I
Me harté de esperar. El reloj marcó pasadas las cinco. Miré
con hastío las manecillas. Una relación insalubre se formó
entre el teléfono, el segundero y el cuadro al óleo con frases
surrealistas colgado en la pared roja. Pasé más de diez minutos
formando una línea con la orilla de la credencial de elector. Como
queriendo y no. En eterna espera. Vana espera. Por si acaso el teléfono
decidía hacer ring en el momento preciso. Sorbí hasta el fondo.
El polvo de Dios tomó posesión de mí. De nuevo miré
el cuadro colgado en la pared roja y en un déjà vú fascinante
te vi pintando. Consultabas las frases surrealistas de un viejo libro de André
Bréton que alguna vez robé de la Biblioteca México. Te
sugerí que pintaras algo realista, que usaras otra técnica;
el muralismo podría estar bien, dije. Tus ojos radiaron palabras que
no entendí. El timbre del teléfono sonó. Volví
del pequeño viaje. Levanté la bocina con incredulidad. No me
equivoqué: tu voz se distorsionó mucho más grave de lo
que pensaba.
II
Cogí un abrigo corto. Eché doble llave a la puerta. Caminé
entre las calles del Centro y me pareció ver tus pupilas en cada par
de ojos que me cruzaba. Dudé si había dejado el mensaje acertado
en el contestador, si había dictado a la maquina el número correcto
de mi celular. Crucé las puertas del Bar Gante y Osvaldo ya esperaba
en una mesa del fondo, cerca del televisor. Detrás de mí llegó
Carlos. Pedimos una ronda de cervezas. Pasamos cerca de cuarenta y cinco minutos
hablando de asuntos que me parecieron poco trascendentes. En el televisor
comenzó un partido del Real Madrid al que poco prestamos atención.
En la mesa contigua un par de extranjeros bebían cerveza oscura y la
botella me recordó a ese cilindro extraño dibujado en el cuadro
surrealista de mi pared roja. Carlos preguntó cómo iba todo.
No supe qué responder. Fue más específico cuando preguntó
si sabía algo de ti; negué con la cabeza. Osvaldo trato de aminorar
mi tristeza preguntando si ya había vendido algún cuadro, moví
la cabeza negativamente por segunda vez. Se formó cierto silencio en
la mesa. Ahora sí decidimos concentrarnos en el televisor. El cuadro
merengue goleaba cuatro a uno. Osvaldo pidió otra ronda igual. El árbitro
silbó el final del partido e inmediatamente los pocos parroquianos
que habitaban el bar dejaron de prestar atención al televisor. Carlos
comenzó a contar que la noche anterior había ido al Péndulo
a ver tocar a un trovador que tanto le gustaba. Tuve ganas de responderle
que La Condesa apesta. Pero me detuve. Recordé que ahí vi por
primera vez tu exposición. Te perdías entre la gente que asistió
aquella tarde a la inauguración. Fue en ese café-galería
del cual he olvidado el nombre. Sólo recuerdo que se ubica frente al
Parque México. Las hojas de los árboles, la mayoría en
el suelo por culpa del verano, revoloteaban con el aire vaticinando una tormenta.
Estabas en una esquina, sola, fumando un cigarro con ansiedad, deslizando
tus dedos al aire, entre los cabellos imaginarios que no tenías en
tu cabeza rapada. Te veías tan simple con tu falda gitana y tu suéter
con cuello redondo. Gente pretenciosa pasaba frente a ti, te ignoraba. Me
acerqué para preguntarte si tenías idea de dónde se encontraba
el sanitario; en la planta alta, respondiste, ven, te lo muestro.
Le pregunté a Osvaldo cómo iban las idas al siquiatra. Respondió
que bien, que ahora exploraban el mapa mental de su vida. Confesó haber
descubierto un interminable abismo de introspecciones que hacía años
no le dejaban en paz. Recuerdos que se repetían vagamente a través
de las personas, de los objetos. ¿Objetos?, pregunté. Objetos
de la vida cotidiana, dijo él, de esos que están presentes a
tu alrededor, en todas partes. Por ejemplo, dijo que con la ayuda del siquiatra
se había dado cuenta que cuando manejaba su automóvil sostenía
con exagerada fuerza el volante, o la palanca de velocidades. El siquiatra
lo asoció con el abuso de autoridad que probablemente pudo haber ejercido
su padre sobre él antes de su muerte. Cómo no, si era general,
reconoció Osvaldo. Volví a pensar en el contestador, en mi mensaje
grabado antes de salir. Solicitamos otra ronda, pero esta vez pedí
un Vodka Tonic. Seguí con la mirada a la extranjera que se levantó
de su lugar y se acercó a la rocola ubicada a un costado de la barra.
Programó una canción de Caetano Veloso y me pareció tan
raro que hubiese una canción del músico brasileño en
el aparato.
III
Salimos del bar y el aíre apremiaba. Corría un viento ríspido
que amenazaba convertirse en lluvia pronto: como aquella tarde de tu exposición
en la Condesa. Una estatua humana parodiaba a Chaplin en la esquina de Gante
y Madero. La gente se aglutinaba a su alrededor, pero nadie le arrojaba una
moneda. Carlos hizo un comentario a Osvaldo sobre la fortaleza que estas gentes
tienen para soportar tantas horas en la inmovilidad. Suelen ser estudiantes
de arte dramático, dijo Osvaldo. Seguimos por Madero. La calle semejaba
un extraño happening entre los aparadores cuyas luces resplandecían
hasta el filo de la banqueta y las sombras transgrediendo ese resplandor.
Calculé que esa noche volverías a casa. Siempre regresabas exactamente
a la semana. Dudé dónde habías elegido esta vez para
huir: el piso de tu amiga Karla cerca del Parque México, o la casa
de Efraín en esa oscura cerrada Anatole France de Polanco. Me di cuenta
que la noche había cobijado pronto cuando Carlos entró a un
cajero de la calle Palma y la luz del cubículo era la luminosidad más
amplia de toda la cuadra.
IV
Cruzamos las puertas estilo viejo oeste de La India. Ocupamos la mesa del
fondo, cerca de la rocola. Osvaldo pidió una ronda de tres bolas de
cerveza clara. Carlos se levantó y en tres o cuatro minutos regresó
después de haber programado una canción de Joaquín Sabina.
Preguntó cuál era la ausencia más grande con la que cargábamos
en la vida. Osvaldo dijo que la de su padre. Yo no supe qué responder.
Encogí los hombros. Di un fuerte trago a la bola y encendí un
cigarro. Pensé en la primera vez que fui a tu estudio de la calle Orizaba.
Qué lindo, a pocas cuadras de Álvaro Obregón, dije y
me sentí tonto. No era el típico estudio de una artista. Había
tres plantas cerca del ventanal y los caballetes estaban bien alineados: demasiado
perfecto, para que me entiendas. Un gato ronroneaba en el sillón individual
color azul que descansaba junto a las macetas. Sobre la mesita de madera,
con únicamente tres patas, descansaban los tubitos de óleos
y la paleta. Y en un pequeño librero descubrí libros de Camus,
Artaud, Sastre, Balzac y García Ponce. Fui el primero en llegar a la
fiesta. Tuviste tiempo para mostrarme algunos cuadros en los que venías
trabajando en las últimas semanas. Me llamó la atención
que pintaras varios proyectos a la vez. Al poco rato no cabía una sola
alma. Te perdí de vista un par de horas, mientras conversaba con otros
pintores, amigos con los que habías estudiado en La Esmeralda. Cuando
te encontré, bailabas Beatles con algún invitado. Me gustó
tu cabeza rapada, la forma en que movías los brazos.
V
Tomé la papeleta de la cuenta entre mis manos antes que ellos y pagué
con un billete de doscientos pesos. El mesero me miró con ojos de odio
cuando se percató que de propina sólo deposité una moneda
de cinco pesos sobre la mesa. Caminamos hasta Cinco de Mayo donde Osvaldo
había estacionado su vehículo. Las calles del centro comenzaban
a alumbrarse de nuevo por los antros que ofrecían un algo entre sus
paredes. Pregunté si les apetecía ir al Alicia para escuchar
a San Pascualito Rey. Carlos dijo que probablemente ya habían tocado,
que eran las once y él sabía que el toquín comenzaba
a las nueve. Encogí los hombros. Miré mi cabello desacomodado
en el espejo retrovisor. Revisé el celular por si caso habías
llamado y yo no me había dado cuenta. Carlos, sujetando el volante
con ambas manos, mirando de vez en vez por el retrovisor, confesó sentirse
sorprendido de que hubiese aceptado salir con ellos, siempre estás
encerrado, pintando, dijo. Ahora sólo pinto con intermitencia, respondí.
Déjalo, intervino Osvaldo, así son los artistas, trabajan con
mucha cabalística. No entendí lo de la cabalística. Quise
refutar el comentario pero pensé que sólo nos envolvería
en un altercado propio de las cervezas con las que ya cargábamos en
el estómago. Metí la mano al bolso izquierdo de mi abrigo corto
y apreté el celular, por si acaso llamabas y no lo escuchaba, así
podría sentir el vibrador. Quiero comprarme una puta esta noche, dijo
Carlos. Sus ojos me interceptaron por el espejo retrovisor. Le noté
auténticas ganas de estar con una mujer. Le dije que doblara en Avenida
Hidalgo, que siguiera hasta donde comenzaba San Cosme, a la altura del metro
Revolución. Encontramos un grupo de travestis que tenían al
descubierto sus senos falsos; y tres o cuatro putas, visiblemente deterioradas
por el frío de largas noches, que no le agradaron a Carlos. ¿Cuánto
estás dispuesto a gastar?, preguntó Osvaldo. Hasta quinientos
pesos, balbuceó Carlos. El clásico presupuesto clasemediero,
dije mientras miraba a través del vidrio y una puta pasada de peso,
con los pechos apretados por una mínima blusa azul, me hacia señas
desde la ventana. Terminamos en Sullivan. El tráfico apremiaba. La
demanda superaba a la oferta. Formados un carro tras otro, una chica de cabellos
rojizos y ojos profundamente negros me miró. Pensé en tu mirada.
En cómo se te dilataba la pupila cuando te enojabas. Aún tengo
fresco el recuerdo de la primera vez que peleamos. De la primera ocasión
que te ausentaste ocho días. Al quinto día, viernes, tuve la
ocurrencia de buscarte en tu estudio al cual había dejado de ir casi
después de que te mudaste a mi departamento. Desde la calle se veía
gente en el balcón. Respiré hondo antes de pisar el primer escalón
del edificio. Puse mi mano derecha sobre la baranda y ésta me temblaba.
El ambiente apestaba a alcohol y marihuana. La gente, ida, bailaba Better
Sweet Symphony. Alguien apagaba la colilla de su cigarrillo en uno de tus
cuadros. Sentí rabia, más tarde defendiste la acción
argumentando que te agradaba que transgredieran tus obras. Busqué tu
cabeza rapada en medio de la gente que bailaba. Traté de abrir la puerta
del baño pero estaba atorada. En la habitación desocupada, esa
que tenías planeado convertir en biblioteca, alguien cocinaba un poco
de coca en una cuchara. En una de las paredes habían escrito la frase
Say No More con óleo rojo. Escuché como los latidos de mi corazón
se aceleraron en franca advertencia. Abrí la puerta de tu recamara:
al descubrirte desnuda, me volteaste a ver con una insinuada sonrisa en los
labios, con tu cara de maldad. El tipo recostado en la cama, medio borracho,
o medio drogado, quizá ambas a la vez, trató torpemente de esconderse
bajo la sábana blanca.
VI
Carlos se mostró desconcertado pero visiblemente ansioso con proseguir
en la cacería de putas. Como última opción les ofrecí
visitar una casa de citas que conozco en la Roma. Pero ambos prefirieron que
entráramos a un table dance ubicado en Insurgentes. Un par de gorilas
nos revisaron antes de cruzar la cadena del establecimiento. Mis ojos tardaron
en acostumbrarse a la poca luz y el azul neón hizo brillar los botones
de mi abrigo corto. El mesero nos ofreció mesa de pista. Cuando mi
vista se había ambientado, un enorme culo se movía frente a
mí. El olor a perfume y hielo seco penetró en mis fosas nasales.
Encendí un cigarro. El humo, sinuoso, viajó hacia delante, hacia
el prominente culo de la chica que bailaba One de U2. Después me distraje
observando cómo una pareja de lesbianas se besaba y acariciaba en una
mesa del fondo, cerca de la barra que parecía una pecera. El ambiente
simulaba ser perfecto, todo parecía perfecto: los ojos atentos recorriendo
los contornos de una piel hastiada de tantas miradas. Pregunté al mesero
por los sanitarios y me señaló unas escaleras. Subí.
A la derecha la chica que acababa de bailar se duchaba baja una regadera,
rodeada por un cristal transparente que emitía esa luz rosa neón.
Todo neón. Con su mano derecha acariciaba sus pechos, con la izquierda
se tocaba la entrepierna. Levantó la cabeza y sus pestañas parecían
dos enormes paraguas. Lindo pez, linda pecera. Me encerré en el último
cubículo. Preparé una delgada línea en la caja del inodoro.
Jalé mitad por la fosa nasal izquierda, mitad por la derecha. El polvo
de Dios corrió presuroso hasta el lugar más recóndito
de mi cerebro. Miré con gracia un letrero pegado en la pared que rezaba:
Prohibido ingerir sustancias ilegales, se consignará a las autoridades
competentes. Jalé la palanca y tuve la sensación de que la noche
se iba entre el remolino de agua. Cuando regresé a la mesa Osvaldo
miraba atento a la mujer en turno. Pregunté por Carlos. Me señaló
el fondo del establecimiento. Bajo una breve luz, cierta teibolera colocaba
sus pechos en la cara de Carlos. Éste se hundía en ellos. Concentré
mi mirada en la V que la rubia en turno formaba abriendo sus largas piernas
sobre la pista. Me sentí ahíto. Recordé nuestra última
discusión. Dos días atrás me había parecido estúpida.
Ahora sólo me parecía natural, coherente. Ocurrió cuatro
meses después de mudarte a mi piso. Justo hace ocho días. Insistí
que parecía contradictorio que pintaras formas abstractas escuchando
música de Mahler. Quizá sentí celos de las formas perfectas
que delineabas con el pincel manchado de un cian que yo mil veces había
querido lograr mezclando infinidad de colores sin conseguirlo. Miré
el cenicero atestado de cinco o seis colillas de marihuana. Dijiste que no
buscabas la perfección, que el mundo no era perfecto, que el mundo
no giraba alrededor de mí, que yo era insignificante ante el mundo,
que mis cuadros intentando retratar la realidad urbana eran pura basura estética,
que tratar de comprender el mundo no estaba en su catálogo de prioridades,
que estabas harta de mis referencias estéticas tan decadentes. Arrojaste
la paleta contra mí. Se estrelló en la pared roja. Resbaló
dejando un precioso arcoiris imperfecto. Te mandé al suelo de una bofetada.
Escupí tu cuadro, la saliva resbaló sobre el lienzo como un
falso color. Al cabo te fascinaba que transgredieran tu obra ¿no? Me
miraste con poco asombro. Tu cabeza rapada brilló extrañamente
cuando la luz de un vehículo que circulaba por la avenida entró
a tientas. Salí. Metí la mano derecha al bolsillo del abrigo
corto sólo para comprobar que había olvidado el celular en la
parte trasera del auto de Carlos.
VII
Osvaldo liquidó la cuenta con su tarjeta de crédito. El mesero
sonrió con la generosa propina. En el vehículo Carlos apestaba
a perfume. Había pagado cuatro privados en las dos horas que permanecimos
en el lugar. Mujeres distintas todas. Nunca insisto más de dos veces,
me advertiste una noche que nos amanecimos filosofando y pintando. El amor
no dura tres años, como dice el francés Frédéric
Beigbeder, pienso que a lo mucho puede durar tres meses, aludiste. Por las
noches, antes o después de hacer el amor, revisábamos a los
existencialistas: a veces Camus, a veces Sastre. Sugeriste que leyera a Kierkegaard.
Convertíamos mi habitación en nuestro propio mundo: salías
de la cama y regresabas con un mate y un cigarro de marihuana. Te irritaba
que consumiera polvo. Asegurabas que eso me hacía artificial. Pintábamos.
Cada quien en su lienzo. Un día comenzamos un proyecto conjunto. Desfigurado.
Ambiguo. Había tres llamadas perdidas en el celular hechas desde mi
departamento. Marqué pero no quisiste, o no te atreviste, a levantar
el auricular. Tonterías. Seguro ya te habías metido a la cama.
Te imaginé dormida, agotada por tu largo peregrinar de ocho días.
Entonces comprendí porqué te gustan tanto los gatos, te pareces
a ellos, te marchas durante largas temporadas como egoístamente saben
hacer. Carlos dijo que ahora sí quería ir a la casa de citas
en la Roma. Respondí que era tarde, que me bajaba del auto. Les indiqué
como llegar hasta el prostíbulo: está en Jalapa 85; tocan tres
veces y cuando la voz pregunte qué desean, la clave es gonorrea; afuera
hay un enorme letrero que reza Estética Unisex; entren sin miedo, y
no olviden solicitar su bebida de cortesía. Caminé unas cuadras
después de la Glorieta Insurgentes. La última bebida ordenada
en el table, un fernet bastante barato, y el polvo de Dios me provocaron fuertes
cólicos. Vomité al amparo de un poste de luz. Manché
mi tenis izquierdo. Sentí cómo un hilito de sangre comenzó
a bajar por mi fosa nasal derecha e inmediatamente a escurrir por la hendidura
de mi labio superior. Me limpié con una de las mangas de mi abrigo.
Un grupo de niños mimados, a bordo de un BMW G3, se detuvieron en la
luz roja de la esquina. Oían a todo volumen una canción de Marilyn
Manson. Levanté la cabeza. Sentí un poco de sangre seca en la
barbilla. Me miraron con sarna y entre risas comenzaron a arrojar monedas
de un peso. Me cubrí el rostro con los brazos. Cuando la luz encendió
verde escuché sus risas perderse tras el rechinar de las llantas. Una
moneda había golpeado mi ceja izquierda dejando una pequeña
herida. Sentí el celular vibrando en mi pierna. Al querer sacarlo,
con torpeza resbaló de mi mano y fue a dar a un charco de agua puerca
a la orilla de la banqueta. Cuando lo rescaté y sequé, el aparato
se había estropeado. Pasó largo rato para que un taxi aceptara
levantarme.
VIII
Durante el trayecto intuí algo. No supe exactamente qué. Tu
llegada, tu partida: quizá ambas traducidas en una eternidad. La nariz
comenzó a sangrarme de nuevo; no hice nada por evitarlo. El taxista
no me apartaba la mirada por el espejo retrovisor. Presentí que yo
también había quedado impregnado de ese olor a perfume de puta.
Bajé del taxi. Con la poca luz del pasillo descubrí que la parte
frontal de mi abrigo estaba manchada con gotitas de sangre. Sorbí con
fuerza y sentí cómo la sangre seca obstruía el paso de
la poca sangre fresca que aún se aglutinaba en mi fosa nasal. Extraje
de mi bolsillo la llave con la mano temblorosa. El metal tintineó varias
veces al chocar contra la chapa. Sentí el olor de tu piel en la fosa
nasal que no tenía obstruida. Encendí la luz. No vi rastro alguno
en la sala. En el fondo el arco iris imperfecto en la pared. Revisé
la habitación y tus cajones estaban revueltos. Aquella noche que te
conocí me explicaste que con el cambio de estación te aburrían
ciertas cosas: tu apariencia frente al espejo, la pintura, el amor, todo en
ese orden. Me senté frente al arcoiris imperfecto de la pared roja
y comencé a tallar el óleo seco con mis uñas.
Rubén Don. Escritor y periodista.
Nació en la ciudad de México en 1977. Es Licenciado en Ciencias
de la Comunicación. Ha sido corresponsal en México de la Agencia
Internacional de Noticias Literarias Librusa, colaborador del suplemento Arena
del periódico Excélsior, editor web y colaborador de las revista
Conozca Más y PC Magazine. Ha publicado la novela La consecuencia de
los días (UACM, 2005), Premio Nacional de Narradores Jóvenes
2005; y Negativos extraviados en el placard (Amarillo Editores, 2006). Actualmente
es colaborador de la revista Swishy y escribe a cuatro manos la novela Casa
de campo con el escritor argentino Alejandro Cavalli.