Por Aurora García
Es el cuarto día de actividades de la onceava semana
de arquitectura. El arquitecto y músico Michael Rojkind (1969) es recibido
en el Salón de Exhibiciones del Centro de las Artes a una hora de iniciar
su conferencia. Como requisito pide tan sólo dos cosas: manipular él
mismo la presentación en su Macintosh y poder dar su conferencia de
pie. Sencillo y sin muchos rodeos me concede una entrevista en la que él
mismo decide sostener la grabadora:
Arquitecto por la Universidad Iberoamericana y de alguna
manera ligado al ámbito académico intermitentemente. ¿Qué
tan importante consideras la etapa formativa y a qué se debe tu participación
en ella ahora como titular de algunos talleres?
Bueno, considero que es una parte importante, mas no la esencial.
Como le pasa a mucha gente, cuando eres alumno crees que toda tu formación
va a depender de la parte académica y estás equivocado. Yo creo
que lo que te forma son todas las cuestiones que haces alternas a tu educación:
tus inquietudes personales, tu investigación personal, hacia dónde
quieres encaminarte… Entonces ahora que estoy de vuelta en la parte
de la docencia, lo que me gusta es incitar a los chavos a que no se conformen,
que no vienes a la escuela y yo te voy a hacer que te conviertas en arquitecto;
si tú no traes la esencia o lo que te mueve para convertirte en un
buen termómetro de la ciudad, o de tu país, de tu sociedad,
pues entonces por más que te eduque el cuate más genio del planeta
no vas a ser un buen arquitecto, ¿no? Como que depende de cada quien
la inquietud que tenga.”
Mientras Michael Rojkind estudiaba arquitectura era integrante
de Aleks Syntek y la Gente Normal, una banda mexicana de pop, donde tocaba
la batería. En su charla nos contó lo difícil que le
resultaba ser visto con seriedad, primero por sus maestros y más adelante
por sus primeros clientes.
Se sabe que comenzaste proyectando para tus amigos sin cobrarles,
ya que la música resolvía tu aspecto económico. ¿En
qué momento decides involucrarte completa y formalmente al ejercicio
arquitectónico?
En el momento en que llega un cliente a buscarme para que
le haga su casa, yo ya había trabajado, convenciendo a mis amigos:
‘Oye, mira yo te hago tu baño, te hago tu recámara’.
Me acuerdo que regresando de una gira un cuate me dijo: ‘Oye, ¿dónde
está tu oficina?, llevo buscándote no sé cuánto
tiempo’. Y le digo: ‘No tengo ni oficina’. ‘¡Pero
cómo!, ¿dónde estás haciendo arquitectura?’.
‘Pues en mi casa’.
Era yo con mi computadora nada más, entonces. Pero sabía que
en algún momento iba a tener que dejar una (de mis carreras).
En el momento en el que llega este cliente a buscarme (además mi relación
con Aleks ya estaba un poco más deteriorada, porque musicalmente yo
ya no estaba yendo en la dirección que quería), tomo la decisión
de dejar la carrera de la música; dije: ‘Ya diez años,
es buen momento’, y decido dedicarme cien por ciento a la arquitectura.
Entonces para ti la arquitectura sí es música congelada…
(Sonríe) Es muy curioso porque te dice la gente: ‘Claro,
como ex músico-arquitecto seguramente el ritmo lo aplicas…’.
No es tan literal; a fin de cuentas te hace como muy sensible a muchas cosas.
Yo creo que la parte que más me benefició como músico,
a mi arquitectura, era no conformarme con algo: ‘Ay, hago lo que me
gusta y estoy bien’. La música para mí era un poco más
agresiva, por lo menos la batería, es un ejercicio mucho más
fuerte en muchos sentidos. Entonces cuando me sentaba a tocar y veía
mi arquitectura y decía: ‘No, no, no, esto está muy intranquilo,
o muy conservador para mí, para mis estándares; me estoy yendo
como por la parte cómoda o conformista y no quiero’. Entonces
empecé a arriesgarme más, a provocarme yo mismo para poder hacer
mejor arquitectura o arriesgarme más dentro de mis pocos parámetros.
No era, te digo, algo como que: ‘Voy a repetir la columnita para que
tenga un ritmo y una cadencia y entonces…’ (Hace un gesto para
indicar que lo anterior es absurdo.)
Tal vez no sea así en un sentido tan literal, pero
probablemente lo sea en el sentido de la sensibilización, ¿no
te parece?
Totalmente, y en el momento en el que dejo la música
empecé a sentir como que me faltaba algo y me fui a estudiar cine a
Nueva York un verano que no teníamos trabajo, en esa época en
la que estaba con Broid y con Miquel… tres socios y no había
otra chamba en el despacho, les dije: ‘¿Saben qué?, me
voy un verano’; y agarré a mi chava y nos fuimos… yo a
tomar un curso de cine, ella a descansar de su trabajo. Estuvo increíble
porque así ya tenías otro arte, más información
a la cabeza.
Has comentado que eres un experimentador de espacios al que
le interesa comunicar a través de la arquitectura. ¿Cómo
adoptar un lenguaje propio en este contexto donde parece que todo está
dicho?
A mí no me interesa adoptar un lenguaje propio de
que: ‘¡Ah, mira mis barandales, estos son los Barandales Rojkind
y se repiten en todos mis proyectos!’. Me interesa crear una forma de
hacer arquitectura. Cada proyecto que hago es completamente diferente porque
yo entiendo que cada condición es totalmente diferente; o sea, un cliente
que me pide una casa no es el mismo que el anterior, entonces tiene una circunstancia
diferente, es una esposa diferente, hijos diferentes, es una condición
geográfica diferente, entonces el resultado no puede ser el mismo.
A mí ya no me interesa esa arquitectura que me enseñaron en
la escuela, de que a lo largo de tu carrera tenías que ‘depurar
un estilo para que la gente reconociera que este estilo es tuyo’. Me
parece patético, porque a través de lo que yo he visto en la
arquitectura, el arquitecto que era arquitecto ‘mexicano’ su paleta
de materiales era el barro, la teja, madera, ahora que se puso de moda la
arquitectura contemporánea cambió su paleta de materiales por
concreto, acero y vidrio; entonces: ¿se trata de ponerte lo que está
de moda o se trata de cómo concibes la arquitectura?
Para mí ya no es de que reconozcas el estilito de ‘Michel es
el que hace las casitas rojas redondeadas’; ésa era para una
bailarina de ballet que quedó en Tecamachalco; en lo que viene puede
ser cuadrado, gris… no hay una constante. No sé cuál va
a ser mi siguiente proyecto, no hay un ‘ya encontré mi formulita
y ahora quiero repetirla en todos los proyectos’. No.
Considerado como joven promesa de la arquitectura mexicana,
Michel Rojkind ha aparecido en diferentes revistas y publicaciones alrededor
del mundo y ha sido acreedor de diversos premios. La Casa F2 fue el primer
trabajo en el que, estando aún asociado con Miquel Adriá e Isaac
Broid, se dio a conocer a nivel internacional con un estilo que, si se revisa
su obra en solitario, no habla mucho de las intenciones que Rojkind maneja
actualmente en su arquitectura.
¿Hay un Michael Rojkind antes y después de
la casa F2?
Sí, la casa F2 es una casa hecha con mucho cariño.
En esa época estábamos Miquel, Isaac y yo de socios. Es una
casa que hicimos para un amigo mío, Alfredo Fuentes, de Microsoft,
y me gustó mucho poder haber hecho su casa pero también me di
cuenta que no era la arquitectura que yo quería hacer, que era una
arquitectura que le acomodaba muy bien a Isaac y a Miquel, era una arquitectura
donde ellos se sentían cómodos con la casa de concreto aparente,
vigas de acero expuestas…
Veo que no volviste a repetir eso…
No, porque para mí era la paleta de materiales de
una generación de arquitectura que estaba peleada con la arquitectura
mexicana. En esa época hacer una casa de concreto era como ‘¡ahhh,
no la vas a aplanar!’, y ya ahora todo mundo utiliza concretos aparentes
y demás.
Me encanta la casa, es una casa increíblemente mística en muchos
espacios, cómo está acomodada en el terreno: es muy buena. Me
encanta y obviamente eso me empieza a detonar como muchas cosas en la cabeza
de hacia dónde quiero ir. Entonces sí hay un antes y un después.
Empiezo a conocer toda una cuestión mediática también
de arquitectura, porque era como muy ajeno a, aunque ya tenía un historial
mediático por la música en el cual no me sentía ajeno
a estas cuestiones, como que llegas con el editor y le platicas y la entrevista
y demás, y en la arquitectura no y la casa F2 se publicó en
muchísimos lugares y yo dije: ‘No, de aquí a que haga
un proyecto que se publique más que ése van a pasar muchos años’.
La Casa Roja se ha publicado n mil veces más que la Casa F2. Entonces
como que ahí va, un proyecto tras otro.
En tu trabajo podemos ver desde casas, bares, edificios de
departamentos, corporativos, hasta un plan maestro de recinto cultural. ¿Cuál
es tu manera de trabajar de acuerdo a las dimensiones y alcances de cada proyecto?
Cada proyecto es particular, pero creo que para mí
la parte importante es que no me quiero estancar, no quiero que me cataloguen
como el arquitecto residencial, soy un apasionado y me encanta todo lo que
sea intelectualmente un reto de diseño.”
¿Te involucras completamente en el diseño de
tus proyectos?
Completamente.
¿Puedes caminar con los ojos cerrados por una construcción
diseñada por ti?
¡Claro! Por eso cuando me pregunta la gente ‘¿cómo
te imaginas los espacios?’, digo: ‘Bueno, si de entrada un espacio
a mí no me seduce, a mí, cuando cierras los ojos y caminas por
el espacio, está mal’. ¿Cómo le voy a poder proyectar
al cliente algo padre o interesante, si a mí no me emociona?
Por ejemplo, ahora hice un concurso en Kuwait, que todavía no mencionan
quién es el ganador, 250,000 m 2 de proyecto, una cantidad de…
Cuando a mí me llegó el programa de repente digo: ‘Oigan,
con que me den a mí el lobby del hotel me conformo, ¿no?’.
Lo abordas cada vez con más profesionalismo, soy un arquitecto que
colabora muchísimo, soy un arquitecto que tiene claro a dónde
va pero me encanta colaborar. Entonces subo al tren a mi súper cuate
arquitecto de paisaje, subo al tren a un urbanista amigo mío de Canadá,
subo a otro cuate Héctor Esrawe como diseñador de muebles o
diseñador industrial, o a Jorge Mdahuar también diseñador
industrial, un amigo diseñador gráfico; armo un equipo que cuando
presento un proyecto va todo… No es así como que ‘mira
la arquitectura’, no; va la arquitectura pero también va el planteamiento
urbano, pero mira también va la parte gráfica donde queremos
expresar… Trato de hacerle entender al cliente que es un todo, no es
nada más la parte arquitectónica la que hay que resolver.
¿Existe algún proyecto en el que a Rojkind
Arquitectos le gustaría participar o alguna ciudad en la que quisiera
intervenir?
¿Proyecto? Hay uno que me encantaría hacer
que no se me ha dado la oportunidad que es hacer un asilo de ancianos. Me
parece un tema fascinante, no por hacer un asilo sino por hacer un homenaje
a la vida, no como un lugar de muerte… Alguien que ya vivió,
que ya se echó toda su vida, hay que homenajearlo. Entonces me encantaría
hacer un asilo, y estoy picado obviamente con las torres; ahorita que hemos
estado en concurso tras concurso digo ‘Ya tenemos que pegar alguna,
¿no?’.
Cada vez son más complicados los concursos. Lo que es una decepción
son los concursos en general, porque nadie sabe cómo hacerlos, te invitan
a concursos donde las bases están mal, donde no te pagan, donde no
te invitan a tiempo; lo único que acabas haciendo es desgastándote.
Entonces cada vez los arquitectos estamos buscando concursos internacionales,
porque en México están organizados con las patas y afuera también
hay unos pésimos. En el de Kuwait tenían que haber avisado del
ganador hace mes y medio y no han avisado. No está bien organizado.
En los concursos te están retando intelectualmente a ver cómo
resuelves algo en un determinado tiempo y en ese sentido me encanta, me encantan
los concursos porque te mantienen activo, te mantienen súper despierto,
te mantienen ágil. Yo siempre lo relaciono con el tae-kwon-do: cuando
vas a competir de repente estás entrenado y estás muy ágil
a esquivar algún golpe y demás; es lo mismo en los concursos,
es una dinámica tan rápida, que estás listo para resolver
una problemática. A mí me encantan los concursos, me fascinan.
¿A qué contemporáneos admiras y por
qué?
No te diría un despacho de arquitectura, te diría
la gente que tiene la capacidad de seguirse reinventando, sean arquitectos,
músicos, fotógrafos, diseñadores, cineastas, no me importa.
Me seduce muchísimo la gente que no para de seguir arriesgando en su
persona, que no te quiero decir que todos tienen que ser alocados, no; que
no te pares en esta comodidad donde ‘ya me siento bien’, que no
llegues a ser conformista: ‘ya, ya no me muevo de aquí porque
aquí hay lana, aquí ya me salen bien las cosas’. La gente
que sigue arriesgando, la gente que no frena, la gente que replantea las cosas,
es la gente que realmente admiro.
La charla de Michel Rojkind toma riesgos: una inesperada
crítica hacia el tipo de maestro autoritario y en contra de toda plástica,
ha puesto a aplaudir al auditorio, donde predominan los estudiantes de arquitectura.
Después, una respuesta inesperada para el alumno que se queja de maestros
que no entienden ni aceptan sus proyectos: “Tus maestros no tienen por
qué entender un proyecto que no está fundamentado, si no ven
una razón de ser en tus formas”, lo cual dibuja una sonrisa en
cada catedrático asistente. Rojkind deja a todos encantados, con manos
alzadas, preguntas pendientes y ansiosos de un nuevo reto intelectual donde
se pueda –ahora sí- tomar todo tipo de riesgos.