Hemos recibido un adelanto de lo que puede llegar a ser la vida en un Estado consumado. Todos obedecieron, todos marcharon al mismo paso, nadie rompió filas. Empresas, sindicatos, partidos, iglesias, medios, intelectuales, academia, todos se convirtieron en un solo ente, un tótem que dictaba indicaciones de vida o muerte. Por diez días, una patria ordenada y de acuerdo. Lo que el gran Taurus do Brasil hacía en una sala de espectáculos, el presidente lo reprodujo en toda la nación. A lo largo y ancho del territorio nacional, ninguna diferencia. De institución a institución, la misma palabra, el mismo pensamiento, sin solución de continuidad.
La gripe porcina ya vino y ya se fue. La política económica ya estaba y sigue. Nada ha cambiado, excepto que por diez días fuimos sujetos de un terrible experimento social, vimos el mundo que puede venir, no le hace que haya sido en versión Estudios Churubusco-Azteca.
El gobierno repone el consenso que su política económica no puede generar, con el consenso emanado del miedo programado. ¡Emergencia nacional! ¡Mexicanos: uníos! ¡Mexicanos: ved, ahí, el enemigo! ¡El virus! ¡Él es el enemigo que viene a robarnos la salud!
El alcance de la gripe porcina no sólo ha de medirse por los muertos que pudo haber provocado, sino por la improbabilidad que una carrera en el servicio público continúe si el sujeto se atreve a decir una palabra contra el usufructo político de la “contingencia sanitaria”. Los miles de muertos que el gobierno dice haber evitado por su eficiente actuación, los habrá de reponer con los caídos de la llamada “guerra contra el narco”. Un poder que funda su eficacia en la administración de la muerte es un poder terrorista.
Pretender compensar las miles de “contingencias sanitarias” cotidianas con una sola acción espectacular en contra de una posible epidemia con ranking internacional, alto rating asegurado, una epidemia con glamour histórico, eso no es gobierno, es simple e irresponsable mercadotecnia, es el trailer de otro churro producido, editado y distribuido por un Estado enfermo, un Estado sostenido por su propio ministerio de propaganda.