Hace cien años la fotografía estaba a punto
de tomar por asalto al mundo del arte. La entonces nueva herramienta dio
inicio a una búsqueda de tonos, formas, objetos, espacios. El fotógrafo
adquirió un poder sobre las cosas: el poder de convertirlas en imagen.
A este fenómeno le siguieron discusiones y críticas: ¿Era
la fotografía la reproducción mecánica de una imagen
o esta misma reproducción era un arte? ¿Existía una
rivalidad frente a la pintura o una alianza? ¿Se trataba de un medio
que transformaba al mundo en arte o en una serie de documentos antropológicos?
¿Era la fotografía un estímulo para el consumo o la
prueba irrefutable de un crimen? ¿Era un espejo de “la verdad”
y “la realidad”? ¿Era la mejor amiga de la memoria o
el instrumento sin el cual nos es imposible recordar?
No habíamos concluido ninguna de estas discusiones cuando nos cayó
de golpe el fin de la historia y entonces hubo que pensar la fotografía
después de la historia. Casi al mismo tiempo, a la modernidad le
llegó la menopausia y fue necesario pensar a la fotografía
en el contexto de la posmodernidad. Ni siquiera nos habíamos acostumbrado
a incluir esa palabra en el discurso fotográfico cuando la tecnología
volvió a darle vuelta a la tortilla y nos llegó sin preámbulo
la era digital, que no sólo dejó sin respuesta las preguntas
anteriores sino que, en algunos casos, las anuló.
Hoy no se puede pensar en el arte sin la imagen fotográfica. Y sin
embargo la discusión continúa.
Uno de los mayores mitos de la imagen durante el siglo veinte ha sido sin
duda el lugar común que refiere a la fotografía como un reflejo
de la realidad. Este mito se rompió en el momento en que la realidad
perdió su condición de verdad indiscutible. Si la fotografía
pretendía ser un espejo que mostraba la realidad, en el instante
en que esta cayó de su altar, al fotógrafo no le quedo otro
remedio que caminar sobre los vidrios de este rompimiento.
La fotografia abandonó la mímesis desde hace tiempo. Tímidamente
al principio; con el fotograma, el rayograma, el fotomontaje, el sistema
de zonas, y en general el avance en cuanto al desarrollo del negativo y
el positivo, sin embargo en el momento en que hizo su aparición la
fotografía digital, la mímesis no sólo fue desertada,
sino que fue negada y olvidada. Hoy no hay parámetros en la fotografía,
existe una amplitud y una libertad de creación que pueden resultar
desoladoras.
Desde esta trinchera la fotografía se presenta como ausencia, olvido.
Se ha convertido en una herramienta de la memoria. No como tiempo y espacio,
ni como representación de las cosas, sino como un espejismo manifestado
en una superficie (líquida o sólida). La imagen fotográfica
contiene a la soledad del objeto, y se transforma otro objeto, cuyo resultado
viene a ser la imagen inanimada, inaudible, desconsolada, tal y como lo
dice Baudrillard:
“El grado de intensidad de la imagen es similar al
grado de su denegación de lo real, su invención de otra escena.
Hacer una imagen a partir de un objeto es desnudar al objeto de todas sus
dimensiones una por una: peso, consuelo, olor, profundidad, tiempo, continuidad
y, por supuesto, significado. Esta ausencia de corporeidad es el precio
que hay que pagar por el poder de fascinación que adquiere la imagen,
el precio de convertirse en un medio de objetalidad pura, haciéndose
transparente hacia una forma más sutil de seducción”
.
Si algo pudiera representar o reflejar la fotografía sería
puramente la ausencia del objeto fotografiado. La pérdida de su materialidad
transformada en imagen pura. Hay diferentes maneras de verlo, pero este
fenómeno estaría enlazado directamente con la memoria, como
ocurre en la película Blade Runner, los replicantes tenían
una obsesión con la imagen, las fotografías sustentaban sus
recuerdos y hacían más humana su propia humanidad (a pesar
de que se trataba de máquinas). Sin embargo estos recuerdos eran
de un pasado imaginario, la fotografía era en sí misma la
representación tangible de los recuerdos y de la ausencia de esos
momentos. No olvidemos que los recuerdos eran meros implantes en la memoria
del replicante, y este, una maquina que se asemejaba tanto al ser humano
que incluso sentía nostalgia por el pasado, aunque ello se tratara
de algo que nunca ocurrió. En este caso era el registro fotográfico
manifestado como un detonante de la memoria y un arma en contra del olvido.
La ausencia a la que me refiero es el alejamiento entre el objeto y la imagen.
La fotografía como prueba fehaciente de algo que ya no está,
o en el caso de la fotografía manipulada digitalmente, de algo que
nunca estará.
Sin embargo, el horizonte de la fotografía es desmesurado.
Después de haber sido la protagonista del siglo pasado, ahora le
corresponde hacerle segunda a la industria del cine, a la Internet, a la
industria de la noticia, a la pantalla de la computadora y a la del teléfono
celular. La proliferación de la imagen se debe en gran medida a la
ubicuidad de la pantalla. La imagen fotográfica dio un gran salto
al pasar de la película al píxel y al número binario,
su tangibilidad se perdió en la virtualidad. Ahora todo lo que tenemos
frente a nosotros es incertidumbre.