Árbol de desierto
Cuando tus rodillas se encontraron con la tierra
recordaste el olor de los cadáveres plantados
como árbol de desierto
que te ha seguido desde que saliste de casa
para ver, contigo, cómo pasaba el tiempo en el norte.
Cuando tus manos se reunieron detrás de tu cuello
imaginaste lo que sería cubrir tus oídos
y determinar la palpitación del silencio
interrumpido por un par de balas,
unos cuantos gritos,
y alguna respiración entrecortada.
Cuando tu rostro acarició la aridez del suelo
y solo alcanzaste a ver cómo se reagrupaban las sombras
y quisiste apoyarte sobre tus pies
no alcanzaste a juntar tus párpados.
Cuando tus ojos inertes se fijaron sobre la tierra
e intentaron ver las formas de tu sangre
no pudiste recordar el olor del cadáver del tiempo.
Cuando te plantaron en aquel agujero de arena
y tu cuerpo permaneció tibio por el contacto con los otros
no lograste saber hasta dónde llegarían tus raíces de carne
ni la altura de tus ramas de hueso perforado.
