Género y cultura: Educación de la identidad y discriminación

“Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo
yo”

J. Ortega y Gasset

CULTURA Y CUERPO
La cultura es un lente zoom que nos permite experimentar de cerca el mundo,
nuestro mundo. Pero también es la cueva de Platón, esa cueva
donde podemos percibir sólo sombras proyectadas por una luz exterior.
Esto nos hace entrar en paradoja: por un lado, la imagen de un lente es demasiado
real como para cuestionarla; por otro, la imagen de la luz es toda la verdad
como para comprenderla. A través de la cultura creemos y reconocemos
lo natural, lo habitual, eso que no podemos cuestionar porque es obvio, esta
ahí, siempre, real y verdadero, de cercas y de lejos, es nuestra subjetividad
proyectada en el mundo, a partir del mundo.
De acuerdo con Marta Lamas (2002), el cuerpo es la materia básica de
la cultura. Todos somos cuerpo, pero cuerpo sexuado. En este sentido es posible
decir que los cuerpos sexuados son una circunstancia (Butler: 2000; 312).
Dicho así, parafraseando a Ortega y Gasset podemos decir: Yo soy yo
y mi cuerpo; yo y mi circunstancia. El cuerpo funge como realidad material,
como forma de estar en el mundo y ser construido; pero también cuerpo
es la primera posición desde la que interpreto la vida cotidiana.
Ello nos deja claro que nuestra circunstancia biológica no puede ser
interpretada de la misma forma que otras biologías animadas, sencillamente
porque somos seres que asumen nexos culturales y sociales, creando costumbres,
historia, presente y memoria. El cuerpo es, entonces, una ‘situación
cultural’. Al respecto nos dice Butler: “Si aceptamos el cuerpo
como situación cultural, entonces la noción de un cuerpo natural
y, desde luego, de un ‘sexo’ natural se hace cada vez más
sospechosa” (Butler: 2000; 312)

CULTURA Y GÉNERO
Por lo tanto, los limites del género son los límites de mi cultura
-no los de mi sexo, mucho menos los de mi supuesta ‘naturaleza’.
De acuerdo con Marta Lamas (2005) el género es la simbolización
que hace una cultura de la diferencia sexual, definiendo los campos de lo
que es femenino, masculino y neutro. El hecho de que el género sea
vinculado al sexo es una convención social, ya que toda situación
es transformable. Si bien uno no elige su sexo, sí elige su género
y su sexualidad.
Las clasificaciones hombre-mujer son algo más que clasificaciones taxonómicas.
La condición social de ser hombre o mujer; homosexual u heterosexual,
es decir, la condición de género de un cuerpo socializado es
una condición de potencia, un proyecto: “… ‘llegar
a ser’ significa ‘asumir o encarnar intencionalmente’ ”
(Butler: 2000; 303). En otras palabras, ser hombre o mujer es una elección,
pues no existen identidades de género, no identidades estables y excluyentes.
De modo que a lo que dijo Beauvoir: “No se nace mujer, se llega a serlo”,
hay que agregar que tampoco se nace hombre, gay, lesbiana, bisexual, o intersexual:
se llega a serlo.

SIMBOLIZACIÓN DE GÉNERO Y DISCRIMINACIÓN

A pesar de que las reflexiones feministas de corte culturalista nos permiten
comprender que las teorías naturalistas sobre la condición de
género son una ficción, resulta más difícil transformar
las condiciones de género que cambiar de sexo pagando una intervención
quirúrgica. Y esto es porque el género más allá
de ser un modo de clasificar cuerpos es una lógica interna, una lógica
de percepción binarista con la que ordenamos y jerarquizamos el mundo
social: negro-blanco, grande-pequeño, bueno-malo, bello-feo, verdadero-falso.
Es por ende una lógica que favorece la heterosexualidad, y fundamenta
su poder en la negación de lo femenino y afirmación de lo masculino.

El mecanismo por el cual trasladamos los valores epistemológicos, estéticos
y éticos androcéntricos a expresiones concretas de poder y subordinación,
pasando por el campo social hasta la localidad de los cuerpos se le llama
simbolización. De ahí que sea posible decir que la cultura es
imaginación social, la imaginación que le da sentido al mundo,
porque a través de ella se constituyen nuestras categorías de
percepción, prácticas, creencias, lenguajes y comunicación.

Tenemos así que lo destructor del proceso de simbolización es
que transformemos en una ley social, o mejor dicho en hechos, el que las mujeres,
y lo comúnmente denominado como el ‘sexo débil’,
sean vistos, interpretados y legitimados como ‘inferiores’; hasta
el punto de que nuestra lógica cultural excluya de la participación
política y pública a lo femenino.
No es una camisa de fuerza, pero nosotros somos como agua en el vaso de la
cultura. Abandonar el género provocaría en cualquiera angustia
y terror; el mundo inmediatamente se volvería un caos. El género
nos asegura “…un puesto y un lugar social sólidos.”
–nos dice Butler (2000; 310). Sobre todo en culturas como la nuestra
que basa parte de su sentido del género en el sexismo y la homofobia.
Pero y por la existencia de este tipo de conductas es posible decir que la
identidad de género es una discriminación.
La conformación de la identidad de género se vale de formas
simbólicas culturales entre las que destacan; la familia, el estado
y la educación, medios de reproducción de la ideología
sexista. Es una condición política en la que a la mujer y a
los que ponen en riesgo la heterosexualidad han sido excluidos históricamente.
Según la Real Academia Española (http://www.rae.es/) discriminación
es la acción y efecto de seleccionar excluyendo, dando trato de inferioridad
a una persona o grupo por motivos raciales, religiosos, políticos,
etc. Un etcétera que deja mucho que desear, y dice mucho sobre el discurso
oficial sobre la discriminación. No obstante, es posible decir que
un gran peso de la responsabilidad ética de la discriminación
por género recae en la educación, ya que es el medio legítimo
para ideologizar cuerpos sexuados (después de la familia o grupo comunal).

EDUCACION CULTURAL y PERSONA
Todo en la vida cultural es educación. La cultura se vale de la educación
para transmitir sus conocimientos y continuar existiendo. Ahora bien, la cultura
occidental ha creado como centro de enseñanza especializada a la escuela.
Aguirre nos dice que “El tiempo escolar es casi la tercera parte del
‘ciclo vital’ en nuestra sociedad occidental.” (p. 325).
Esta ‘tercera parte’ es relativa a los promedios de escolarización
de cada cultura , así como relativa a sus condiciones de vida, pero
del comentario cabe destacar lo significativo que resulta el ambiente escolar
para la socialización y la educación cultural de niños
y jóvenes.
La escuela es por excelencia el campo de preparación de ‘sujetos’,
de ideologización de la ‘persona’; un ser humano asexuado,
con derechos de igualdad y libertad que encubren la diferencia y la discriminación.
La representación de persona es la de un sujeto medio y sin conflictos.
En la noción de ‘persona’ no se incluyen caracteres sexuados,
mucho menos una noción de discriminación por los usos de lenguaje.
Dentro de esta noción no caben mujeres, niños, jóvenes,
ancianos, homosexuales, pobres, personas con capacidades distintas, grupos
vulnerables, grupos contraculturales, migrantes y toda la gente que no nos
podemos imaginar, sencillamente porque no forma parte de nuestras representaciones
de ‘persona’.
La noción de persona sirve para eufemizar las sociedades complejas
e identidades múltiples. Es una categoría construida para designar
a un sujeto sin diferencia, como si la diferencia fuese sólo un accidente
ideológico. Como si la diferencia sólo se experimentara fuera
de la propia cultura, de la propia raza, del propio sexo. Como si la diferencia
consistiera en ser parte de una minoría que asecha el gran centro hegemónico
de poder, legitimidad y participación social de las ‘personas’.

La especialización, el trabajo y la disciplina son los recursos mediante
los cuales la cultura asegura la reproducción de su orden. Lo que devuelve
la escuela son cuerpos socializados por esquemas patriarcales, insertados
en la disciplina y la lógica de producción capitalista. La educación
superior, como encargada de orientar hacia la comprensión de las múltiples
dimensiones humanas, lamentablemente reproduce el esquema institucional escolar
que actúa en relación al conjunto de instituciones estatales
androcéntricas.
No son las instituciones lo que está mal, después de todo el
ideal por el cual fueron creadas es garantizar el bienestar social. La institución
más peligrosa es la persona, quien está al frente de las infraestructuras
de educación, familia y trabajo. Sabiendo esto resulta equivocado hablar
de bienestar social en términos discriminatorios, usando como estrategia
un doble discurso respecto a todos los grupos vulnerables: Basta con pensar,
que México, a pesar de ser un país pluricultural privilegia
la cultura mestiza y discrimina las culturas indígenas; que este país
de oportunidades para todos, excluye del bienestar a las familias pobres;
que la idea de individualizar un cuerpo, y ejercer plena libertad sobre él,
es decir, la petición de un aborto legal provoque una afrenta a la
moral conservadora. Basta con pensar que la educación reproduce identidades
de género sexuados en la ambigüedad de la persona asexuada.

CONCLUSIONES
Hay numerosas respuestas que nos acercan a comprender cómo las instituciones
se encargan de conformar las identidades. Marcela Lagarde (1990; 399) nos
dice que es “a través de la afectividad.” Bourdieu nos
dice que es mediante el habitus. Lamas nos dice que es mediante la simbolización
cultural. Joan Scout nos describe la condición histórica, etc.
Sin embargo, de todas las teorías feministas podemos concluir que el
género y la manera en que lo asumimos culturalmente es nuestra responsabilidad,
y es una responsabilidad ética el impedir que continúe reproduciéndose
la ideología heterosexual y sexista.
Nosotros, como estudiantes tenemos el deber ético de reflexionar sobre
cuales son las formas de reproducción de la conciencia de género,
para deconstruirla. Comenzando por el lenguaje y nuestra subjetividad. Como
profesores tenemos el deber social de impedir las conductas sexistas. Y como
educadores la misión de transformar nuestras formas de enseñanza
por otras que favorezcan la libertad de expresión, y la exploración
de la capacidad creadora humana más allá de los esquemas de
la identidad de género.

BIBLIOGRAFIA

Butler, Judith (2000) “Variaciones sobre sexo y género:
Beauvoir, Witting y Foucault” en El género, la construcción
cultural de la diferencia sexual, Marta Lamas (comp.), Programa Universitario
de Estudios de Género, México, pp. 303-326.

Lagarde, Marcela y de los Ríos (1990) Los cautiverios
de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas, UNAM, México.

Lamas, Marta (2005) Cuerpo: diferencia sexual y género,
Taurus, México.

INEGI (2007) Fuente: http://cuentame.inegi.gob.mx/poblacion/esperanza.aspx?tema=P

Real Academia Española (2005) Diccionario de la Real
Academia Española [En línea] Fuente: http://www.rae.es/. Fecha
de consulta: abril del 2007.

–Este ensayo es una elaboración de la ponencia “Género
y cultura”, presentada durante el “Primer Foro de Expresión
Estudiantil: Práctica y consecuencia de la discriminación en
el nivel superior”, en la Universidad Pedagógica Nacional, en
Tijuana, B.C., 27 de abril del 2007.

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Yaren Rojas Pérez.- Lic. en Filosofía por la UABC. Actualmente
estudia la Maestría en Estudios Socioculturales en COLEF-UABC.
Blog: www.yadren.blogspot.com