Jenny bombo

Ofelia revisó que la puerta estuviera debidamente cerrada y tú
apagaste las luces del comedor, en esa rutina que después de llegar
del trabajo y cenar juntos cualquier cosa, se empeñaban en practicar
todas las noches, como si cada vez que echaban mano al apagador y la cerradura
confirmaran que ahí no podría sucederles nada. Querían
tener esa certeza.
Después subieron a la recámara. Iban con los rostros abandonados,
los hombros caídos, cargando los retazos de una charla iniciada al
calor de la mesa, subían contando escalón por escalón
como quien piensa en los eslabones de una pesada cadena oxidada por el tiempo.
No tenían mucho que platicarse, pero tú insistías en
tejerle palabras; temías que de pronto quedaran en silencio, viéndose
las caras y eso te aterraba.
Cuando llegaron a la recámara ella encendió la luz. Tú,
que venías detrás, sin más, dejaste la plática
en alguna parte, entraste jalando del cierre del pantalón y te metiste
al baño. Levantaste la tapa del sanitario y, sin reparar en ello, dejaste
la puerta abierta. Apenas comenzaste y tuviste la sensación de que
Ofelia te observaba. Podías sentirla mirándote desde la cama,
contemplando tu espalda, tu cabeza agachada y serena, adivinando la forma
en que te sostenías el miembro al orinar.
Terminaste y jalaste la palanca. Te diste la vuelta y la viste de pie, ocupada
en su sostén, quitándoselo bajo la blusa. Parecía no
haberte observado. Tal vez eran tus nervios. Te sacaste los zapatos y te recostaste
con lo mismo que traías puesto. Ella, en cambio, se dejó la
blusa, se quitó el pantalón y en bragas se tendió contigo.

Desde el remoto encendiste el televisor. Ofelia te echó una mirada;
por lo menos así lo creíste, pues nunca quitaste los ojos de
la pantalla. Le diste la vuelta a todos los canales, una y otra vez, sin decidirte
por ninguno; tal vez pensaste que así, con el nervioso baile de tus
dedos, detendrías el relámpago que se anunciaba.
— ¿Vas a ver tele? —te preguntó Ofelia con su cara
seria, quizá anticipando tu respuesta.
— Sí —respondiste sin verla.
— Tengo ganas —dijo y te acarició por arriba del pantalón,
esperando se asomara tu voluntad amorosa.
— Estoy muy cansado —lo dijiste con indiferencia fingida—.
Sólo quiero ver las noticias un rato y dormir.
— Tú estás raro —te reprochó con una voz
que se volvió triste, antes de darse la vuelta para acurrucarse dándote
la espalda, tapándose con el cobertor, para dejarte sólo en
tu vigilia con el televisor.
Te sentiste más tranquilo cuando Ofelia se quedó quieta, envuelta
en la noche. Su respiración dormida te liberó momentáneamente
de ese miedo que desde ayer venía ganando terreno en ti. Entonces terminó
el noticiero y Jenny Bombo apareció en pantalla. El sueño, que
ya había comenzado a roerte el ánimo, huyó como un animal
asustadizo.
A ti te gusta Jenny Bombo y ahora venías a encontrarte con ella en
esa caja de luces. El programa enviaba a un grupo de reporteros a pasar un
día con cada unas de las tres integrantes de la banda. Hablarían
con ellas, con sus familiares, con amigos, las acompañaría a
sus casas, a comer, adonde quiere que fueren, para conocerlas desde adentro,
y al final reunirlas en un ensayo.
Te agradaba la idea de ver a Jenny Bombo de otra forma que no fueran los videos,
las fotos de sus conciertos o en las notas de los periódicos. Cuando
uno de los reporteros llegó a la casa de Jenny, ella abrió la
puerta y sonrió a la cámara. Aunque era la baterista de la banda,
su figura era delicada, sus brazos se apreciaban livianos, más parecidos
a los de una guitarrista. Le preguntaron a Jenny qué hacía además
de tocar con las Ultrasónicas y respondió que daba clases de
inglés. Mientras la veías hablar te quedaste atrapado en sus
ojos, esas dos ventanas negras o grises por las que se asomaba una belleza
difícil de describir, tal vez intrigante.
Es ese momento Ofelia se movió y cambiaste de canal. Sentiste miedo
de que te atrapara en la cama con Jenny Bombo. Estabas seguro de que ella,
no sabes cómo, podía leerte la conciencia. Por eso ayer durante
la cena lo supo.
— ¿Qué pasó? —te preguntó haciendo
a un lado su plato abruptamente.
— Nada —le respondiste.
— Tú traes algo.
— Ya te dije que nada.
Esa tarde habías estado con Mariel. Se encontraron casualmente y se
sentaron a charlar de los viejos tiempos en la universidad. Tuvieron que pasar
años para que volvieras a encontrártela en esa plaza que cruzas
todos los días a la hora de la comida. Ahora estabas casado y tenías
un trabajo, le dijiste. Ella se alegró por ti y dijo que estaba desempleada.
Tenían que ponerse al día.
No regresaste a la oficina. Fuiste a casa de Mariel, que ahora vivía
en el centro, y una vez que cerró la puerta comenzaron a besarse y
ella te jaló hasta sus sábanas y se envolvieron en ellas.
— Me haces el amor y ya, muy tranquilo, te vas a cenar con tu mujer.
¿No te da vergüenza? —te dijo Mariel cuando acabaron y reconociste
esa acidez que antes te venía bien.
Platicaron un poco más en la cama, desnudos, todavía empapados
en sudor, en esa recamara con las ventanas abiertas y el rumor de la calle
que se colaba a través de las cortinas. Llegó la hora de irte
y Mariel te acompañó a la puerta.
— Ya sabes dónde vivo —dijo y con una señal te indicó
que esperaras. Desde la puerta la viste ir hasta su recámara, con unas
pantuflas y sin nada más. Le veías las nalgas y luego subiste
la vista hasta perderte en su dorso desnudo. Volvió con un papelito—.
Aquí tienes mi número. Llámame, si quieres.
Esa noche, cuando llegaste a cenar, fue cuando Ofelia preguntó si pasaba
algo. Y ahora ahí está, esperando que la tomes. Sólo
tuviste que volverte hacía su lado y despertarla para recordarle que
la amabas.
Preferiste apagar el televisor y dormir.


José de la Paz

(Monterrey, Nuevo León, 1978)

Narrador y ensayista. Estudió Letras Españolas en la UANL.
Se desempeñó como reportero del periódico El Porvenir.
En 2003 fue becario del Centro de Escritores de Nuevo León. Ha obtenido
el primer lugar del Certamen Literario de Cuento ‘Sobre Rieles’
(2006) y el primer lugar del Concurso de Cuento Joven de San Nicolás
(2007). Textos suyos han aparecido en revistas como Tropo a la uña
y Oficio, y en la antología La difícil brevedad (CONARTE/Casa
de la Cultura de Nuevo León/CRIPIL Noreste, 2006).