Pablo Rumel me dice / que ha perdido a su amor y que el mundo / se acabará pronto. / Los barcos triturados y el miedo de los pasajeros, / el cruce sin salida hacia el infierno. Qué calor / hace, dice Rumel. Estamos acercándonos / en cada gesto antes del / último show en televisión. / Me lo imaginé estando vivo: Somos visitantes. / Un recuerdo de este mundo: / Yo estaba en una gasolinería, / con el codo apoyado en una máquina expendedora y Talita / me estaba contando de una mina / en el sur, / una mina dentro de o junto a un bosque. / Allí / hay dos hombres calvos, hombres muy altos en verdad, / que te dan la bienvenida y te muestran el camino, / y te ayudan a asentarte. / Un buen lugar, dijo y sonrió, la sonrisa / de Talita sobre la ventana / cerrada / del Esso Express. / Entonces ella, yo no sé porqué, / salió corriendo y gritando / el nombre de mamá, y la tienda / y la estación, todo el / puto universo, cuando salí / del express, se había vaciado / y estaba yo y ese vacío, contemplándonos / como si del destino se tratara / y nunca hubiera habido gente/ y Talita nunca se hubiera / despedido. – Yo nunca coleccioné autitos de juguete, / yo no supe decir amor, / nadie me lo pidió -. / Me derrumbé sobre el concreto y de alguna manera / me sentí tranquilo, derrumbado / como si una verdad me poseyera en la caída. / Caminé. La tibieza / de los pueblos del Norte / sostenía recuerdos que yo / ya no / podía ver, palpar / con mi sola mano. Pasaban cero micros. / Me detuve en Llaillai, junto a la carretera, / para prender un cigarro / y es que / yo quería soltar el humo, eso era todo, / soltarlo sobre el paisaje, / no decir Talita ni decir amor, / no decir paisaje ni decir cigarrillo ni / mirar demasiado la carretera / o el campo, el humo / entrando en cada poro y saliendo despedido como un alma. / Me dijeron que no era creyente, / que no / importando cuánta esperanza pusiera en esto / no me iba a salvar. / Que no había salida a nuestra cárcel de oro. / Los violentos amigos de la ficción exigente y despechada, / la cámara sobre una mesa. / Cuando llegué a Reloncaví encontré / una posada donde los fantasmas / de la magia, de la literatura, / me dieron la bienvenida. / Vi a Crono y a Serge sentados como esperando el desvanecimiento. / Vi a Dagmar mirando un billete mojado / en el piso / mientras una mujer robusta /, que bien podía ser una puta, / se secaba los pies mojados con una colcha / púrpura. / Estaba amaneciendo / y nadie parecía darse cuenta. / Se acercó a mi boca / la calavera de Camilo Herrera / y me dijo: / – Yo no pedí ser el mejor poeta, / yo no pedí esta locura / ni la amistad de los vagos / espíritus injustos / ni la condecoración al soldado caído / ni esta rabia, ya casi ausente / que tú ves, / que puedes ver / si miras mis párpados / y no te permites el susto, / un horror lindo / de cadáver demolido / como un edificio de huesos / con sus luces de cal. / Le pedí a la mujer una cerveza y me la negó. / Aquí solo hay polvo. Otro recuerdo: / Soñé que Talita me susurraba / – No podemos decirlo. / Por humildad. / Quiénes somos, qué función cumplimos / aquí. / Puede que / si lo intentáramos / algo siempre nos lo impida. / Puede que eso / que ibas a decir / no fuera /, en la medida que afuera de tu boca / ya es otra cosa. / Espíritus, / me dijo, visitando para cumplir una promesa, / estábamos en la costa / y todavía no caía la primera / bomba. Cuando empezamos a correr yo desperté. / Mi pieza, que había pintado otra vez, que había vaciado otra vez / de recortes, de dibujos, de citas y de impresiones / de tinta, estaba tan caliente / que yo no podía distinguir / si hacía calor / o yo tenía fiebre. Salí a la calle y me senté en una banca / en una plaza / para ver un rato a las mujeres imposibles, a los rostros imposibles, / a todas las personas que se me iban a olvidar. / Inevitablemente. / Cuando por fin me levanté ya hacía frío / y mi mujer me esperaba en mi casa / para hacerme sopa / como mi mamá / mientras yo veía el partido / y me acordaba de un comentarista / muerto. Talita: / – En el mundo hay / políticas / y / sensaciones. / Las políticas van configurándonos / en esas sensaciones / para definir el destino del mundo. / Pero hay algo más / que es inconfesable, / que no podemos decir. / Recuerda esa palabra / en esa voz / en ese lugar. / Las bombas no te harán daño -. / Me gusta decirle / que a veces me asomo tambaleante / al borde más claro del balcón, / le dije / y quizás ella supo que era ella misma / mientras yo me asomaba, el humo / del cigarrillo en cuatro labios: / los míos / y los de Manya Sepúlveda, / que parecía tranquila. / Cuando volví a entrar, / el olor que provenía de la cocina era de huevos revueltos / y las manos de Manya / estaban sobre la mesa, / el cigarrillo casi en el filtro, / los dedos limpios. / – Acabo de ir al fregadero, / no encontré arañas. No encontré más que / platos sucios, de ayer, / puedes lavarlos cuando quieras, yo / me voy a dormir. / Sonaban, como quejidos / de un espectro / presente, / las ventanas, temblando/, el televisor ajustándose siempre a sí mismo / en la medida que la mutación del tiempo / y su adecuación formal / así lo eligiera, /y los vecinos, / yendo y viniendo por el pasillo / y a veces entrando a la pieza, / pobre pieza / frente al mar que / habitábamos de puro beatnicks tardíos, /de pura constancia en nuestra intuición / de libertad. Ella / podía estar soñando con luciérnagas en el Sur, / ahora todos hablaban del sur de Chile. / Ansío, murmuré. Una gaviota /, la gaviota más rápida que yo haya visto / voló junto a esa ventana, la vi por un segundo. / Un año antes debía escribir una novela. / Una novela / de párrafos. / Una novela corta. / Recuerdo haber conseguido / cada una de las novelas cortas que un personaje / adolescente / y latinoamericano pudiera / conocer / dadas las condiciones. Con algunos amigos interesados en el tema, / y las bibliotecas en Santiago, /y algo de plata. Paseaba con mi mochila cargada de libros livianos / yendo por algunas plazas, / quedándome en algunos plazas, / sobre algunos bancos, / leyendo uno o dos párrafos que llamaran, al azar, mi atención. Libros que en el fondo / se habían servido de una moda / para olvidar por un rato /, que quizás sería muy largo, / los demonios incesantes / que llamaban a desenvainar. O quizás no. / A tu / batalla en la inmediatez. Quizás no. / Tus condecoraciones / mamut / de clavado tras clavado / en un océano profundísimo. / Yo estaba en una cabina telefónica / junto al mar /. La arena se me incrustaba por la piel descubierta. / Los movimientos del momento eran como golpes. / A veces, el oleaje se parecía a los autos al pasar. / Autos que siempre se estaban yendo./ Había llamado a Inés para decirle algunas cosas; / cada vez que le decía la verdad me / ponía al auricular su / voz / más / calma. – No quiero tu miedo. No quiero / que me uses para tener al miedo / bien puesto, validado. Ahora es / para mejor. Libres / de Inés Billy. Estamos libres de ti. / No más alarmas / no correspondidas, / sin / armar caminos de ese dolor /, dolores de pura sorpresa / desde el fondo de un precipicio oscuro. / El pecho estaba buscándose, / mi pecho buscándose / como antes. Como en ese entonces. / Como antes. / – Un edificio en el que descubrirme / entero. / Entre tus temores. Yo viviré / y eso lo llamaremos la vida. Habitaciones donde buscar / una llave o unos papeles perdidos -. / La casa crujía en las palabras de/ Inés, en la calle Urrejola, unos pasos más allá / de un Café muy agradable. / A veces tocan muy buena música, el / Nocturno /, pero esa tarde no fui al Café Nocturno, / o, si fui, fui después. Inés tenía un candelabro / sobre la cama, tirado en la cama, / y el maquillaje mareado de tanto llorar. / – Mi vida ha sido / por mi dolor, / no he vivido una vida plena. / Ya estoy vieja y me gustaría quedarme un rato, / hasta que mis nietos puedan crecer por sí / solos / y mis pasos valgan la inmortalidad. / Usted, que a pesar de ser buenmozo, / no ha sido bien educado / se dará cuenta de que, para mí, / vale cuánto lo quiero, / solo eso vale. / Usted entre aquí sabiendo que será bajo mis órdenes, / bajo mi orden de las cosas -. / Sonó la bocina de una ambulancia / justo antes de pasar. / Los cuadros eran todos / de su familia, / las paredes, color mate, daban seguridad /pero también ahogaban / y por un momento creí verme en ellas. / – Usted está en ellas – me dijo Inés. / – Cada una de estas paredes guarda / un malagradecido como usted, / una ofensa, / un dolor terrible. Terrible. / No sabe las cosas por las que he pasado. / Yo vi una lluvia de fuego, / corriendo por las calles de Valparaíso / mientras mis hijas y mi esposo, / yo no sabía dónde estaban, ¿comprende?. / ¿Comprende?. / Yo viví esa vida / a la intemperie, / crucé avenidas con los muertos a la vista, y soñé / que las cruzaba de nuevo, y de nuevo, / a veces muy cansada / de todo, / y sin embargo me atreví a salir, / a dar la lucha, / porque era lo correcto /, y eso ha quedado aquí a nuestro alrededor: / está plasmado en estas ventanas y esquinas sucias, / en cada gesto o titubeo de un cuadro vivo, / en el televisor, en el piso, / acabo de limpiar el piso y siento que mi vida / se estremece. Mi garganta, verá, / se cierra de pronto, / me cuesta dormir por las noches. / Y quizás sea su culpa, usted puede / verse / en estas paredes. / Yo a veces pienso que nací para el sufrimiento, para caer. / Para morirme. Y es difícil nacer para tremenda cosa. / Tendríamos que salir / del útero / como respiradores / que succionan, como aspiradoras / de calma y de polvo. / Sanos, reconfortados, / quiero sentirme viva y tranquila como una niña que juega / todavía, por los campos de San Francisco de Mostazal./ Yo soy lo que he hecho de mí misma / desde que usted empezó a tratarme / como me trata. Como una bolsa / de papas, como un saco / al que patear, como un dedo / gangrenoso. Y usted se ha creído con el derecho, porque es ignorante, todavía es joven / como para agradecer todo lo que una / ha hecho por usted. / Los buenos se hacen más buenos / con el dolor, / y los malos se hacen peores. / Usted siéntase bien. Usted sea / feliz y libre / como aquel que yo quise / y nunca me vio / de verdad. / Y no se sienta triste, / nunca se sienta triste / por como fuimos / usted y yo / junto al otro. Fue verdad y belleza. / Fue belleza y fue la vida -. / Tomé mi café mirando el mar y de un minuto a otro se puso a llover. / Charly García en los parlantes. / Dibujé nuevos dibujos en una nueva / croquera abierta./ El silbido / de niño / del Océano Pacífico / zumbándome en los oídos. / – Creo en ti /, Camila, me gustaría encontrarte en este lugar. / – Tu nombre es crimen. / – Pablo Toro, no volvérás a ser / Pablo Toro, / visita la tumba de tu madre. Visita / quinientos patios de otro. Otras batallas. / Rostros de tu espejo. / – Veintiuna noches no son veintiún sueños. / Fijarse en un pedazo / no garantiza / la inmortalidad. / – Tendrás el alma de Dios, Camila, y el rostro / de Paz Lenchantin. Las manos / de una mujer que no grita esta noche, / los pies tan finos, tan / góticos. / – Esta noche ladran los perros. Conoceremos dos mil / seiscientos / diecinueve, Toro. / – Puede que te vea mañana. El / cineasta Pipo Baechler / responde ¿qué / lo llevó a escribir este proyecto? -. -/ Cabreo. Cabreo contra la muerte. Cabreo contra la autoridad. -. / Una brisa / parece llevarse por un momento / el recuerdo de la ventana, el / periodista se queda mirando / por un segundo la ventana. / Pero vuelve / – Quería en la pantalla al personaje más / conchesumadremente vivo / desde Sin aliento -. / – Quería rebelarme de una puta vez – / Deja / sus anteojos en el velador / de su casa y recuerda, / el periodista recuerda que se llama / Diego, ¿me llamo Diego?, ¿esta es mi mano? ¿mis dedos tocan / mi piel? ¿mis / dedos de mi mano?. / Afuera los gritos amenazan / con acabar con la fiesta / de un solo cañonazo. /La película empieza. / La película termina. / Como si nada. Estos ya no son / mis ojos, / y no toman el mismo vaso/ y yo / no he visto / nada. / Qué hago /con la entrevista / de mañana / – ¿Por qué / usar un bombardeo / de noche? -. / – Porque así es como empiezan/ de noche / los bombazos, / yo he presenciado bombardeos, / eso es todo lo que quise decirle / a la cámara. / De cámara a cámara / – El diario queda / sobre el colchón / en el piso / y salgo. La encuentro en una banca / junto al Mapocho, más acá de la Entel y empiezo la conversación / por decirle que estuve leyendo a nuestro / Diego, ¿te acuerdas de él?, un personaje demasiado humilde, pero sincero, le hizo / una entrevista a Pipo Baechler. / Son las bancas de la Costanera (una especie de país / al borde). / ¿Cuál borde? – Este borde: / entre la insomne perspectiva de la seguridad del mercado? las / plazas de Providencia, las / tiendas alternativas, / las promotoras y luego una mierda torrencial – Puede /; yo pensé que / nos encontraríamos un poco / más temprano. / Es bonito aquí. Tiene mucho verde. Hoy hablé con Macarena. / Amiga de Diego, bueno, tú / ya conoces la historia. / – ¿Bajamos? – Me llama esa noche / y me cuenta que ha leído / en alguna parte / que Camilo Herrera se unió / a Patria y Libertad. / – Pero eso es imposible, / y Camilo, que parece / tan bueno cabro / – dice imitando a mi abuela frente a la / tele / prendida. / – Junto al artículo / de Diego / una cita / contra Donoso: / “Quiso ser la Manuela, / ser travesti, / Donoso habla / por la Manuela / y en ello reside / su deseo de / un glíglico / maraco a medias / y conservador/ entero” – / ¿Bajamos o no bajamos?, me dice / desde el borde. / Bajamos./ Juan Pablo Baricco, te digo, / el Toro de Aguasnuevas. Yo lo vi / pasar. / Encapuchado hasta los tobillos. / Una dama en cada brazo. / Un tipo inteligente / con ganas de quedarse, / a ver si su nombre / salía en las portadas /. Comprobar, en el fondo, si / lo que decían de su nombre era / su nombre. Las cataratas de Aguasnuevas. / El eco en el llanto. / El llanto del Tiempo. / Paso mañanas y noches / desenmarañando lana, / duermo poco / y a veces visito la tienda de los apolíticos, / los apocalípticos, / los cuicos delirantes. – ¿En qué se ha transformado / la literatura Chilena? – me preguntó / el fantasma de Darío, armado todavía, / completamente silencioso. / – Yo soy la rana mutante, un ciclo de colores vivos / que lamer – Yo soy / la última caída del Mastodonte / y el rayo de luz en su horizonte-quijada. / Volveré – me dijo, y no volvió. / Estoy contemplando / la pantalla verdinegra / de tu intelecto / y como si de pronto / se hubiera puesto a llover, / me cago / de la risa / en tu cara. – Es un padre para siete velos / vanos, es un / escupo que ya no cae, / mi regalo se irá / por culpa de mi rabia, / sin culpa y frío / como un órgano amputado. Vi / pequeños insectos / azules / merodeando los brazos / en alto / de Camila. / En ese lugar / hecho como de lentes / para el agua. Estábamos preparados / para irnos de Aguasnuevas, / mochila al hombro. / Camila me decía pero / qué cosa más extraña / tienes en los ojos, y un / líquido como del / interior de un tigre / se vació en mi cara, / cegándome. – Tuviste / un encontrón / con la ira. Eso fue todo. Ya podrás descansar. / Salí de la tienda y prendí / un cigarro, junto a la fogata. / – Esta noche estoy fumando Red Fiction -, me dijo Camila / desde dentro de la tienda. Unos graznidos / le daban su ritmo al cielo / negro. / Permíteme / tu brazo, le recordé, mientras sus piernas / se agarraban como podían en el barro. / – ¿Estás contento? – me preguntó otra vez. / Todos los días, antes de que yo durmiera, / me preguntaba. Al segundo siguiente / yo ya estaba soñando otra cosa. / – Ven, acompáñanme- / Dijo, me aproximó a la cascada /, el humo flotando, el frío / era agradable. – ¿Te escuchas aquí? – Ni un poco – ¿Y aquí? – / Menos. – ¿Y de este lado? – Nada. / Entonces nunca estuviste aquí. – ¿Qué dices? – Toma mi mano, Remu, ¿lo sientes? / – ¿Qué buscas? – Compartir ese calor azul, dicen que / si escavas lo suficiente, / siempre encontrarás agua. – / O lava – le dije. – O la nave / que te lleva / a casa. / – Volvimos por el camino hasta la tienda /, donde le pedí un Red Fiction, mostrándole / un reloj que no recordaba cuando me lo puse. / – Son buenos estos cigarros. / – Relaja. Calma. / – Casi me caigo. – Por poco, Remu. / – Por poco. / Llegamos a Santiago / una mañana de febrero. / Mamá nos recibe / con gritos. / Son gritos de alegría. / Es increíble lo eufórica que se pone cada vez que ve / a Camila, con su expresión de yo-no-sé-qué-pasa, / no le importa lo que pasa, / vive por siempre en un aura, suspendida / y feliz. / – Les tengo noticias de papá – / Nos muestra un par de videos / grabados con camarita digital, / una panorámica / de un puente en Temuco, / mientras un hombre, más bajito que mi padre, / recita: / “La iguana morderá / a aquel que no se tome / un martini, conmigo”. / El lente voltea / sobre el rostro de mi padre, que sonríe, asombrado quizás / de lo lejos que están de todo. De lo encima que están / del río, / de la bulla. Mi padre tira un beso / y se larga, seguramente / a tomarse un martini con el neoyorquino, / tomamos once. / Otro recuerdo del planeta tierra: / Estábamos con Talita / sobre una pequeña / barca en medio de un lago. / El lago Llanquihue. / Habían bombardeado todo / el terreno y ya / no quedaban muchos chilenos cerca. / Uno que otro boliviano / armado hasta los dientes. / Un argentino recitando salmos de otro mundo. / Cuando nosotros llegamos no vimos a nadie, / en cualquier caso. Pusimos / nuestra barca / en la orilla, nos subimos / y echamos a remar hasta que la carpa quedara / justo en el centro, / desde ahí podíamos hacer lo que quisiéramos. / Al menos eso pensaba Talita, / que es más bien esperanzada. / Una vez, cuando era niña, su padre / le dijo: – Tali, tú eres / la persona / más importante / de este planeta. / Eres un ángel, una enviada, / que no se te olvide nunca -. / Ella cocinaba latas / en una cocinita a baterías /, yo la veía desde la orilla de la barca y de / vez / en cuando botaba una cola de cigarro /, que me miraba de vuelta / mientras flotaba junto a mis piernas, / suspendidas, / aún enérgicas, / desnudas hasta el doblez del pantalón un poco / más abajo / de la rodilla. Los zapatos cubiertos por barro /, por polvo, / por petróleo y ceniza. / – Está casi listo -, me respondió, / así que / dejé mi libro / sobre la mesita zen a la orilla / y me arrimé para ver / cómo iban las cosas / por sobre el hombro de Tali. / – Mira, prueba, están muy buenas. / Esa noche nos acurrucamos bajo unas colchas y sacos de dormir. Traíamos / un colchón liviano. Estaba ligeramente roído en los bordes, pero servía. / Pusimos música de Paganini. – Mi padre – le dije – / me contó una vez, una vez que casi muere, que / pensó: – Dios mío, nunca podré escuchar de nuevo / a Paganini – Yo nunca lo he escuchado – le dije a mi padre – ¿Nunca lo has escuchado? Es muy bueno – me dijo / Talita, sus pies entre los míos, las estrellas / en el cielo. Inés dice / que lo bonito de estarse muriendo / es que todas las cagadas / que me mandé, hijo mío, / han devenido flores, / hermosas flores abiertas / frente a mis ojos, / estrellas de mil colores, / pequeños susurros de niño hermoso.
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