extranjero en México tenía asegurado el ligue siempre y cuando no fuera gringo. Claro que para navegar con esa bandera, tenía en contra la igualdad cromática con la mexicana. Sin embargo, tenía otra forma para demostrar su nacionalidad falsa: mientras realizaba la mudanza, puso un disco de Enrico Carusso a todo volumen y abrió la ventana para que se oyera en todo el edificio.
Mcfarland abrió su ventana también para saber de dónde provenía el ruido infernal; lo hizo casi simultáneamente al tiempo en que Calabro enrollaba su cortina. Se miraron en un espejo extraño: la habitación del dublinés también tenía una mesilla pegada a la ventana, sobre la que descansaba una Smith Corona de tamaño mediano. Era todo un romántico. Al fondo se veía un librero en mejor forma, de pino macizo y bien nutrido de libros. Llegaba hasta el techo, de manera que no había espacio para la bandera irlandesa que, incluso por la similitud de los colores, hubiera hecho de los cuartos piezas idénticas.
A ninguno de los dos les sorprendió la similitud. Mcfarland sólo tenía una enorme expresión de disgusto por la música y Calabro esbozó un gesto pendenciero. No bajó el volumen y Mcfarland no tuvo más opción que cerrar la ventana; sin embargo reconoció que no era suficiente porque el ruido lo seguía distrayendo. Sin más recursos, temeroso de abordarlo directamente, fue donde la administradora del edificio.
—Oiga… —la mujer hizo un gesto de hastío— Buenas Tardes. Le podría decir al nuevo inquilino que baje el volumen… Por favor.
A la mujer no le agradaba Mcfarland, pese a que era el más tranquilo de los inquilinos y el más puntual a la hora de pagar la renta. Por algún prejuicio exótico, odiaba a los rubios; sus costumbres taciturnas le resultaban sospechosas y odiaba que siempre que pasaba cerca de él su perro Goliat, se tapara la nariz argumentando que su asma se recrudecía por la presencia de animales. Mcfarland notaba la antipatía, de manera que siempre evitó ser quisquilloso y por esa misma razón consideró que la mujer le haría el favor.
—¿Y por qué no va usté?— respondió con enfado
—No quisiera ser molesto… Sé que es nuevo y…
—Está bien, está bien… ahorita le digo.
Mcfarland todavía escuchó que la mujer musitó “marica”, mientras cerraba la puerta. Enfadado por esta actitud, encontró valor para decidirse a resolver el asunto por sí mismo, pero al llegar a la puerta de Calabro la fuerza se desvaneció y regresó a su cuarto con la cola entre las patas. Pasó un rato pensando qué hacer y de pronto le enfureció ser tan cobarde. Entonces tomó una pequeña hoja y se preparó a escribir la nota más violenta que le pudiera salir, para finalmente deslizarla bajo su puerta. Probó con: “Ya entendimos que es usted italiano. ¡Ahora baje el volumen!”. Hubiera dado en el clavo, pero consideró que el destinatario encontraría una vejación racista subyacente. Entonces optó por lo siguiente: “Le ruego que apague su música anodina. Atentamente, su vecino de enfrente”. Enfrente era un término relativo en un edificio así: en realidad lo más correcto sería “el vecino de al lado”., pero igual era un juego para despistarlo.
Fue hacia la puerta y a punto de deslizar la nota se preguntó si en verdad le molestaba la música. No pudo hacerlo. Regresó a su cuarto y guardó la nota; quizá después pudiera hacerlo. Era el primer encuentro, no había razón para crear enemistad prematura. Así, pues, con la ventana cerrada, siguió trabajando en el cuento que había dejado. Trató de imaginar un diálogo donde pudiera usar la palabra “anodino” contra algún imbécil con pinta de chulo italiano; con esa venganza bastaba.
A la mañana siguiente, Mcfarland despertó, se preparó un café y de inmediato se enfrentó a la Smith Corona. Su método de trabajo implicaba no apartarse de la máquina y escribir cualquier cosa; por las mañanas no trabajaba nada específico, por la tarde salía a comer; esperaba a que algo ocurriera y pensaba en direcciones para la novela que trabajaba todas las noches, grabando ideas, diálogos, palabras o conceptos que encontraba al paso, en un pequeño aparato que llevaba siempre consigo. Tenía invertida en esa novela un buen número de años, desvelos y vísceras. Para entonces seguía ya esa dieta rigurosa, incluso porque comía de la escritura y por ello no podía darse el lujo de andar de diletante buscando solamente la obra maestra. Colaboraba en cinco revistas, pero no siempre le publicaban.
Abrió la ventana y lo primero que encontró fue a Calabro deshaciendo su habitación en círculos ansiosos; como perro buscándose la cola. Apenas se miraron. Sólo Calabro se detuvo un poco para mirar que, con el mismo ritmo con que él rondaba la habitación, el de enfrente ya escribía como poseso. Lo odió.
—¡Ha de ser burócrata!— murmuró
No sabía que aquel que tenía enfrente era el gran Douglas Mcfarland, estrella de la editorial Vintage y predilecto de los exquisitos de Williamsburg que tanto odiaba. Se enteró al día siguiente, cuando lo visitó Bárcenas. Regresó a la laptop; entre sus proyectos estaban la novela Destroy Graceland, basada en la Odisea, y el término de su tretalogía texana. El fideicomiso que le otorgó Random House duraba un año y para entonces tenía que entregar algo bueno. Cuando terminó “The mercy born in Texas” estaba muy orgulloso de que con un sólo cuento había logrado tanto; sin embargo, un día el escritor Jacob Lohan le dijo que todos los primeros cuentos suelen ser buenos… y nunca más. Sin duda fue una frase autocrítica.
Para Calabro era un reto, fácil por demás, según creía, porque sus proyectos pintaban muy bien. El problema, el pinche problema, era que desde hace un tiempo no lograba escribir nada. Culpó a Nueva York y confiaba en México. Pero nada; sin embargo se dio ánimos: era el primer día. Decidió salir a la calle a desayunar y luego, como lo hacía en Nueva York, ir de paseo para repletar una libretilla azul que siempre llevaba consigo; ahí registraba todas sus ocurrencias. Su plan consistía en recopilar material prometedor durante el recorrido y por la noche escribir sin detenerse. Antes, sin embargo, tuvo una revelación. Abrió el archivo de Destroy Graceland y escribió:
“—¡Mierda!— dijo Max”
Nada mal para la mañana. Volvió a mirar enfrente, pero aquel ni siquiera lo notó. Sin cerrar la ventana, cogió su chaqueta y salió dispuesto a batirse contra la realidad, robarle algo prometedor. Llegó la noche y nada qué escribir; en cambio, ya tenía dos amigos y un potencial affaire.
Pasaron los días entre la misma escena: Mcfarland escribiendo, Calabro paseando de aquí para allá. Mcfarland distraído por la voz de Enrico Carusso que Calabro intentaba imitar. Para entonces ya tenían una enemistad silenciosa pero leve. Al paso de los días fue creciendo al punto de que los vecinos del edificio temían algún encuentro entre aquellos. Otros lo preveían interesante, como Bárcenas, que se imaginaba como el importante mediador entre una joven promesa de la literatura y un joven escritor consagrado. Sin embargo apenas sirvió de mensajero involuntario. A cada uno le daba chismes sobre el otro. Generalmente cuando se refería a Mcfarland hablaba de su repudió al nacionalismo irlandés y al considerar a Calabro lo hacía con cierta condescendencia.
—Dice que su novela será un retake de la Odisea…
—Dale el Ulysses y que no joda— resumió Mcfarland.
—Bueno, —retomó Bárcenas—dice que ese tipo de obras son como chicles que no pierden el sabor. Pero es todo lo que sé, en realidad no me ha dicho más sobre el enfoque que le dará.
—Qué tipo… gasta su mejor material contigo.
Inmediatamente después se disculpó para ir al baño. Desde ahí, tomó su grabadora, pulso rec y dijo en inglés:
—Clásicos como chicles que no pierden el sabor. Usar metáfora.
Regresó con Bárcenas y siguieron hablando. Entonces, de pronto, escucharon la voz de Carusso; Mcfarland aprovechó para pedirle que amonestara a su pupilo por subir tanto el volumen. Ese mismo día, antes de marcharse, Bárcenas fue a dar el recado, sin reconocer que era orden del irlandés. Pero Calabro lo supo y encontró una nueva razón para odiarlo. En adelante le subía más a Carusso y lo acompañaba con terribles ladridos en italiano.
Llegó el tiempo en que Mcfarland no aguantó más. Recicló la nota; un día que buscó la ventana y no encontró a Calabro, decidió que era momento de deslizarla bajo la puerta. Regresó a su cuarto y cerró su ventana por temor a enfrentarse con él. Calabro la encontró, se enamoró de la palabra “anodino” y anotó en su libreta la orden de buscarla en un diccionario. Guardó la nota, porque incluso le gustó la idea de que un escritor de respeto se la hubiera escrito. Incluso imaginó que lo entrevistaban antes de viajar a París para presentar su novela Destroy Graceland, y que una periodista le preguntaba sobre su más acérrimo crítico, Douglas Mcfarland.
—No le conozco a él ni a su obra. Sólo sé que una vez me llamó anodino.
Al siguiente día, a punto de hacer su paseo de la tarde, encontró en la recepción del edificio, pegado sobre la pared, un folio que decía en español: “Comprendo la orden: bajaré el volumen. Sin embargo, de donde vengo, las cosas se piden personalmente. Una nota deslizada es lo mismo un acto de cobardía que de mala educación”.
Mcfarland enfureció. Así que el italianito hijo de perra quería buenos modales, como en su patria. Quería romper el hielo, cierto. Pues le demostraría buenos modales a la primera provocación. La oportunidad no tardó: Un día que Barcenás hizo su visita, habló con Calabro sobre su novela con el pretexto de que tenía que mandar un reporte a la editorial.
—Sabes, Mcfarland me hizo una observación importante: lo que pretendes hacer con la Odisea ya se ha hecho muchas veces…
—Claro, claro, pinche irlandés, ya sé a qué se refiere. Lo mío es distinto, sin chabacanerías simbólicas…
—Oye, momento;—interrumpió Bárcenas, sorprendido de que Calabro pronunció perfecta y furiosamente la palabra “chabacanerías”— estás hablando de una gran obra. Más de ochocientas páginas para narrar un sólo día.
—Quinientas de preámbulo al gran encuentro de Dedalus y Bloom… pues como dicen aquí ¡qué hueva! Yo me lo hubiera ahorrado iniciando así: “después de un día raro y agitado…”—enmarcó la frase con las manos— Además, lo mío acontece en Los Angeles, con todo lo que implica; gangs, problemas urbanos, etcétera.
La charla, aparentemente, terminó. Bárcenas fue a ver a Mcfarland para una visita rápida. Hablaron sobre lo acontecido hace unos momentos. Enfureció de nuevo, ahora por el desprecio de Calabro al Ulysses.
—Dile a ese pendejete que vea The Warriors. Lo que pretende su obra maestra, — enfatizó— ¡ya se ha hecho!
Bárcenas regresó con Calabro, sorprendido de que Mcfarland pronunciara tan bien la palabra “pendejete”. Le dio el recado y se despidió. Calabro enfureció también; entendió que situaciones como la nota y esas críticas no eran sino la actitud de un perro que sólo ladra y no muerde. Sabía como vengarse, pero antes de ponerlo en práctica, fue a buscar su libretilla azul y anotó: “rentar The Warriors”. Después fue hacia su grabadora y subió todo el volumen al disco de Carusso. Mcfarland esperaba la provocación y le dio gusto tenerla por fin. Ahora sólo faltaba que abrieran la ventana. Lo hicieron con velocidad, enrollaron sus respectivas y cortinas, se miraron y entonces Mcfarland agitó un puño en el aire y gritó:
—¡Canneloni stronzzo!
Después de decirlo, cerró la ventana. Calabro entendió la ofensa: de donde venía, era común insultar a un italoamericano llamándolo “espaguetini” o “macarroni”. Pero jamás le había tocado un insulto con ese tipo de pasta, los canneloni. Creyó que, además del racismo que implicaba, llamarlo canneloni era un juego literario con el que, tomando en cuenta la palabra cane, le decía, a la vez, perro.Por cierto, era una de las pocas palabras italianas que conocía. Respecto a stronzzo, no supo el significado, pero estaba seguro que también era una ofensa. Calabro, pese a su origen, sólo conocía las palabras bene, tutti fruti, ciao, cosa nostra, capo dei tutti capi… y pizza. De cierta forma le respetó por saber italiano: un escritor debe saber esas cosas. Fue por su libreta azul y anotó: “buscar stronzzo”.
También ya tenía un plan para joder a Mcfarland. “Conque eso buscabas, dougie”, pensó. Sabía que era un tipo antipático, solemne y que una broma infantil lo sacaría de sus casillas mucho más que un enfrentamiento directo. Su idea era darle encuentro en el pasillo, palmearle la espalda con ánimos de olvidar el altercado, pero aprovechando el gesto para pegarle una hoja en la espalda con una ofensa escrita. De sólo pensarlo estallaba en risa. Sin embargo el encuentro no se dio porque Mcfarland tomó sus precauciones y evitó cualquier oportunidad de ver a Calabro. Seguía abriendo la ventana todos los días, pero procuraba no mirar. Calabro, en cambio, cuando veía que aquel se retiraba de la mesa, corría hacía la puerta para encontrarlo en el pasillo. Puras falsas alarmas. Por fin, después de una semana se resignó a que no lo toparía y entonces decidió pegar el folio en la puerta de Mcfarland; conocía bien su punto débil por lo que Bárcenas le contaba y porque una vez leyó una entrevista donde le preguntaban el por qué de sus nostalgias del Támesis y del Avon, así como su simpatía notable hacia Inglaterra
—Bueno—contestó— viví mucho tiempo en Londres y Stratford, pero eso no me convierte en un pro-británico.
Fue hacia la puerta del irlandés, pegó el papel y salió corriendo del edificio. Mcfarland tenía muy aguzado el oído y notó escándalo afuera de su departamento. Abrió, la nota estaba ahí; la despegó con violencia y luego, en lugar de despedazarla, la guardó. West Britton, decía.
Con la guerra plenamente declarada, contrario a lo que se pudiera suponer, la dinámica entre ambos escritores fue cada vez menos activa. Era el producto de que desde entonces tomaron extremas precauciones para no encontrarse; no más música de Carusso, menos visitas de Bárcenas, porque se las restringieron argumentando mucho trabajo, e incluso hubo días enteros en que, aunque ambos estaban dentro de sus respectivos departamentos, las ventanas permanecieron cerradas. Sin embargo, ya vivían con la sensación, acaso temor, de que habrían de encontrarse inexorablemente y que algo desagradable sucedería: o se liaban a golpes o se volvían amigos. Las dos resultaban detestables.
Por aquellos días Mcfarland pensó que ya había pasado demasiado tiempo en México y que ya era hora de marcharse. Sus planes siempre eran así, aunque ahora sin duda, Calabro inspiraba la fuga. Si el destino los amenazaba con la posibilidad del encuentro, Mcfarland creyó que podía adelantarse viajando a otro lugar. El plan que empezaba a figurar Calabro sólo consistía en mudarse a Tepito o algún barrio así.
Y así eran ya los días, excepto ese día, un día magnífico iluminado por un peculiar sol de otoño, que se hace presente cuando el cielo está despejado pero su luz es opaca. Ambos despertaron de excelente humor, un poco gracias a los acontecimientos del día previo. No les había ocurrido nada bueno, pero encontraron de esos acontecimientos sustancia literaria y cierto entusiasmo para escribir sólo comparable al de sus primeros días en la profesión, cuando cualquier acontecimiento parecía tener dignidad poética.
Querían aprovechar la luz y entonces abrieron sus respectivas ventanas. Primero fue Mcfarland, que se acercó al escritorio con un vaso bien surtido de Jameson en las rocas. Luego la abrió Calabro, que sostenía en su mano derecha una taza de café humeante y cuyo humor lo obligó a resucitar el disco de Carusso. Se miraron con gesto retador, respectivo vaso en mano cual si fuera un revólver. De súbito, la luz bajó su intensidad y una furiosa ráfaga de viento cruzó entre los edificios paralelos, mesando las ropas y los cabellos de ambos. Parecía que no hubiera nadie más en el mundo en ese momento, pero en las otras ventanas ya se habían apostado algunos vecinos curiosos que, al escuchar la música, entendieron que un duelo se celebraba. El viento silbó con intensidad antes de marcharse.
Se sentaron simultáneamente frente a sus respectivos escritorios. Un aullido de Goliat, el perro de la administradora, dio la señal. Empezaron una lucha enconada sobre sus máquinas; incluso, llegó un tiempo en que, a fuerza de atender, los vecinos escuchaban menos a Carusso que los golpes sobre las teclas, violentos, vertiginosos, rítmicos como descargas de metralleta; como si fueran los ecos de aquella lid sobre el Convento de Churubusco que tenían a espaldas del edificio, todavía con las heridas de cierta invasión norteamericana que los mexicanos no podían contener porque Santa Anna les envió balas de salva, aunque finalmente ganaron gracias a la valerosa intervención del batallón irlandés de Saint Patricks.
Los escritores no se detenían ante nada, apenas Calabro para revisar su libretilla y Mcfarland escuchaba rápidamente sus grabaciones. Llegó el tiempo en que el trago ya no era sino whisky rebajado con agua y el café estaba tan frío que beberlo era un insulto. Qué importaba: escribían algo verdaderamente grande.
¿Qué había pasado el día anterior que los tenía ahora en el episodio más álgido de la guerra?
Sucedió que Calabro seguía con su habitual bloqueo, entonces, por recomendación de Bárcenas, decidió dar un buen recorrido por la ciudad y aprovechar que la editorial la había mandado un lote de libros que lucía interesante. Estaba emocionado por el plan. Por otro lado, Mcfarland despertó con una noticia excelente para su vida de viajero: un liceo de Veracruz le invitaba a dictar algunas conferencias. Últimamente había tenido algunos problemas de dinero porque no había mandado nada a su editorial y en las revistas del país no le habían publicado en dos semanas. Ya estaba más animado porque esa invitación resolvería sus problemas de manutención y porque esa mañana se le ocurrió la idea para un ensayo por el que podría cobrar mucho y que no tendría problemas en ser publicado: “ Juan Rulfo revisited by Douglas McFarland”; no había falla, pensó, atractivo a todas luces; el autor joven más respetado del momento, radicado temporalmente en México, habla sobre el autor más respetado de la literatura mexicana.
Pero había un problema: sólo había leído El Llano en Llamas, así que decidió ir a alguna librería y buscar todo el material que con sus pocos recursos pudiera encontrar. Por suerte, descubrió más tarde, sólo un libro más completaba la obra de Rulfo. Se tardó un momento para salir, hasta que tuvo la certeza de que Calabro no andaba rondando por ahí; mientras tanto, dedicó toda la mañana y un poco de la tarde para escribir cartas a su gente. A esa hora Calabro ya estaba desayunando y leyendo en un café; esperaba a uno de los tipos que conoció y que lo acompañaría en su paseo. Más tarde se reunirían con el otro.
Mcfarland tardó un buen rato en la librería porque aprovechó para leer dos libros cortos; ya había caído la noche cuando salió. Se sentía tan bien que decidió regresar a casa caminando, la noche despejada lo ameritaba, además con lo que se ahorraba de transporte completó para comprar un americano y unos cigarrillos en un café que encontró al paso. Al llegar a la plaza de San Patricio pensó que en el tiempo que la tuvo ahí, nunca la recorrió. Decidió que era un buen lugar para leer, no había distracciones, estaba tan vacío y tranquilo que cuando se sentó lo único que le llegaba era el olor y los rumores de los árboles golpeados por el viento. Además, el cielo estaba muy despejado, la luna rebozante, hacia fresco. Escogió una banca y empezó a leer. La noche lo ameritaba.
A esa hora, Calabro había terminado su recorrido y estaba tan bloqueado como antes. Fue culpa de que el paseo resultó más bien turístico, de manera que dedicó la mitad de su atención a sorprenderse de lo que veía y la otra a coquetear, aunque nada consiguió. En un bar del centro de la ciudad ya les esperaba el otro tipo. Lo encontraron sumido en un idilio con su móvil, pero como Calabro era hasta cierto punto un hombre moderno, no le resultó extraño, especialmente porque medio bar estaba haciendo lo mismo. Al reunirse con él supieron que había una razón importante: estaba en pleno cortejo virtual. No dudó en pedir consejo a Calabro, pues consideraba que los escritores tienen dominio sobre las cuestiones cursis. Éste se trono los dedos y empezó a dictar.
Todo estaba perfecto en la plaza; Mcfarland, que no era un hombre muy risueño, tenía por el momento una sonrisa que evidenciaba lo bien que la estaba pasando entre la lectura y la noche. Pero todo lo arruinó una pareja de vecinos del mismo edificio donde vivía, que sintió condescendencia al verlo tan solo y decidieron acompañarlo. No le importó e incluso lo estaba gozando hasta que entendió que, en esa súbita simpatía, estaba de por medio un sentimiento de lástima reconocible tras la pregunta de la mujer sobre si Mcfarland tenía pareja. Todo se volvió incómodo; ellos lo entendieron y se marcharon, no sin antes invitarlo e insistir tres veces a unirse a ellos.
Calabro estaba verdaderamente en llamas, como perro en celo. Le contrarió pensar en todo ese tiempo que pasó bloqueado mientras era todo un éxito con los mensajes instantáneos. De pronto, con cierta curiosidad, preguntó al dueño del móvil si la mujer en cuestión era bonita. No respondió, sino que de inmediato abrió un archivo fotográfico desde el mismo aparato y la presentó. Sí que era linda. Sintió cierto recelo porque no gozaría los frutos de su esfuerzo, pero le reconfortó pensar que el otro no podría sostener la relación por mucho tiempo si la tipa se enamoraba de lo que veía en su teléfono. También descubrió que era todo un éxito en este asunto y que, en cuanto se comprara un móvil así, nadie le podría parar.
Mcfarland ya no estaba tan a gusto por culpa de aquella pareja; algo le habían removido por dentro, pero siguió leyendo, ya menos por el ensayo que por distraerse de sus pensamientos. A poco, otro vecino cruzó la plaza; iba a encontrarse con su novia en el centro de Coyoacán. También se detuvo a saludar a Mcfarland, cuyo esfuerzo por ocultarse tras el libro fue en vano. Compartieron cigarrillos y charlaron un rato; Mcfarland trató de imponer el tema de Pedro Páramo, pero el otro lo cortó de tajo y empezó a cuestionarle sobre si tenía pareja.
—¿Si te gustan las mujeres… verdad?
La incomodidad sobrevino de nuevo y Mcfarland intentó gestos que el otro captara como signo de hartazgo. Aquél entendió muy tarde, pues antes le dijo que haría una fiesta exclusivamente para presentarle unas amigas, luego le reiteró tres veces que iría al centro, que podía traerle lo que quisiera. Mcfarland se negó, pero otra vez fue en vano.
—Ya sé… te traigo un cafecito, ya se está acabando este. Voy por mi novia y ahorita regreso.
Mcfarland podía comprarse sus propios cafés, si quería, aunque la invitación no le caería mal para fines ahorrativos. Pero se negó porque el hecho de ser soltero no era lo que lo tenía jodido y creía que esa era la percepción del vecino. Terminó por aceptar, tan sólo para que el otro se fuera de una vez por todas. Cuando estuvo solo de nuevo ya no encontró tan bella la plaza. Esto era bueno, muy bueno, para así no recordarla jamás con nostalgia.
La mujer tras la línea se rindió totalmente. Calabro detuvo al tipo cuando estaba por escribir “te amo”; le recomendó que mejor le escribiera “tenemos que hablar” y propusiera la cita. Pero el tipo fue mucho mejor: “Quiero verte”, escribió. Listo, pan comido. Se excusó y fue al baño; estaba enojado pero trató de disimularlo arremetiendo contra la frialdad del cortejo a través de mensajes instantáneos. De pronto tuvo una revelación: podía hacer que su Odiseo se comunicara con Penélope a través de uno de esos aparatejos, convertir a Palas Atenea en un móvil. Volvió entusiasmado a la mesa tan sólo para despedirse: tenía que ir a casa a escribir. Ni siquiera terminó su cerveza; ni siquiera pagó su cuenta.
Tras el último encuentro, Mcfarland decidió terminar la lectura en el departamento pero fue detenido por la vista de un par de mujeres que caminaban sobre la plaza. También vivían en el edificio. Eran la famosa pareja de lesbianas. Por curiosidad las esperó porque un encuentro con ellas sí parecía interesante; ninguna de las dos era realmente linda a sus ojos pero tenían cierto encanto. Pasaron junto a él, saludaron y de inmediato siguieron su camino. A poco, luego de mirar en derredor, Mcfarland sintió que podía hacer un cuento sobre un tipo que despierta en el día perfecto; conforme transcurre se convence de que todo está bien, de que en verdad es el día perfecto, pero todos alrededor se esfuerzan por convencerlo de lo contrario. Primero recorrió bien la plaza entera y luego siguió hasta el edificio, ya sin que le importara encontrarse a Calabro. De hecho, se sentía tan mal que hasta deseó encontrarlo para romperle la madre. Terminó encerrándose en el cuarto.
Cinco minutos después se escuchó el segundo azote de puerta en el edificio. Era Calabro, que en el regreso a casa había pensado menos en su cuento que en lo mal que le sentaba no tener novia por el momento. Fue hacia la mesa y encontró la ventana de enfrente abierta; Mcfarland no estaba ahí, se sentía demasiado mal para escribir. Calabro lo intentó, pero luego también renunció. Apagó la luz y se echó a la cama. Cinco minutos después, Mcfarland hizo lo mismo.
Eso estaban escribiendo durante el duelo, pero fueron interrumpidos por un grito histérico de la administradora del edificio: había una fuga de gas y era preciso evacuar. Más tardaron en llegar los bomberos que en decretar falsa alarma. En la calle, Calabro y Mcfarland no se miraron; el primero jugaba con Goliat y el otro intentaba charlar con el vecino que le había prometido la fiesta. Hasta la planearon, aunque Mcfarland ya no estaría para entonces.
Dos días después del acontecimiento, Mcfarland partió a Veracruz, de ahí a Sudamérica y luego volvió a Europa a recibir un premio. Pero lo que ocurrió en esos dos días no es trascendente. Acaso sólo que ya ambos habían entendido que esa cosa del encuentro predestinado por los olímpicos era una verdadera estupidez; pero que el no encontrarse había sido benéfico y tal vez incluso preparado por el destino para que cada cuál, por su lado, entendiera su propia soledad. Lo cierto fue que no iba a ocurrir porque ya no había tiempo; pero igual seguían con sus precauciones para no verse.
Sin embargo, la última noche lo tuvieron. Mcfarland decidió celebrar su despedida de la ciudad bebiendo en algún lugar barato. Encontró una pulquería escondida en Xoco y entró sin más. Tenía una entrada como de cantina del viejo oeste, con dos puertillas rígidas que anunciaban escandalosamente al recién llegado. Entró violentamente para seguir ese juego de western y lo primero que encontró fue a Calabro, solo en una mesa. Pensó que era el destino; Calabro, en cambio, creyó que estaba planeado por Bárcenas, que en ese preciso momento estaba en el baño.
Esperaron un rato, indecisos. Mcfarland se tocó el cinturón y Calabro se puso de pie. El destino se aferraba. Supieron que un movimiento hábil los salvaría del indeseable encuentro. El italiano alzó una mano y esbozó un saludo indiferente; el otro le correspondió y de inmediato dio marcha atrás. Sólo quedaron las puertas papaloteando por la fuerza que imprimió al salir. Al siguiente día ya no se vieron y hasta la fecha no se han encontrado. Mcfarland se fue en la madrugada y Calabro fue donde la administradora para exigir el departamento vacante, argumentando que estaba más grande. Tenía razón, pero no se lo dieron. Creyeron que habían logrado burlar al encuentro. Ambos se declararon vencedores.
Un año más tarde Calabro logró publicar Destroy Graceland, pero ya no con la Random House, que le retiró el apoyo por tanta morosidad. El libro fue muy criticado por un grupo de escritores norteamericanos que, se presumía, eran muy cercanos a dicha casa editorial. Pero en otros sectores de la crítica le iba bien; entre ellos, un tal Douglas Mcfarland escribió una reseña ambigua que decía así: “Calabro no necesita de grupos de protección para demostrar su habilidad literaria (…) a diferencia de sus críticos que, como los lobos, cuando no andan en manada son simplemente otro perro”.
A Calabro le parecieron palabras conocidas y las descubrió pronto: Faulkner había escrito lo mismo a propósito de Hemingway, quien entendió que, con un juego literario que aparentaba una alabanza, le estaba llamando “simplemente otro perro”. Calabro enfureció.