Antihéroe

¡El arte es el peor enemigo del arte!

Un fetiche ante el que ofician,

arrodillados, quienes no son artistas.

Aunque no le correspondía hacerlo, Jaime llevaba dos meses dándole seguimiento a una serie de asaltos que habían estado ocurriendo, puntualmente, cada viernes por la madrugada. Su trabajo en el diario consistía en hacer los crucigramas para la sección de sociales, pero quería demostrarle a sus jefes que podía ser un buen reportero. Para ello había estudiado, aunque, en realidad, quería ser escritor.

Como nunca le dieron la oportunidad, decidió reportear por sí mismo. Sin embargo, la idea de darle seguimiento a una nota vino de una charla que tuvo con un viejo amigo del barrio. Aquel encuentro sucedió cuando este amigo salió de prisión, luego de purgar una condena de tres años por el robo a un transeúnte. Sus caminos se habían separado tanto que la charla se volvió incómoda y los encuentros posteriores menguaron. Pero en ese momento, para salvar el encuentro, recurrieron a los buenos recuerdos.

—Cuando éramos morros siempre querías ser el Hombre Araña—dijo el amigo luego de enterarse que Jaime trabajaba en un periódico—. Ahora de grandes tienes que conformarte con ser Peter Parker.

—Ni eso, maestro. No me mandan a cubrir ni madres. Hago los pinche crucigramas.

—Tú me hubieras hecho famoso, pinche James—contestó el amigo luego de un rato—. Yo rifándome y tú con la exclusiva ¿no? Ya no hay superhéroes, pero sí harto rata. ¡Sería tu Spiderman!

—Ya vas—contestó Jaime en broma—, tú dirás cuando.

—Nel, yo no regreso al bote. Me cae.

Esa charla inspiró a Jaime a buscar las notas por sí mismo; notas que además no aparecían en los boletines y que los reporteros de élite no se atrevían a buscar. “Exclusivas de Spiderman”, se dijo aquella vez e inició su plan.

Desde entonces llevó cada viernes, sin falta, la nota de los misteriosos asaltos. Siempre en vano. Pasaba los primeros minutos de la tarde cazando al editor de la sección policíaca y al encontrarlo se la entregaba. Los primeros cuatro viernes recibió respuestas amables que iban más o menos en este tenor:

—Mira, Juanito…

—Es Jaime; Jaimito.

—Bien, Jaimito, déjame echarle un vistazo y si tengo espacio la meto.

En adelante sólo decía: “ahí déjamela, luego la checo”. A veces Jaime lo seguía hasta su oficina para explicarle el asunto: se trataba de asaltos sin sentido, presumiblemente ejecutados por la misma persona y su finalidad no estaba clara porque nunca había robos ni violencia física: sólo irrumpía en las casas, detonaba un par de veces el arma eventual y salía de la casa dejando a la familia amordazada. El editor fingía interés.

Jaime, por supuesto, entendía sus fracasos y para matizarlos ocupaba el material de las notas para hacer pequeños relatos. Aunque no dejó de hacer las notas y de intentar su publicación, puso más empeño en hacer los cuentos y disfrutaba más hacerlos. Al mes del seguimiento terminó el primero y se lo envió a otro editor, esta vez al que dirigía un segmento cultural del mismo periódico y que publicaba relatos de jóvenes escritores. De él recibía, incluso, respuestas más atentas. A ese primer cuento le hizo varias correcciones y lo devolvió a su autor para que lo puliera.

Cumplidos los dos meses, el viernes, Jaime llegó al periódico con su nota y su relato. Al encontrar al editor de la sección policíaca recibió el mismo trato. El del suplemento cultural le prometió leerlo. Jaime fue a su restirador y esperó. Ya no le interesaba la respuesta del primero sino el destino de su relato, que suponía perfecto. Al menos esperaba un buen comentario o un premio a su constancia.

No encontró al editor sino varias horas después, apresurado y de mal humor. Lo enfrentó para saber si su cuento sería publicado y éste no disimuló su estado. Peor aún, lo descargó contra Jaime.

—Mira, Jaime, tienes que trabajarlo más. Es pésimo. Todos los que me has entregado son igualitos, salvo que en un asalto usa una Colt, en otro una cuarenta y cinco, en otro una Beretta y ahora una Uzi…

—Es que es el mismo personaje. Le estoy dando seguimiento a un caso y…

—Pues deberías decirle al de policiaco que tienes una nota. Quizá hasta te de chance de hacer un reportaje o una crónica…

En ese momento iba de paso la editora de sociales e interrumpió “chíngale con ese crucigrama, Jaimito, que se nos viene el cierre”

—Si te interesa hacer cuento—prosiguió— cambia el tema: te estás repitiendo. Las resoluciones con disparos están muy choteadas. Además, eso del reportero que tiene acceso al caso… bueno, me recordó a las escapadas de Clark Kent cuando Superman salva al mundo.

—No, más bien…

—Te dejo, Jaimito, ando en chinga— se adelantó unos pasos y remató—. Pero tú síguele dando, que esto de ser escritor no es de un día para otro. Nos vemos.

Jaime regresó derrotado a su restirador. Aunque no del todo porque concedió que su plan seguiría en pie. Nuevamente, como hace dos meses, empezó a configurar el crucigrama de manera que las respuestas a las preguntas, sobra cada cuadro, prefiguraran lo mismo que había escrito en su cuento.

Horizontales

1.- Metralleta diseñada por el militar israelí Uziel Gal en los 50’s, que dispara 600 balas por minuto.

Y mientras pensaba como calzar “mordaza” con “alarido”, se repitió que los siguientes asaltos serían en la casa de los editores que lo rechazaron.

Alfonso Nava

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