Amo las flores, no importa el color o la familia. Amo la penetrante fragancia de la gardenia y el dulce hueledenoche, la delicadeza de las orquídeas, el despeinado cempasúchil, la timidez de los girasoles, las amorosas lilas, pero sobre todo, amo las flores exóticas, excepto las frágiles violetas africanas, ya que se mueren de cualquier cosa, sobre todo cuando les das otro tipo de agua.
El jardín de mi nueva casa está creado a base de estas flores perennes, el experto del invernadero dice que por eso transciende su valor estético, por su inmortalidad, tal vez por eso recuerdo con tanta risa la travesura de regar las flores de mi hogar infantil de aquella forma tan especial. Mi edén naciente es exclusivo, las plantas que lo habitan desde ahora, tal vez pasen desapercibidas gran parte de las estaciones, como yo cuando tenía casi tres años y mis padres decidieron que sólo mis hermanos, los güeros, podían ir a vivir con ellos a casa de mis abuelos paternos, en lo que solucionaban la difícil situación económica que atravesaba la familia, por la enfermedad de mi papá; mientras, yo, la invisible, y mi hermano mayor, adoración de mi abuela materna desde que lo vio salir del útero de mi mamá, estaríamos con ella.
Las flores de mi casa nueva, son tan fuertes que se sobreponen a las inclemencias de la vida. Un día se descubre el relámpago de color y valentía de una flor naciendo entre el follaje, que resalta y brilla por sobre todo lo seco, todo lo dañado, todo lo moribundo, y se yergue en grandes bugambilias moradas cubriendo todos los muros del pasado.
Mi padre siempre dijo que mi nacimiento fue como sembrar regalos perennes que florecen en invierno, preparar sorpresas para los días de luz melancólica. Una las más bonitas y perseverantes flores en época de frío, tal vez la bergenia u hortensia de invierno, valiente como una niña que se transforma en abeja y bebe miel hasta en los pantanos más difíciles, y riega con optimismo la mala hierba que existe en cualquier familia.
Las flores de mi casa de niña, fueron cómplices de una gran travesura, que requería de todos los hermanos para ser llevada a cabo. Tendríamos entre 5 y 10 años. Tirados pecho tierra recorríamos diferentes aéreas, a mi me tocaba la estancia, a mi hermano el güero, la recámara de los varones, a la güerita el baño, y a mi hermano el mayor la recámara de mis padres, esa era la zona cero. Nos deslizábamos con sigilo y prudencia, la cabeza casi a ras de suelo, debíamos tener el mayor de los cuidados, ya que era peligrosísimo si nos descubrían, igual que si estuviéramos buscando minas en un campo de guerra; me divertía tanto este juego que no comprendía porque mi hermano el grande se ponía tan nervioso, incluso sudaba. Debíamos encontrar dónde guardaba mi papá las anforitas de ron. La güerita y yo, no comprendíamos muy bien porque esa agua, se llamaba ron, pero sí que olía a dolor y angustia, a miedo. Mi padre se ponía muy mal cuando lo bebía, así que debíamos robarnos las pequeñas botellas, vaciar la mitad del contenido en las macetitas de violetas africanas, y rellenar las anforitas con agua de la llave para volver a dejarlas en su lugar. Una semana después de hacer nuestra operación: “alimento para las flores” nos dimos cuenta lo delicadas que son estas violetas. Nunca les gustó el agua que tomaba mi papá, todas morían, tal vez por esa fragilidad sea que no me gustan este tipo de flores. Me daba angustia pensar que si ellas morían con ese líquido, a mi padre seguramente le sucedería lo mismo.
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