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Monjas

El pasillo angosto de la esquina que termina en una casa roída por el tiempo está ocupado por monjas de hábitos negros y perros a medio morir. Adentro hay un cuarto adornado de rosarios, cuadros de santitos y un crucifijo gigante: son los símbolos de su sociedad. En el fondo, una de ellas se ocupa de un tablero que controla con gran eficacia los turnos de salir a las calles de cada una. Les gusta salir en pares para ofrecer sus productos.
  
          El menú de las monjitas está repleto de comidas y bebidas exóticas y mortuorias, productos que han olvidado con dificultad y disgusto aquellos a los que se les brindaron alguna vez.

            Mi padrastro fue el que me lo contó una noche de mis constantes insomnios. Tuvo poca compasión de mi corta edad porque no soportaba que estuviera en vela y le estropeara la noche a solas con mamá. Me contó que cuando era joven tenía una moto que corría por la ciudad a altas horas de la noche porque había menos tráfico. A lo lejos vio una figura que caminaba a mitad de la calle.

            Disminuyó la velocidad cuando la silueta levantó el brazo en señal de saludo. Cuando mi padrastro notó que era una monjita, se detuvo para ver si necesitaban ayuda, pero sólo se topó con una voz vieja y rasposa que le ofrecía el menú para la colecta: rompope de sangre coagulada, tamales de carne de perro y gato, y de dulce de gusano de panteón. Sintió un asco terrible al ver los tamales engusanados y vomitó. Fue cuando notó que la monja no tenía piernas y logró comprobar lo inevitable cuando al huir encontró a otra monjita. A pesar de que su sonrisa dejaba ver unos dientes amarillentos y podridos, en el fondo era una sonrisa de perversa amistad. Mi padrastro huyó.

            Para comprobarlo me mostró una postal en donde se alcanzaba a ver la vieja casa de las monjas: si no me dormía iban a asomarse por la ventana para ofrecerme su rompope rojo: su intención era cruel, lo pude ver en su sonrisa, igual a la de ellas.

            Cuando salió de mi cuarto y apagó la luz, no pude evitar voltear a la ventana. Salí sigilosamente y al asomarme al cuarto de mi padrastro y mi mamá, vi los pijamas tiradas y un bulto de carne amorfa que jadeaba olvidada de todo lo que sucedía a su alrededor. Cerré la puerta, espantado, y el recuerdo siempre ha permanecido hasta hoy: cuando hago el amor con mi mujer en la alfombra, sus jadeos hacen venir a las monjitas que se asoman por las ventanas con su sonrisa podrida, distinta.

Néstor Robles