Acerca de arte y capitalismo

Definiciones:

– Por capitalismo entiendo la avasalladora crueldad que
conquista y compite sin límite, siempre más, siempre adelante[1].
Exacerbación de la visión lineal del tiempo, reducir el mundo
a un espacio de explotación racional de recursos naturales y sobrenaturales.

– Por lo estético entiendo el territorio de la fuerza
de la fantasía, el placer, el gusto, el sueño, la euforia
y la embriaguez.

– Por arte entiendo un dispositivo diseñado para
jugar con la frontera entre realidad y fantasía.

Citar a O. Paz para definir el capitalismo es una jugada
para indicar cierta distancia con respecto al marxismo. La palabra capitalismo
suena hoy anticuada para abordar casi cualquier tema. Mucho de su tono anticuado
es producto del reflujo histórico que ha colocado en desventaja al
marxismo. Sin embargo, es privilegio de la academia declarar que el concepto
de capitalismo, como tantos otros, todavía puede dar divertidas observaciones.

Difícil no estar a disgusto con el capitalismo.
Es un nombre maldecido. Se necesitan pocos pretextos para iniciar críticas
y denuncias. En filosofía existen mucho menos discursos explícitos
a favor del capitalismo que lo contrario. Sin embargo, aquí no se
trata de repetir las quejas sobre la profanación del arte por las
sucias manos de los comerciantes. Tampoco de festejar la libertad y pluralidad
de expresiones en el seno del capitalismo. Ni hostilidad[2], ni fomento;
ni represión ni estímulo. No pensamiento binario, sino dialéctico;
no dualismo absoluto, sino juego de intercambios. El estímulo es
la represión. Se hace algo en demasía[3] (en este caso, el
arte) para dejar sin atención otras cosas.

Arte y capitalismo: la separación es artificial.
Al surgir uno, apareció el otro, pertenecen a la misma etapa de la
humanidad occidental. Se les separa para conocerlos, pero si se les separa
mucho se les desconocerá. El arte es una forma de reacción
del capitalismo ante sí mismo. Quizá después del capitalismo
el arte adquiera otra forma insospechada.[4] Si el arte contribuye en algo
a la transformación del capitalismo, estará contribuyendo
por eso mismo a su propia metamorfosis. Mientras tanto, los venerables conceptos
filosóficos batallan para mantenerse al paso, se rezagan, las nuevas
formas artísticas los arroyan y los arrastran como un lastre. El
capital, su presión contra la barrera del tiempo produce escisiones,
desdoblamientos de sí: arte, artesanía, industria cultural.
La producción simbólica es presa de la obsesión por
el progreso; la foto y la imagen son producto de esta marcha triunfal del
capitalismo. Esta inyección de energía puede ser declarada
falsa o desviada, pero ahí están las toneladas de industria
cultural: porno, pop, soft, techno, pulp, camp, hip hop, comics, narcojam,
uzis, cuernos, estafadores, encantadores, no hay problema, “si no
lo tenemos, se lo conseguimos”. Recuérdese la Oda triunfal
de Álvaro De Campos. En cualquier parte un chamaquillo toma un instrumento,
un micrófono, una cámara, es muy difícil que no pase
algo. La industria cultural es también una disciplina que curte los
cuerpos. Una inteligencia malévola de diecisiete años puede
usar todas las cámaras a su alrededor sin saber la historia de su
país. Cierto, también hay filtros, los cuales se encargan
de que sólo salgan productos amaestrados, leones desdentados, pero
toda ciudad tiene sus callejones oscuros. Aquello que perturba, lo mal pagado
y sudoroso, lo vivo, no necesita más espacio.

La síntesis de arte y capitalismo se puede entender
rastreando el destino histórico de una palabra: brillo.

Es frecuente que los filósofos usen la palabra brillo
o alguna equivalente para describir el arte o lo bello[5]. Es una palabra
de origen religioso pues a los seres divinos siempre se les ha atribuido
un resplandor incomparable. Desde la aureola de los santos, hasta el aura
de la que hablaba Benjamín. De ahí que la palabra alemana
para belleza, Schöne, tenga la misma raíz que brillo, Schein
(shine, en inglés), y que show, Schau[6]. De ahí también
el envoltorio chillante, la presentación de los productos industriales,
los shinny little objects con los que la mercadotecnia simula aquel brillo
celestial. De la misma forma, el alma es representada en el imaginario colectivo
como una lucecita. Luminosos son también los seres de otros planetas
y sus naves espaciales. La luz es el espíritu. Lo que no tiene espíritu
es burdo, pesado, opaco. Se le da un cumplimiento tecnológico a la
promesa de la religión: los cuerpos gloriosos e incorruptibles son
digitales y viven en pantallas de plasma. En la mentalidad religiosa, la
materia siempre fue el mal, la luz el bien. El hombre prometeico ha vencido
a las tinieblas empuñando una espada de neón. Esta inquietud
de abandonar el cuerpo atraviesa al arte. Ahora es más efímero,
conceptual, ligero, nada más un gesto. La obra es sólo información,
los organismos son un código genético. Por todos lados la
misma urgencia de desmaterialización. La tecnología es velocidad[7],
el ideal es la transportación a la velocidad de la luz. En el mercado
y en la guerra gana el que pueda mover más rápido sus mercancías
o sus balas.

Por otro lado, el capital convierte al arte en su obstáculo,
su retraso con respecto a sí mismo. La rigurosa ética del
trabajo, alma del capitalismo, hace que el arte se convierta en el descanso,
en el domingo del empresario. Es lo que se permite de placer. Se tolera
el arte pero se asegura que ocupe el segundo lugar. Sólo así
se mantiene el buen burgués fuera del alcance de la seducción.
Si lo frecuentara más, podría caer.

Dentro de las contradicciones entre arte y capitalismo,
están las siguientes:

La persistente conexión de lo bello y el terror:
tanto filósofos[8], como poetas[9] han afirmado esta simbiosis. En
la etapa religiosa de la humanidad, la epifanía de lo divino causaba
entre los adeptos un sentimiento de terror. Hoy, en la era de la burguesía,
el arte, como sucedáneo de lo sagrado, conserva todavía la
conexión con el terror. En los últimos tiempos, el sistema
político mundial continúa restringiendo la libertad, ahora
con el pretexto de la guerra contra el terrorismo. En estas condiciones
restrictivas, el terror del arte se vuelve más raro e insoportable.
El terror nunca será un sentimiento afín a la vida burguesa[10].
El terror es no-control, es derrumbe de toda protección, es peligro
de extinción, estar rebasado por algo incomprensible, todo lo cual
conspira contra la posición del hombre moderno como conductor racional
de la naturaleza y la historia, además de incomodar a los predicadores
de la seguridad. Terror es inseguridad.
División obsesiva entre lo objetivo y lo imaginario[11]: la racionalidad
moderna establece rígidas fronteras entre lo que es racional y lo
que es fantasioso. Se preocupa mucho de que lo uno no invada a lo otro.
Gracias a esta nítida definición, Occidente ha tenido algo
más de qué enorgullecerse. De aquí surge la distinción
entre ciencia y arte. La realidad es lo que objetivamente se puede comprobar.
El capitalismo es una definición fuerte de la realidad. Así
también dividimos el mundo de los vivos y los muertos. En la conciencia
racional están perfectamente separados. De vez en cuando el inconciente
rompe esa frontera: la culpabilidad que hace retornar a los fantasmas. Esto
es muy distinto a la frontera permeable entre vivos y muertos tal como existe
en los relatos de Juan Rulfo. En efecto, el arte consiste precisamente en
jugar con los límites entre lo real y lo irreal. Jugar es una relación
más libre que pretender fijar muros de una vez por todas.
Los sentidos en el capitalismo: el cuerpo es requerido y movilizado para
dar la gran batalla de la productividad. Es real lo que mejora la productividad,
falso lo contrario. El uso recreativo de los sentidos está mediado
por la industria cultural, no es libre. Por su parte, el arte reacciona
y se hace sólo posible como un “…largo, inmenso y razonado
desarreglo de todos los sentidos.”[12]
Divide y vencerás: el que la música esté separada de
la pintura le resta poder a ambas.
El capitalismo, como ya se mencionó, es rapidez; el arte provoca
demorarse.[13]
En el arte aflora la contradicción entre capital y religión.
Bajo la perspectiva crítico-política, el arte es una ideología
burguesa, “algo que debe ser superado”; bajo la perspectiva
metafísica, es el culto a la belleza, adorada como a las divinidades.
Esta situación fue descrita por W. Benjamín en su celebérrimo
ensayo sobre arte y reproducción técnica[14]. Se impone, pues,
una síntesis para la estética, una teoría político-metafísica.
Tendrá que ser una metafísica ateológica, más
una política sin resentimientos.

Felipe Lee

Bibliografía

Adorno, Theodor W., Teoría estética, Barcelona,
ed. Orbis, 1970

Benjamín, Walter, La obra de arte en la era de su
reproductibilidad técnica, México, ed. Itaca, 2003

Gadamer, Hans-Georg, La actualidad de lo bello, Barcelona,
ed. Piados/ICE-UAB, 1977

Kant, Manuel, Observaciones sobre el sentimiento de lo
bello y lo sublime, México, ed. Porrúa, 1932

Marcuse, Herbert, Eros y civilización, Barcelona,
ed. Ariel, 1953

Sánchez Vázquez, Adolfo, Las ideas estéticas
de Marx, México, ed. Era, 1965

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[1] Ver México y Estados
Unidos, en Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, USA, Pinguin Books
Ltd., 1997, p.342

[2] Sánchez Vázquez, Adolfo, Las ideas estéticas
de Marx, México, ed. Era, 1965, p. 155

[3] Lévi-Strauss, Claude, Antropología estructural,
México, ed. Siglo XXI, 1973, p. 267

También ver Adorno, Th., Teoría estética,
Barcelona, ed. Orbis, 1970, p. 339

[4] Adorno, Th, op. cit., p. 339

[5] Por ejemplo, Platón, Diálogos ( Fedro),
México, ed. Porrúa, 1962, p. 640: “En cuanto a la belleza,
ella brilla, como ya se ha dicho, entre todas las demás esencias,
y en nuestra estancia terrestre, donde lo eclipsa todo con su brillantez,
la reconocemos por el más luminoso de nuestros sentidos.”

[6] No sorprendería hallar que geld (dinero, en
alemán), gold y glow compartieran la misma raíz etimológica.

[7] Ver Tecnocracia y cibernética en Gaos, José,
Historia de nuestra idea del mundo, México, ed. FCE, 1973, p. 650-656

[8] Kant, Manuel, Observaciones sobre el sentimiento de
lo bello y lo sublime, México, ed. Porrúa, 1973, p. 133-147.
También Burke, Edmund, On the Sublime and Beautiful, New York, ed.
P.F. Collier & Son Corporation, 1937, p.

[9] Rilke, Rainer M., Obra poética, Barcelona, ed.
Edicomunicación, 1999, p. 221 (La primera de las elegías del
Duino).

[10] Paz, Octavio, El arco y la lira, México, ed.
FCE, 1956, p. 40

[11] Para esto ver, por ejemplo, Marcuse, Herbert, Eros
y civilización, Barcelona, ed. Ariel, 1953, principalmente el capítulo
Fantasía y utopía

[12] Rimbaud, Arthur, Cartas del vidente.

[13] Gadamer, Hans Georg, La actualidad de lo bello, Barcelona,
ed. Piados/ICE-UAB, 1977, p. 110-111

[14] Benjamin, Walter, La obra de arte en la era de su
reproductibilidad técnica, México, ed. Itaca, 2003