Primer acto

Laura llegó por
la tarde, a eso de las cinco. Dejó las maletas a un lado del comedor
y fue a servirse agua en su tarro de oso mielero. Yo estaba tratando de encontrar
un disco de la Piaf, perdido quizá bajo el mueble del estéreo,
cuando escuché el tintineo de sus llaves y preví su impecable
ritual de abrir la puerta, asomarse y cerrar de nuevo sin haber entrado, para
enseguida volver a abrir, entrar, cerrar tras de sí la puerta y recargarse
en ella como poniéndose a salvo de algo o alguien que la estuviese
persiguiendo. Para cuando Laura hubo entrado, yo estaba hincado en el piso,
metiendo la mano por debajo del sillón pegado a las bocinas, intentando
arañar un disco que se me volvía pelusa del Fausto y también
una bolsa de cacahuates japoneses extraviada allí desde quién
sabe cuándo.
—¿Ya llegaste o eres la gemela malvada de mi mujer?, —le
pregunté mientras pujaba porque no podía incorporarme.
—No me digas que el gato cagó de nuevo en la sala —dijo
Laura con un tono de fastidio, que me decía que no le había
ido muy bien en su viaje.
—Mejor no pregunto cómo te fue.
—Mejor no te digo que de la chingada —y terminó de un trago
el agua de su tarro favorito.
Todavía jadeando me senté en el sillón, pensando que
ahora tenía dos problemas, encontrar el disco y confortar a mi mujer.
Laura desabotonó su saco, se lo quitó y lo puso sobre la mesa;
a continuación se sacó la blusa por arriba de su cabeza, la
colocó encima del saco, jaló una silla y se sentó.
—¿Cómo va la obra?, —me preguntó sin interés.
—Traigo perdido el disco de Edith Piaf, no puedo marcarla sin una de
sus canciones.
—Ya hubieras comprado otro en Sanborns, desde que me fui lo estás
buscando —se quitó las zapatillas.
—El problema es que no recuerdo el titulo de la canción, y no
pienso comprar los tres discos que hay en la tienda sólo para saber
en cuál viene.
—Es muy sencillo, escoges uno recopilatorio y listo, dejas de andarte
arrastrando por la sala. No seas malito, tráeme las pantuflas de la
recámara.
Me levanté para ir por ellas.
—Sólo hallé una —le grité desde la recamara—,
creo que el Fausto andaba jugando con ellas. No la encontré, ponte
las mías —regresé, le pasé las pantuflas y me senté
a su lado, en el piso, para masajearle los pies.
Laura cerró los ojos al momento que presioné mis pulgares sobre
la planta de su pie izquierdo.
—Se supone que tenemos un gato porque son más tranquilos que
los perros —dijo sin abrir los ojos—. A propósito, ¿dónde
anda la bola de pelos?
—No te había visto este sostén —le dije.
—Al que llevaba de repuesto se le salió una varilla, el otro
estaba sucio y tuve que comprar uno nuevo.
Subí una de mis manos para acariciarle la entrepierna.
—No me gusta el color rojo.
—Del mismo color es el calzón que traigo puesto, así que
saca tu mano de allí —seguía sin abrir los ojos.
—Quizás el Fausto cogió tu disco —continuó
Laura cuando saqué mi mano que ya se iba a explorar la tersura del
calzón.
Recargué mi cabeza en su rodilla y también cerré los
ojos, tratando de imaginar dónde podría haber dejado ese compacto.
—Quizá me despidan el lunes —comenzó a hacer chinitos
con mi cabello.
—¿Te pidió que volvieras con él?
—No; me dijo que sólo quería coger, que trabaja mejor
si no involucra sentimientos.
¿Trabaja mejor en la cama o en el negocio?, —pregunté
con burla.
—Pero ya lo pensé mientras venía en el avión…
—¿Qué? —la interrumpí.
—Si no me despide el lunes, yo voy a renunciar.
—¿Crees que dejándolo de ver va a dejar de molestarte?
—No lo sé; pero si sé que dejándolo de ver voy
a dejar de molestarme.
—Te dije que renunciaras cuando te viniste conmigo —subí
de nuevo mi mano por su pierna.
Laura ya no me pidió que retirara la mano. Abrí los ojos y la
miré. Se le notaba cansada o harta, pudiera ser los dos.
—¿Ya buscaste en la camioneta?
—No; pero estoy seguro que bajé todos los discos la semana pasada,
cuando la llevamos al lavado.
Mi índice ya andaba dentro de su calzón, jugueteando entre sus
chinos. Su rostro seguía igual, cansado o harto.
—Tengo hambre.
—¿No comiste nada en el vuelo?
—Me tomé una copa nada más.
—¿Y ayer en la noche, saliste o te quedaste en el hotel?
—Bajamos al bar y tomé un poco de vino.
—¿Bajaron?
—Podríamos salir a cenar algo, hoy es viernes —propuso
Laura.
—¿Te quito el calzón?
—Me quedé dormida en la mañana y apenas alcancé
el avión, no pude bañarme.
Dejé su calzón rojo justo arriba de sus rodillas y volví
a juguetear con mi índice entre sus chinos.
—Podemos ir a un restaurant-bar —sugerí.
—Sólo quiero cenar; no tengo ganas de beber. La verdad es que
no me cayó muy bien el vino de anoche.
—Entonces el vino de la mañana sólo fue para la sed —le
dije mientras mi dedo se iba un poco más allá de su vello.
—Con lo que me den de liquidación podemos irnos de vacaciones
a la playa.
—Tengo que montar la obra, ¿recuerdas?
—Por cierto, no me has dicho qué obra es, ni de qué trata.
—Casi diría que es un monólogo, un hombre que se encuentra
a un perro mientras espera que su mujer regrese del trabajo. De hecho la mujer
interviene hasta el final, y brevemente. La canción de Edith marca
los gemidos lastimosos del perro.
Laura abrió los ojos y se le quedó viendo a mi mano, que hurgaba
entre sus piernas.
—Necesito darme un baño —dijo enseguida.
—¿Bebieron mucho?
—En realidad no tanto; necesitaba distraerme. Sólo que estaba
muy estresada y encima todavía insiste en hacerme compañía.
—Sí que es terco. ¿A qué hora te acostaste?
—Entonces, ¿salimos a cenar?
Metí mi cara entre sus piernas y comencé a rozar la punta de
mi nariz sobre sus labios. Laura arqueó la espalda y cerró de
nuevo los ojos.
—¿Qué piensas hacer ahora que no trabajes?
—No lo sé; no lo he pensado todavía; es posible que me
quede un tiempo en casa.
Mi lengua sustituyó a mi nariz; Laura me cogió del pelo con
las dos manos y dio un fuerte tirón.
—¿Aún colecciona ropa interior?, —pregunté
sin retirar mi cara.
Cerró las piernas aprisionando mi cabeza y la apretó.
—Sólo los calzones —respondió y se levantó
de la silla, dejándome con mi cara sobre el asiento—; voy a pegarme
un baño, en lo que decides si salimos a cenar.
Me levanté y me dispuse a mover de su sitio los sillones. En algún
lugar tenía que aparecer el disco.
—El gato está dormido sobre la tapa de la taza —me gritó
Laura, y su voz se perdió entre el ruido del agua que golpeaba los
azulejos.

Alfonso López Corral (Navojoa,
Sonora 1979). Psicólogo y bibliotecario
por las mañanas y maestro por las tardes. En 2001 publicó la
plaquette de
poesía La balada de los comunes (Editorial La Cábula). En 2005
ganó el IV
premio nacional de poesía Alonso Vidal y le editaron el libro Aire
de Caín
(Instituto Municipal de Cultura y Arte de Hermosillo). Prepara su
primer libro de cuentos.