¿La esencia de la verdad o la verdad de la esencia?

“El comprender alberga en su seno la posibilidad
de la interpretación, esto es, de la apropiación
de lo comprendido.
” (Heidegger: Ser y Tiempo: 179).

Al plantear algo desde terrenos filosóficos no se
puede ignorar la cuestión sobre la utilidad de tal planteamiento, llevándose
dentro de dicha duda la falta de una definición de la misma filosofía.
Partiendo de un lugar que no es primordialmente etimológico suponemos
a la filosofía como una búsqueda de la verdad. Esto último
es posible y viable para una fundamentación de la filosofía
si tomamos en cuenta que toda búsqueda es también un errar nos
postramos un paso adelante. El errar es lo que da la reflexión filosófica.
Cuestiones van y vienen dentro de la filosofía; el errar prevalece;
mas el que busca encuentra, lo encontrado no es siempre lo que se busca. Ahora
con el errar prevaleciente la verdad se hace cada vez menos factible, se aleja
por el camino que pretendemos seguir para llegar hasta ella. Es aquí
cuando surge la pregunta por la esencia de la verdad. ¿Es real, en
tanto algo alcanzable la verdad? Si es real podemos acceder a ella desde su
esencia, o acceder a esta última encontrando la verdad real. Desde
una lógica estricta escuchamos que la esencia es lo que hace ser a
una cosa lo que es. Lo que se busca es la verdad de la verdad.
¿Hay verdades o es posible aprehender una verdad general? El camino
empieza a forjarse y nosotros somos tentados a caminar por el. ¿Es
factible aún aspirar a conocer la verdad o enunciar algo en relación
a ella? Cuando estas preguntas nos parecen de menor importancia es cuando
debemos trabajarlas. Cada “rama” del saber tiene su verdad o pretende
tenerla; cada quien la defiende. ¿Será esto cierto? Si cada
cual lleva una verdad se postula sobre ellas una verdad en general. Caer en
absolutos es retrasar el que hacer del filósofo, por ende la andadura
de esta reflexión no es al azar y se postra al lado de las palabras
heideggerianas en lo que a la verdad respecta. Expondremos dichos argumentos,
trayendo a la presencia el discurso de Heidegger en lo que toca a la verdad
y su esencia, que a la vez nos traslada a la fundamentación de la filosofía.
La pregunta no debe ser específica: “qué es lo que caracteriza
a toda ‘verdad’ en general como verdad” nos pregunta Heidegger.
Hay que cuestionar acerca de una verdad que no provenga del cálculo
y de la opinión común, sigue proponiendo el filósofo,
desde el camino filosófico es de donde la pregunta por la esencia de
la verdad debe ser enunciada. La filosofía es lo que fundamenta fundamentándose.
Es prudente hacer una pauta y recordar Los Principios de la ciencia de Nicol,
sólo en el sentido de la fundamentación de la filosofía
como lo que fundamenta, para Nicol lo que presta fundamento a las ciencias
es la filosofía, desde un terreno metafísico, hasta aquí
se llega en esta ocasión con la referencia, ya que de seguir entraríamos
en cuestiones de ataques hacia la metafísica, que no corresponden a
nuestra reflexión. La utilidad de los argumento de Nicol se da de una
manera que hace resaltar la obviedad. No es la metafísica literalmente
lo que fundamenta, sino la filosofía que hace posible presentar un
pensamiento de tal índole. ¿Qué es lo que da sustento
a la filosofía misma? ¿Su ansia por errar durante el camino
hacia la verdad o la esencia de esta?
¿Es la verdad algo que merece ser llenado? Posiblemente la verdad sea
sólo una imagen ¿O es posible que la verdad siempre esté
a la mano? El mismo Heidegger nos acerca al esclarecimiento de estas cuestiones,
nos lleva a la esencia del lenguaje y de lo ente, ya que todo lo que pueda
llevar la etiqueta de verdadero está íntimamente ligado a ellos.
Sin embargo es siempre la pregunta lo que más le preocupa. “Desde
la antigüedad el hombre se ha preguntado por la existencia de la verdad,
pero muchas veces se le da respuesta demasiado pronto a esta pregunta”.
¿Es en la pregunta donde radica la esencia de la verdad?
¿De la esencia de la verdad o de la verdad de la esencia? Podemos pasarnos
años tratando dar una respuesta satisfactoria. Se puede tratar a la
filosofía con desdén y refugiarse en las ciencias denominadas
“exactas”. Tales afirmaciones desde dichas ciencias que no hacen
sino refugiarse en la seguridad del cálculo son solamente pretensiones
por declararse la ciencia suprema, donde toda verdad surge por sí y
para sí; se les presenta un problema: en su añoranza por dar
la verdad se olvidan de la esencia de esta. ¿Entonces es verdad la
esencia o sólo una mentira más en el errar de la reflexión?
El hecho de la ceguera de que se rinde ante el poder de lo “exacto”
no es dato para confundirnos y pretender que la esencia es una invención,
por tanto concluir que la verdad es también ilusión.
Nietzsche nos habló ya de prestar oído a lo que acontece. Heidegger
nos habla de lo presente, de lo que hemos llamado lo ente. Esto es lo que
debe ser escuchado. No basta verlo y lanzarnos hacia ello para arrastrarlo
hacia lo verificable, lo que según leyes y normas del conocimiento
concuerda, es decir, es adecuado. Decimos que algo es verdadero cuando lo
dicho en el enunciado se adecua a la cosa, en otras palabras cuando el enunciado
representa a la cosa se dice que estamos en lo cierto, es una verdad, puesto
que es posible verificarla.
La evocación de lo obvio es lo que nos lleva a creer que poseemos una
verdad entrañable y legitima. Es aquí el momento en que se forma
el sentido común indebatible. A diario aludimos dicho sentido común,
resaltamos lo obvio de las cosas y los sucesos para mantenernos en terreno
firme e incuestionable. En esta comodidad la filosofía pierde sentido
y la pregunta por la esencia de la verdad se desvanece en el olvido del resguardo
que nos da la adecuación del intelecto a la cosa, pero dicha adecuación
es teológica. Una definición de verdad traída del Medievo.
Si el intelecto se adecua a la cosa es porque ya para el mismo intelecto es
prestada la idea de la cosa a la cual debe ser adecuado, en este caso la idea
es lo que subyace al intelecto, como algo creado por el intelecto divino,
la facultad de adecuación a la idea es lo que lo divino da al intelecto
del hombre, por ello es posible adquirir la verdad, pero sólo cuando
lo que nos mueve es mera fe; nunca pensamiento. Radica en esto último
el suelo de la ciencia y el cálculo. En cada uno de los actos que conforman
el teatro de la verdad Heidegger ve el trasfondo teológico de tales
afirmaciones.
Al percatarnos que nuestra preciada verdad no es más que una imagen
creada a nuestra voluntad para huir del peligro damos un paso más allá
de la representación que nos pide el cálculo y nos deshacemos
de la evocación de lo obvio reclamado por el sentido común;
somos adentrados en aquello que nos aterra: el polemos. Corremos el riesgo
de perdernos en la cuestión, cualquiera que no preste suficiente atención
cae en el abismo.
El mundo y su verdad son sólo una imagen, nótese que con esto
no se argumenta a favor de la inexistencia de la verdad. Tal afirmación
en vez de ser tachada de nihilismo tienda hacia la estupidez. El hecho de
que sea sólo una imagen, es decir, representación, desde la
Edad Media a Descartes o Kant no significa que debamos tirar la toalla y dejar
todo ahí. Es menester del filósofo o de todo el que se ponga
la máscara ahondar más. Hay que tomar prestada la lámpara
de Diógenes. El claro se acerca.
Tempranamente en el discurso se mencionó al lenguaje y a lo ente ¿Qué
tiene que ver en todo esto lo ente en general y como nos lleva hacia la esencia
de la verdad, también, en general? Para encontrar la relación
entre lo ente y la verdad sale a relucir al juego el lenguaje, prestándose
a la unión, como una vía para traer a la presencia lo que ser
encuentra en el camino errante.
Al dar un enunciado acerca de algo, se trata de hacer notar la concordancia
entre la cosa aludida y el enunciado acerca de ella. Lo que se enuncia “representa”
a la cosa, he aquí donde nos quedamos si nos dejamos cegar por la imagen
invocada por el enunciado representador. Sabemos que Heidegger no defiende
a la representación. La época de la imagen del mundo se forma
a partir de esto, permitiéndole seguir en el olvido a lo que debe ser
pensado. Si nos damos por satisfechos con decir que la verdad se encuentra
en el enunciado que representa a la cosa, es decir que concuerda no dejamos
muy de lado lo que ya habíamos desechado como la mera evocación
de lo obvio; seguimos huyéndole al peligro.
Heidegger nos presta un argumento: “Lo que el enunciado representador
dice de la cosa representada lo dice tal como ella es. El «tal como»
concierne al re-presentar y a lo re-presentado. Si dejamos a un lado todos
los prejuicios «psicológicos» y «de teoría
de la conciencia», representar significa aquí el hacer que la
cosa se presente frente a nosotros como objeto.” Se ha destrozado sutilmente
el representar transformándolo en un traer a la presencia, no es ya
el evocar a una imagen que se adecue a la cosa, sino evocar a la cosa, dejarla
presentarse en el enunciado como objeto. Epojé husserliana. Hay que
permanecer abierto a lo presente, a lo ente. Entonces el enunciado no busca
adecuarse a lo presente, es conforme con lo presente. Ya no cabe hablar de
una concordancia, sino de una conformidad.
¿Cómo es posible que se de tal conformidad y de que manera nos
acerca esto a la esencia de la verdad? Al dejar ser a lo ente se da la libertad
en el comportarse y presentarse como tal. En este caso la libertad se postula
como esencia de la verdad debido a que no es algo ya correspondiente al hombre,
ni algo de lo que este pueda hacer uso para buscar una adecuación,
tampoco es puesto ahí por alguna divinidad, no es algo dado de antemano
en el sentido corriente del término, es decir no es algo subyacente,
en todo caso viene a mostrarse como lo dado en tanto, y sólo si, en
el ámbito abierto se da libremente la directriz que une la verdad y
la libertad como esencia de esta conforme lo presente (lo ente).
Al dejar de lado todo prejuicio que evoque cualquier representación
el enunciado deja a lo ente comportarse libremente en el estado de abierto
donde cabe para el Dasein la brecha donde introducirse siendo dominado por
la “recién” puesta esencia de la verdad. Siendo ya la libertad
independiente de la voluntad del hombre el dejar ser a lo ente no es un alejarse
y dejarlo caer en el olvido (del que bien no ha salido) sino es un meterse
en ello, caer presa de la misma libertad puesta en lo abierto.
El dejar ser, contrariamente a lo que nos viene a la conciencia al nombrarlo
es el meterse en lo ente, es la libertad prestada en el ámbito abierto.
Esto abierto, en lo que se deja ser a lo ente y debido a lo que el Dasein
logra el meterse en lo ente ha venido recibiendo el concepto de aletheia.
Lo desoculto, lo develado deja de paso el término verdad, ya que según
Heidegger es una traducción más literal y que nos lleva a pensar
de forma distinta el concepto de verdad dentro del sentido de la conformidad
del enunciado en el ámbito del desocultamiento de lo ente.
La libertad es ahora el meterse en el desocultamiento de lo ente, este mismo
desocultamiento es preservado en el meterse ex-sistente por el que la apertura
de lo abierto es el “aquí”. Lo enfrente.
Con el ser-aquí se le da al Dasein su carácter de estar ahí,
delante de un ente. Solamente el Dasein como estar ahí es la ex-sistencia,
en tanto de esta manera se fundamenta la historia de lo ente en su desocultamiento
dejándolo ser lo que es y tal cual es.
Ya hemos tenido un largo avance y parece que en el transcurrir de la meditación
no hemos dejado de darle vueltas al mismo asunto, y es que en lo que respecta
al discurso heideggeriano de la verdad y su esencia, como lo desoculto lo
principal no es renovar o decir algo nuevo acerca de la cuestión tratada,
se trata de un (re)pensar, en otras palabras trata de un pensar desde otro
lugar en la reflexión. Ya no decimos que la aletheia encuentra en el
concepto de verdad su verdadera y más fiel traducción y es que
el decirlo de esta manera es no ver el camino trazado en el ahondamiento que
se está teniendo. Este profundizar que nos hace realizar Heidegger
no es para nada un estancamiento. Lo que Heidegger hace es devolverle su carácter
profundizador y fundamentador a la filosofía. Pensar de nuevo lo ya
antes pensado. Lo que da de que pensar y debe ser pensado no es lo que jamás
nadie haya tratado antes, sino lo que ha sido olvidado.
Todo es “pensado” desde la comodidad de la vana adecuación
teológica. No tratamos a la verdad como algo esencial, ni a la esencia
como algo verdadero. Se nos puede atacar con los clásicos argumentos
que la filosofía no da ya para más, que el hecho de pensar la
esencia de la verdad o la verdad de la esencial carece de sentido. Corremos
el riesgo de ser arrastrados por la abstracción dejando nuestro discurso
solamente en el plano meramente ideal o bien en lo metafísico. El riesgo
siempre está, sin embargo es algo a lo que no debemos huir, tampoco
se trata de correr hacia él. Es innegable que hoy nuestro conocer pretende
ser indebatible, pero mientras crece tal pretensión se vuelve mucho
más cuestionable. Heidegger nos dice que debemos preguntar por la verdad
en general pese a que a primera instancia y siguiendo la corriente que aboga
por la objetividad puede sonar o muy subjetivo o abstracto, pero Heidegger
es experto en voltear los discursos que lo atacan. No se pierde ninguna objetividad,
ya que dicha objetividad es parte de la época de la imagen del mundo,
aquí la objetividad no es nada relativo al objeto, sino que es relacionado
con la imagen que ya poseemos de la verdad acerca del objeto, dejando en el
olvido al objeto mismo; es hasta la profundización del enunciado esclarecedor
cuando vemos, ya ni siquiera pensamos el objeto, pero pasamos por él,
de esta forma podemos percatar que también el objeto puede llevarnos
hasta lo ente en general, en el ámbito abierto de lo desoculto.
Podríamos hablar de la supuesta y clásica dicotomía o
paradoja heideggeriana: al desocultar ocultamos, vendría a ser análogo
a decir que al nombrar la verdad lo hacemos con igual intensidad para con
la no-verdad. La no-verdad es esencial para la verdad, ya que la no-verdad
viene a ser el ocultamiento en el desocultamiento de lo que siempre ha permanecido
oculto. Lo inesencial de la verdad es parte de su esencia.
La paradoja se rompe cuando Heidegger nos dice que el ocultamiento es anterior
al desocultamiento, lo oculto es lo que permanece en el misterio de lo desocultado
que se oculta en el estado de abierto, sin embargo tal misterio es primordial
y mucho más antiguo que todo esto, claro está que solamente
se puede desocultar lo que ha permanecido oculto, es decir en lo que ha prevalecido
el misterio.
Con relación a este misterio prevalecedor se da el errar de la filosofía
con el que comenzamos el presente texto, y esto es debido a que se da el errar
por la ceguera del hombre pensante ante el misterio, en el dominio del misterio
el Dasein da vueltas de aquí para allá, es forzado a hacerlo,
ya que no ve más allá de lo que desoculta ocultando, sin poner
atención al misterio mismo.
Perdido en la penumbra encubridora del misterio el Dasein no ve que en ese
ocultar se desoculta mediante la aletheia (de la que mucho se ha mencionado)
es decir que la verdad es el claro que desoculta ocultando, ese claro desocultador
es la aletheia misma en la que se manifiesta el ser esencial de lo ente en
general presentado en eso mismo abierto en el que se da la libertad de lo
presente para la aletheia.