Seguir a los gansos

La Ciruela Eléctrica  •  Tijuana, México

Octubre 16 del 2006

Me pregunto si Candy Sue viene de una república cordial.

Amanece el Tijuana Downtown bajo una producción compartida: veinte minutos en manos de Terrence Malick, quince a cargo de Jim Henson, diez para HR Giger. Parece que llovió. En la acera sur de la Calle Sexta, entre Constitución y Revolución, Silvia consume los últimos instantes de la espera en un bostezo concluyente. Acuña un gesto orgulloso y hurga al interior de su bolso, asediada por el montón de perniciosos que hacen fila tras ella. Roza con la punta de sus dedos la mica de su credencial IFE y patalea poquito, visiblemente excitada. “Uf, me cai.” Nueve horas de vigilia, tembleque y hambrienta al pie de La Ciruela Eléctrica, en las que Silvia se mantuvo atenta a conservar el sitio preferente. Cierto guarro se aproxima con las manos ocultas, inmolado por el amanecer, y sin alzar la vista se pierde en una boca del edificio, por la lóbrega escalera de un motel. Silvia sabe que en cualquier momento vibrará la puerta metálica de La Ciruela; su paciencia se ve recompensada a las siete, cuando, con el solazo matinal abrasando la puerta, ésta se mueve. También sabe que su posición despierta en los demás —doscientos infelices apiñados desde la tienda de discos hasta el techito de la agencia de viajes, no: hasta la nevería, más allá, barajados con quien aguarda el autobús y con los deportados que colonizan el centro con síntomas de Alzheimer— una envidia asquerosa, que la llena de determinación. “Aquí estoy, no mames”, se dice Silvia. Patalea otro poquito. En la fila, un equis de complexión robusta lee a John Franklin Bardin, y otro con uniforme escolar escruta el Álgebra de Baldor. Alguien llega para arremangar la puerta metálica de La Ciruela con estacas y garfios; el corrimiento desencadena un puto ruidajal que azuza la fila como reptil harapiento. Quienes han visitado antes el local se sorprenden, pues se interpone una barrera digna de Alcatraz, un portón oscuro prestado por algún bar para cortar el acceso a la tienda mientras se despachan los boletos. El portón exhibe una pizarra con noticias de otro sitio, para otra gente, a punta de gisazos: ¡¡Aquí Free Tarros!! Happy Time VIP NRDA Cover $40 Cerramos Martes Dios Mediante 1PM-4AM ¡¡Pase Ud!! Enseñe ID Hoy Gran Ambiente Americano. Se abre la portezuela que hará las veces de taquilla; asoma un lugareño frotándose las manos, orlado por una bufanda hedionda a ceniza, flameada de mocos. Estornuda, estornuda fuertísimo. El tipo clava la mirada en la fila… Cada ovillo en los zapatos de Silvia, por los que mana el ir y venir de cintas negras, se dilata y parpadea.

Me pregunto si Candy Sue nunca termina de morir y será por eso que luego de tantos años todavía huele a cedro y a brea.

De la fila surgen rechifles, ahuevos, woohs. No es necesario arrimarse a la puerta, ni cursar estudios de Fotoconstrucción, para entender que el cobrador es un tucán, que no ha dormido, que está ahí contra su voluntad y que, sin duda, quiere comerse a Silvia. La pesadez retrata su cuerpo en un hálito aceitunado y colérico que no se veía desde la cubierta del Electric Warrior. Silvia le sonríe, se compadece de él: chaparrito, busca algo voluminoso para ganar altura. Por fortuna, tiene a la mano un viejo catálogo de Ward y dos volúmenes de Jimmy Corrigan, the Smartest Kid on Earth. Silvia entiende que el tipo se vio forzado a atender la taquilla en horario absolutamente inusual, por los restos de machaca en el mosquín, el pésimo aliento, lagañas tenaces como uñas. El tipo concatena sucias ideas para dirigirse a Silvia, e imagina que, si se le permitiera, en una chancita iba a subordinarla sujetándola del coxis para revelar, con un violento pinchazo, el nimbo púrpura de sus pezones: notables, amplios, perfectamente acreditados por el empujón de una breve rondana. La fijación con que el cobrador la mira, contrae el busto de Silvia en un paneo de lo más noir… Las cintas negras en los zapatos de Silvia se animan, eximen la tensión que las ata y vierten el rumbo tras de sí, auscultando el origen del nudo, centímetro a centímetro, ovillo a ovillo, hasta quedar libres.

Me pregunto si debo confiar en Candy Sue, si su jeta de crótalo es genuina, si es desértica hasta el último twang.

El par se saluda con quétales, dígames, sís. En el corazón de Silvia, A Tribe Called Quest es la oruga que se escabulle cuando los comensales aceleran el tono. El cobrador informa a Silvia el precio del boleto, con un gesto de hospitalidad que nos remite a Rorschach. Ella desliza uno de quinientos: por la reacción meridiana del sujeto, recula, y sustituye la denominación por uno de cien, cuatro de veinte y su IFE. Mientras el cobrador clasifica los billetes en una escudilla abatible, Silvia se yergue de puntas para ver nacer por la rendija de la impresora el soñado boleto. Y sí: aparece un pliego de cartón luminoso que faculta a Silvia Edith Jáuregui Nandino para ver el próximo día veintiocho a A Tribe Called Quest en el sótano del Tío Buba. Los empujones que antes eran ocasionales, se apandillan como alegrettos de Vivaldi. Quienes antes dormían en la fila, murmuran. Aquellos que murmuraban, canjean cigarros de boca en boca; quienes fumaban, cilindrean. Se fincan culpas. Se discute si Q-Tip hizo bien al convertirse al Islam. Si Roots Manuva, OutKast y Cannibal Ox han envilecido, reivindicado o cagado la inmaculada vena de The Low End Theory. Si el hecho de que A Tribe venga a Tijuana es plantar cara al futuro o es aferrarse a la restauración con el más puro rascalismo. Se consiguen productos Tía Rosa y Danoninos. Se arrebatan burritos: ante severos mordiscos, las tortillas se desfondan. De un taxi bajan dos mujeres que ascienden por la escalera del motel, ferozmente atrofiadas. Alguien se tira un pedo muy cerca de Silvia y aquello huele a dum-dum… Los zapatos de Silvia se vacían cuando ella se aleja de la taquilla, en sincronía perfecta. Silvia pisa un charco; el agua helada abraza la forma de sus dedos. Sonríe y mira el boleto que palpita en sus manos como macho ibérico. “Los Tribe, no mames”, se dice, inflamada. Aborda un taxi.

Me pregunto si lo que brilla al interior de Candy Sue es el Georgia Railroad asediado por una tormenta de langostas.

La marimba de ‘Shore leave’, el cerdo de Figo, el cuarto de Tula, los vales de In-store credit. Toca turno a un tipo a quien podríamos llamar Fred, aunque no lo haremos. Quien No Se Llama Fred extiende la mano hacia la taquilla, con una composición monetaria equivalente a la de Silvia. El cobrador se percata del árbol de venas que rodea el brazo de no-Fred, engarzado a la palpitación del cuerpo. Silvia fue civilizada, fue valiente y fue puntual: virtudes similares tiene Fred look-alike, tecatense, viejón, ajustador de Quálitas, quien se formó detrás de Silvia a las 9:26 PM sin emitir palabra y dormitó en un sleeping que al amanecer redujo a un bulto mínimo. Por la acera viene una voluntaria de Cruz Roja que obsequia a los aficionados de A Tribe Called Quest un flyer con el protocolo de emergencia para la inoculación del suero. Desde el año anterior, Casi Fred se enteró de que los Tribe lanzarían una gira de reunión, y apenas leyó las crónicas de las primeras presentaciones se volcó a revisar cada nota publicada en Internet, retomó la suscripción a VIBE, visitando el blog de Q-Tip hasta cinco veces diarias. Sabía que los boletos volarían, en San Diego o en cualquier locación a 100 millas a la redonda, sobre todo si la banda elegía centros comunitarios, bares o salas de lectura. Una mañana leyó en la CMJ New Music Monthly que Q-Tip canceló las fechas en California por cierta disposición gubernamental que derivó en el cierre de mezquitas, por lo que, para no afectar a los fans —Fredless no daba crédito a sus ojos— consiguieron un foro en Tijuana. Tras la revelación, Everything But Fred deambuló Tijuana con la viveza del grafito. Sus ojos se negaban a aplicar las escrupulosas rutinas de su empleo, alternándolas con mapas, chispas, polígonos medievales, bisutería Kahuna, dispensadores PEZ. Ni en sueños contempló ver a los Tribe en su ciudad natal, y ahora, boleto en mano, Podría Ser Fred —no puedo asegurarlo, ni descartarlo— se relaja y despide un eructo que hiede a lo que hieden quienes colectan setas en la España Ocupada… No solo sus Skechers de gamuza: centenares de zapatillas, tenis, chanclas, zuecos, alpargatas y botas de quienes integran la fila, se activan de forma simultánea. El agua sigue fría. Cada cual da el paso, descalzo, y pisa el agua con los calcetines, el entramado de las medias, los dedos que han quedado al intemperie. Medio millar de prendas de calzado se emancipan y toman la Calle Sexta. Tras una inquietante convención en la que se baten gomas y tamborilean suelas y tacones, el tumulto se quiebra en radios equidistantes. El calzado abate las cintas, sacude las correas como flagelos, aventurándose de una avenida a otra, por las aceras, hacia los autos y al interior de los bolsos, virando en las esquinas, en todas direcciones.

Me pregunto si una vez que Candy Sue termine con las turtles seguirá con las tortoise, así como la disponibilidad, rareza y abundancia que hallará en unas y otras. También me pregunto por qué es ingrata e impopular.

Se renta We mean it, man!

local espacioso It’s just a joke, man!

con luz trifásica You’re twistin’ my melon, man!

Prosigue la venta de boletos. Igualmente la escandalosa —e inofensiva— procesión de zapatos hacia cualquier parte. Pero, ‘cualquier parte’ es inexacto, pues las rutas infinitas que recorre el calzado —trátese de un Bogger de niña que al mediodía superará la rampa de Lomas Taurinas, como de un Kempa acorazado de azul que se aboca a conquistar la Juárez— son evidencias de un proyecto. Entre siete u ocho centenas —siquiera las plataformas de corcho, sin punta ni talón, que abandonaron los pies de una Misionera de Santa Ana que compraba expectorantes en Farmacia De Lux; ni los cacarizos Safe-Step de un banquero— ninguno luce confundido, ni extraviado. Se abren paso con ciega parsimonia, con áspera delicia hacia una meta que solo ellos inteligen. De habérsele filmado, aquello se interpretaría como testimonio de cuando los imbéciles heredarán la Tierra. El tipo que vende los boletos en La Ciruela Eléctrica espabila a sus clientes, y apresura la tarea con un impulso irrenunciable. No para huir: está ansioso por subir a la azotea y disfrutar cada detalle del fenómeno. Se concentra, despacha y administra celosamente su tiempo y sus palabras, con la premura que años después tendrán sus tuits… En el estacionamiento de la Prepa Federal, un minúsculo OshKosh explora entre los asombrados bachilleres y surca el patio escolar con gotitas de leche en la lengüeta.

Me pregunto si el abogado de Candy Sue se entera de que golpean al hombre equivocado. Y me pregunto, por último, si el callejón que enchufa la luz mercurial al departamento de Candy Sue se tuerce de congestión, de pena o de risa.

El día transcurre en el Tijuana Downtown como una oruga, con tracción pesada y temperamental. Uno de los últimos individuos en la fila tiene pupilas bailadoras: da la triste impresión de haber sido anestesiado con ampolletas de funk, bugalú y ragtime. Al cobrador le vale madre: le exige pagar, pero éste baraja los billetes como si cada uno perteneciera a una divisa lejana o extinta, y tiene el descaro de compartir anécdotas que nadie solicita. Dice haber leído en Black Book que la columnista Jaqueline Bacich da la receta para el mejor blowjob. “Y cuál es”, pregunta el cobrador, harto, aunque curioso. “Un voluntario excitado y un puño de tronirrocas de sandía.” Dicho esto, ya con boleto, sube al pick-up que tenía estacionado frente a La Michoacana (al volante, luce más gay que un árbol navideño) y de las bocinas emerge, en fantástico exabrupto, el bajo malévolo de ‘Jean Genie’, música franca y vertical, sin florituras ni chorradas. Agotada la fila, el cobrador se dispone a guardar todo, haciendo veloces cálculos. Sí, seguro. Se vendieron todos, seguro. Pero no está de humor para verificarlo. Lanza el portón de madera al interior del establecimiento y con ayuda de los garfios echa abajo la puerta metálica… Catorce horas después, una babucha con arabescos triangulares se abre paso por lo que aparenta ser una caravana en el desierto árabe y no es más que la alfombra de tráfico pesado en una dúplex de la 5ª Sección de Santa Fe. Deliberada, roedora, la babucha cruza la recámara, hurga entre las prendas colgadas y termina dando empecinados tumbos al fondo del closet, buscando el camino a la Meca.

Filed under Literatura · Tagged with