Pontificia Universidad Católica de Valparaíso – Universidad
Complutense de Madrid
Resumen
Los escritos de Baudrillard tributan a una obsesión
que ya estaba en sus primeros libros: el signo y sus espejos, el signo y su
producción febril en la sociedad de consumo, la virtualidad del mundo
y La transparencia del mal. En La economía política del signo
estudiaba con un enfoque materialista la mercantilización del signo;
en sus libros posteriores (Las estrategias fatales, El crimen perfecto), volverá
sobre su argumento con una torsión crítica: de qué forma
la mercancía y la sociedad contemporánea están consumida
por el signo, por un artefacto que suplanta y devora poco a poco lo real,
hasta hacerlo subsidiario. Lo real existe por voluntad del signo, el referente
existe porque hay un signo que lo invoca. Vivimos en un universo extrañamente
parecido al original -las cosas aparecen replicadas por su propia escenificación
-señala Baudrillard.
Palabras Clave:
Seducción, simulacro, alteridad, hiperreal, ilusión,
simulacro, signo, espectáculo.
1.- El sistema del arte, la forma sentimental de
la mercancía y la desilusión imaginaria del mundo
Baudrillard, un escritor fascinado por los rituales de la
imagen en las sociedades posmodernas, consideraba que la mayor dificultad
al hablar de arte contemporáneo es la resistencia que este mismo ofrece
a ser visto[1]; esto es, a su voluntad de sustraerse al secuestro de la mirada,
a un circular sin dejar huella, de resistirse al rito contemplativo de la
pintura y a la tradición reificadora del consumo artístico[2],
a su acosamiento sistemático en su acepción mercantil del cuadro
como objeto de transacción y bien atesorable, su obstinación
por no ser subsumido bajo el régimen de la visualidad de masas, bajo
el melancólico designio de ser la forma sentimental de la mercancía.
La pintura se reniega, se parodia, se vomita a sí
misma en deyecciones plastificadas, vitrificadas, congeladas. Los artistas
visuales y conceptuales contemporáneos no consienten en que sea el
Sistema de las Artes –con sus Instituciones y funcionarios– quien
se ocupe de la administración e inmortalización del desecho.
En un mundo dirigido a la indiferencia, el arte no puede
más que contribuir a esta indiferencia: girar en torno al vacío
de la imagen, del objeto que ya dejó de serlo. Así, el cine
de autores como Wenders, Jarmusch, Antonioni, Godard, o Ruiz, explora por
medio de sus imágenes la insignificancia del mundo, contribuyendo con
ello a su desdramatización, a su provisional puesta entre paréntesis,
a su ralentización. Un cine de la incomunicación, sin tensión
dramática, contemplativo, que se sustrae a los dogmas de la teoría
del conflicto central[3] y al vértigo de los acontecimientos, un cine
que se corresponde la imagen del mundo como una gran cámara de vacío
y de descompresión.[4] Otros autores, como el británico Peter
Greenaway, con medios disímiles hacen algo similar al reemplazar el
vacío de la imagen bajo la forma de una maquinación barroca,
por medio de una agitación frenética y ecléctica contribuyen
de igual forma a la desilusión imaginaria del mundo.
Liberados de lo real, podemos pintar más real que
lo real: hiperreal. Precisamente todo comenzó con el hiperrealismo
y el pop Art, con el ensalzamiento de la vida cotidiana a la potencia irónica
del realismo fotográfico. Hoy, esta escalada incorpora indiferenciadamente
todas las formas de arte y todos los estilos, que entran en el campo trans-estético
de la simulación.
2.- Simulacros: El juego de las apariencias y la
incautación de lo real.
Para Baudrillard, la peor de las alienaciones no es ser despojado
por el otro, sino estar despojado del otro; es tener que producir al otro
en su ausencia y, por lo tanto, enviarlo a uno mismo. Si en la actualidad
estamos condenados a nuestra imagen, no es a causa de la alienación,
sino de su fin, es decir, de la virtual desaparición del otro, que
es una fatalidad mucho peor.
Ver y ser vistos: esa parece ser la consigna en el juego
translúcido de la frivolidad. El así llamado momento del espejo,
precisamente, es el resultado del desdoblamiento de la mirada, y de la simultánea
conciencia de ver y ser visto, ser sujeto de la mirada de otro[5], y tratar
de anticipar la mirada ajena en el espejo, ajustarse para el encuentro. La
mirada, la sensibilidad visual dirigida, se construye desde esta autoconciencia
corpórea, y de ella, a la vez, surge el arte, la imagen que intenta
traducir esta experiencia sensorial y apelar a la sensibilidad en su receptor.
No existe ya la posibilidad de una mirada, de una mirada
de aquello que suscita la mirada, porque, en todos los sentidos del término,
aquello otro ha dejado de mirarnos. El mundo ya no nos piensa, Tokio ya no
nos quiere[6]. Si ya no nos mira, nos deja completamente indiferentes. De
igual firma el arte se ha vuelto por completo indiferente a sí mismo
en cuanto pintura, en cuanto creación, en cuanto ilusión más
poderosa que lo real. No cree en su propia ilusión, y cae irremediablemente
en el absurdo de la simulación de sí mismo.
Baudrillard intuye la evolución de fin de milenio
como una anticipación desesperada y nostálgica de los efectos
de desrealización producidos por las tecnologías de comunicación.
Anticipa el despliegue progresivo de un mundo en el que toda posibilidad de
imaginar ha sido abolida. El feroz dominio integral del imaginario sofoca,
absorbe, anula la fuerza de imaginación singular.
Baudrillard localiza precisamente en el exceso expresivo
el núcleo esencial de la sobredosis de realidad. Ya no son la ilusión,
el sueño, la locura, la droga ni el artificio los depredadores naturales
de la realidad. Todos ellos han perdido gran parte de su energía, como
si hubieran sido golpeados por una enfermedad incurable y solapada”[7].
Lo que anula y absorbe la ficción no es la verdad, así como
tampoco lo que deroga el espectáculo no es la intimidad; aquello que
fagocita la realidad no es otra cosa que la simulación, la cual secreta
el mundo real como producto suyo.
Baudrillard exhausto de la esperanza del fin certifica que
el mundo ha incorporado su propia inconclusibilidad. La eternidad inextinguible
del código generativo, la insuperabilidad del dispositivo de la réplica
automática, la metáfora viral[8]. La extinción de la
lógica histórica ha dejado el sitio a la logística del
simulacro y ésta es, según parece, interminable.
3.- Seducción y pornografía; el mundo
sin coartada dramática.
El desafío de la diferencia, que constituye al sujeto
especularmente, siempre a partir de un otro que nos seduce o al que seducimos,
al que miramos y por el que somos vistos, hace que el solitario voyeurista
ocupe el lugar del antiguo seductor apasionado. Somos, en este sentido, ser
para otros y no sólo por la teatralidad propia de la vida social, sino
porque la mirada del otro nos constituye, en ella y por ella nos reconocemos.
La constitución de nuestra identidad tiene lugar desde la alteridad,
desde la mirada del otro que me objetiva, que me convierte en espectáculo.
Ante él estoy en escena, experimentando las tortuosas exigencias de
la teatralidad de la vida social. Lo característico de la frivolidad
es la ausencia de esencia, de peso, de centralidad en toda la realidad, y
por tanto, la reducción de todo lo real a mera apariencia.
La seducción es un desafío, una estrategia
que siempre tiende a desconcertar a alguien respecto a su identidad, al sentido
que puede adoptar para el. Las apariencias pertenecen a la esfera de la seducción,
mucho más allá de las apariencias físicas y el intercambio
entre los sexos. La seducción a la que Baudrillard se refiere es “al
dominio simbólico de las formas”[9] y no al dominio material
a través de la estratagema.
La hipertrofia de la comunicación que, paradojalmente,
acaba con toda mirada o, como dirá Baudrillard, con toda imagen[10]
y, por cierto, con todo reconocimiento. El mundo se disfraza detrás
de la profusión y la orgía de las imágenes; ésta
es otra forma de ilusión.
Nuestro mundo moderno es publicitario en esencia. Tanto así
que se podría decir que ha sido inventado nada más que para
hacer publicidad en otro mundo. No hace falta creer que la publicidad haya
venido después de la mercancía: hay, en el corazón de
la mercancía (y por extensión en el corazón de todo nuestro
universo de signos) un genio maligno publicitario, un embustero que ha integrado
la bufonería de la mercancía y su puesta en escena. Un escenógrafo
genial (quizás El Capital mismo) ha dirigido al mundo hacia una fantasmagoría
de la que todos somos por fin víctimas fascinadas[11].
La tarea del Occidente moderno ha sido la mercantilización
del mundo, entregarlo todo al destino de la mercancía, su puesta en
escena cosmopolita, su puesta en imágenes, su organización semiológica.[12]
Lo que hoy se presencia es más allá del materialismo mercantil
es una semiurgia de todas las cosas a través de la publicidad, los
media, las imágenes. Incluso lo banal se estetiza, se culturaliza,
se museifica. Todo se dice, se expone, se expresa, todo adquiere fuerza de
extroversión y deviene signo. El sistema funciona menos gracias a la
plusvalía de la mercancía que a la plusvalía estética
del signo[13].
Ha habido pues una orgía de lo real y de su crecimiento.
Se han recorrido todos los caminos de la producción y de la superproducción
de objetos, de signos, de mensajes, de ideologías y placeres. Hoy todo
está liberado y las cosas quieren manifestarse. Los objetos técnicos,
industriales, mediáticos, todos los artefactos quieren significar,
ser vistos, ser leídos, ser registrados, ser fotografiados de manera
obscena.
El espectáculo está relacionado con esta obscenidad.
Cuando se está en la obscenidad ya no hay escena, la distancia de la
mirada se borra. Como en la pornografía: está claro que allí
el cuerpo aparece totalmente realizado.[14] Puede que la definición
de la obscenidad sea el devenir real, absolutamente real, de algo que, hasta
entonces, estaba metaforizado o tenía una dimensión metafórica.
La sexualidad -al igual que la seducción- siempre tiene una dimensión
metafórica. En la obscenidad, los cuerpos, los órganos sexuales,
el acto sexual, son brutalmente no ya “puestos en escena”, sino
ofrecidos de forma inmediata a la vista, siendo absorbidos y reabsorbidos
al mismo tiempo.
Ahora, lo que vale para los cuerpos, vale para la mediatización
de un acontecimiento, para las colisiones de la información. Cuando
las cosas devienen demasiado reales, cuando aparecen inmediatamente dadas,
cuando nos hallamos en ese colapso que hace que tales cosas se aproximen cada
vez más, nos hallamos en la obscenidad. La maldición que pesa
sobre nosotros es la hipercercanía, donde todo resulta inmediatamente
realizado, tanto nosotros como las cosas. Y este mundo demasiado real es obsceno.
En un mundo así, ya no existe comunicación,
sino contaminación viral, todo se contagia de manera inmediata. Es
lo que expresa la palabra promiscuidad, todo esta ahí, de inmediato,
serializado, sin distancia, si encanto y, peor aún, sin auténtico
placer.
Ahí aparecen los dos extremos: la obscenidad y la
seducción, como muestra el arte, que es uno de los terrenos de la seducción.
A un lado está el arte capaz de inventar una escena diferente de la
real, una regla de juego diferente, y al otro el arte realista, que ha caído
en una especie de obscenidad al hacerse descriptivo, objetivo o mero reflejo
de la descomposición, de la fractalidad del mundo.
Baudrillard, como muestra este análisis, supo desafiar
las formas de lo inhumano en el mundo contemporáneo: la abstracción
del capital, la ironía de la moda, la ritualidad del terrorismo, la
obscenidad de la información, temas que más que suscribir un
programa filosófico convocan un imaginario y dan cuenta de un particular
estado de ánimo, el de la posmodernidad. De allí que la literatura
del futuro esté mucho más cerca de las obras de Baudrillard,
que de las novelas de ciencia ficción que actualmente infestan el mercado.
Los libros de Baudrillard también pueden ser leídos como indagaciones
detectivescas que en cierta forma pueden recordar las ironías de Alphaville
de Godard, como una literatura que narra y piensa, que abarca los fenómenos
despojados definitivamente de una coartada dramática.
__________
DATOS DEL AUTOR.-
Adolfo Vásquez Rocca.- Doctor en Filosofía
por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; Postgrado
Universidad Complutense de Madrid, Departamento de Filosofía IV, Pensamiento
contemporáneo y Estética. Profesor de Postgrado del Instituto
de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso;
Profesor de Antropología y de Estética en el Departamento de
Artes y Humanidades de la Universidad Andrés Bello, UNAB. Director
de Revista Observaciones Filosóficas http://www.observacionesfilosoficas.net/.
Secretario de Redacción de Philosophica, Revista del Instituto de Filosofía
de la PUCV, Editor Asociado de Psikeba, Revista de Psicoanálisis y
Estudios Culturales, Buenos Aires; Director del Consejo Consultivo Internacional
de Konvergencias, Revista de Filosofía y Culturas en Diálogo.
Profesor asociado al Grupo Theoria Proyecto europeo de Investigaciones de
Postgrado.
[1] BAUDRILLARD, Jean, Illusion, désillusion esthétique.
Sens & Tonga, París, 1997, p. 46
[2] VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, “La crisis de las
Vanguardias artísticas y el debate Modernidad-Postmodernidad”,
En Arte, Individuo y Sociedad. Revista Científica de la Facultad de
Bellas Artes, Universidad Complutense de Madrid – Año 2005 –
vol. 17. ISSN 1131-5598 pp.133 – 154 http://www.ucm.es/BUCM/revistas/bba/11315598/articulos/ARIS0505110135A.PDF
[3] VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, “Raúl Ruiz;
L’enfant terrible de la vanguardia parisina”, en Revista Almiar
Margen Cero (Madrid; España) / Nº 28 / junio-julio, 2006. http://www.margencero.com/articulos/articulos2/raul_ruiz.htm
[4] VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, “Baudrillard; Cultura,
simulacro y régimen de mortandad en el Sistema de los objetos”,
En Eikasia, Revista de Filosofía, ISSN 1885-5679 – Oviedo, España,
año II – número 9 – marzo 2007 http://www.revistadefilosofia.com/94.pdf
[5] BAUDRILLARD, Jean, El otro por sí mismo, Anagrama,
Barcelona, 1994
[6] LORIGA, Ray, Tokio ya no nos quiere, Plaza & Janes.
Colección Ave Fénix. Barcelona, 1999.
[7] BAUDRILLARD, Jean, Cultura y simulacro, Ed. Kairós,
Barcelona, 1993
[8] VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, “La Metáfora
Viral en William Burroughs; Postmodernidad, compulsión y Literatura
conspirativa”, En Qì Revista de pensamiento cultura y creación,
Año VII – Nº8, 2006, pp. 118 a 124, Universidad Carlos III
de Madrid.
[9] BAUDRILLARD, Jean, Contraseñas, Ed. Anagrama,
Barcelona, 2002, p. 32
[10] BAUDRILLARD, Jean, El otro por sí mismo, Ed.
Anagrama, Barcelona, 1997.
[11] BAUDRILLARD, Jean, “Duelo”, Fractal N°
7, octubre-diciembre, 1997, año 2, volumen II, pp. 91-110.
[12] BAUDRILLARD, Jean, La transparencia del mal, Ed. Anagrama,
Barcelona, 2001, p. 22
[13] Ibid.
[14] BAUDRILLARD, Jean, Contraseñas, Ed. Anagrama,
Barcelona, 2002, p. 35