Hace algunos años,
mi interés por los acuarios me llevó a decorar
mi salón de belleza con peces de distintos colores.
Mario Bellatin
[1]
Hacia el sur de mi cuerpo hay dos finales, un final izquierdo y un fin derecho. A veces tengo la sensación de que, así como yo los observo con esperanza, ellos me miran a mí con una temible extrañeza. Si bien es cierto, yo soy un hombre libre, pero también soy un hombre que se debe a sus modales y al decálogo del desarrollo que dictaban los maestros en la escuela. No puedo ni debo tentar a mis pies. No puedo ni debo lamer mis pies. No puedo ni debo morderlos.
[2]
La pregunta es: ¿Cuánto tiempo he de caminar con la cabeza gacha en este mundo que se multiplica —y sus normas y sus discursos-como-las-bocas-de-mis-padres se multiplican con él— sin pedirme una opinión siquiera? Ayer salí de mi apartamento para recoger la correspondencia y, mientras subía las escaleras, ya de regreso, abriendo la carta del seguro social que nunca dice nada que me apetezca, vi las botas de mi vecino [el soldado que aparece una vez cada tantos meses], recias, enlodadas, olían a días y noches de combate en algún punto inhóspito. Enseguida las quise tocar, ensuciarme con su mugre, su fango de lolita tailandesa, olerlas tan profundamente que provocaran un campo de limones. Pero ahí estaba Glenda, la anciana que siempre me vigila. Si hubiese sucedido por la noche, estoy seguro, yo hubiera robado esas botas. Ahora las tendría en mis labios, como si fuesen dulce de leche o chocolate negro.
[3]
Quisiera escribir que soy el auténtico relator de la conquista de unos pies pequeños, pero tengo miedo de que alguien allane mi casa y descubra las páginas que sin querer me delaten. Aquí, en este vecindario, hubo alguna vez un maldito —así le llamaban— y yo vi cómo lo arrastraron desde su casa hasta una ambulancia del Ministerio de la Psiquiatría. Decían que su obsesión eran las mujeres obesas, y que por eso alimentaba a sus hijas con patatas, manteca y helados de diversos sabores. Las niñas adoraban los helados. El hombre las adoraba gordas. Las amaba así. Yo no quisiera que me arrastraran desde este quinto piso ni gritar que me suelten, que me suelten, que yo no hice nada malo.
[4]
Estas zapatillas de lona que dejó mi hermana ocupan el centro de mi mesa, no tengo jarrones ni floreros. Antes puse un plato con frutas: manzanas y duraznos, esencialmente, pero ahora no. Cuando mi hermana murió de aquella enfermedad a los pulmones, su esposo me preguntó si quería quedarme con los álbumes de fotos, que él no podía mirarlos más, o con los ceniceros de arcilla que ella pintaba a mano. Le pedí que lo poco valioso lo vendiese, y que regalara aquello que alguien más pudiera necesitar, tal vez a un orfanato, pero que yo me haría cargo de las zapatillas de Elsie. Tenía cinco pares, todos muy coloridos. El que más me gusta está sobre la mesa. Le llamo el par glassé; los otros adornan los rincones de mi habitación y el alféizar de mi ventana.
[5]
Aun en Glenda encontraría un lugar de comunión y un espacio de delicadeza, si tuviera pies. El accidente que le hizo cubrirse las piernas con una manta y aguaitar desde la luz tenue no me deja quererla, pero lo haría si ella pudiese atorar su pie en una alcantarilla o tropezarse al bajar del metro Plaza Rokossovsky.
[6]
Cuando estoy en mi habitación, a veces cierro los ojos e imagino que un grupo de hombres y mujeres me patea con zapatos de diferentes colores y modelos; los hay de plataforma, suecos, de cinto, botas vaqueras, de lengua, mocasines estilizados, sandalias, crocs, zapatillas ballerinas, zapatos para tango, me patean y me pisan los dedos, o me aprietan el cuello con un tacón. Quiero que ese taco me asfixie, quiero que mi piel cambie de tonalidad. Luego, alguien que no conozco, un evangelista o un vendedor de puerta en puerta, a veces son enciclopedias de historia, a veces perritos de cristal, toca el timbre, me interrumpen, y tengo que abrir los ojos justo antes de que aquel niño en mi sueño me patee la boca.
*Fragmento de libro inédito.
DATOS DEL AUTOR:
Salvador Luis (Perú, 1978).- Estudió dirección de cine y literatura (University of Miami). Desde 2001 es director de la revista Los Noveles (www.losnoveles.net). Ha publicado el libro de relatos Miscelánea o el libro geminiano (Los Underdogs, 2006) y el catálogo de rock: Rock duro y metal pesado (Los Underdogs, 2006). Como editor ha preparado antologías como: Peruanos iletrados: narrativa peruana (2004), Banda aparte: cuentos cinematográficos (2005), el ciclo de literatura femenina Ellas (2003-2005), FantástiKA: nueva antología de literatura fantástica (2006, en colaboración con Cecilia Eudave), Estación Central: narradores de Centro América y el Caribe (2006), junto a la novelista salvadoreña Jacinta Escudos, y El Arca: Bestiario & Ficciones (2007). Ha sido incluido en los libros Seres de la noche (Plenilunio, México, 2006) y Tripulantes: nuevas aventuras de Vinalia Trippers (Editorial Eclipsados, España, 2007). Escribe también una columna mensual para la revista de crítica cinematográfica Miradas de cine (Madrid).
*Fragmento de libro inédito.